¿Por dónde pasa el futuro del
cristianismo?
Leonardo
Boff, 2-12-16
El Papa Francisco tiene un mérito innegable: sacó a la
Iglesia Católica de una profunda desmoralización debida a los delitos de
pedofilia que afectaron a cientos de eclesiásticos. Después desenmascaró los
crímenes financieros del Banco del Vaticano, que involucraban a monseñores y a
gente de las finanzas italianas.
Pero principalmente dio otro sentido a la Iglesia, no
como una fortaleza cerrada contra los "peligros" de la modernidad,
sino como un hospital de campaña que atiende a todos los necesitados o en busca
de un sentido de vida. Este Papa acuñó la frase “una Iglesia en salida” en
dirección a los demás y no a sí misma, autofinalizándose.
Los datos revelan que el cristianismo es hoy una religión
del Tercero y Cuarto Mundo. El 25% de los católicos viven en Europa, el 52% en
América y los demás en el resto del mundo. Esto significa que, terminado el
ciclo occidental, el cristianismo vivirá en su etapa planetaria una presencia
más densa en algunas partes del mundo hoy consideradas periféricas.
Sólo tendrá un significado universal con dos
condiciones.
La primera, si todas las iglesias se entienden cómo el
movimiento de Jesús, se reconocen mutuamente como portadoras de su mensaje sin
que ninguna de ellas pretenda reclamar exclusividad sino en diálogo con las
religiones del mundo, valorándolas como caminos espirituales habitados y
animados por el Espíritu. Sólo entonces habrá paz religiosa, una de las
condiciones importantes para la paz política. Todas las iglesias y las
religiones deben estar al servicio de la vida y de la justicia para los pobres
y para el Gran Pobre que es el planeta Tierra, contra el cual el proceso
industrial lleva a cabo una verdadera guerra total.
La segunda condición es que el cristianismo relativice
sus instituciones de carácter occidental y se atreva a reinventarse partir de
la vida y la práctica del Jesús histórico con su mensaje de un reino de
justicia y de amor universal, en una total apertura a lo trascendente. Mantener
el canon actual puede condenar al cristianismo a transformarse en una secta
religiosa.
Según la mejor exégesis contemporánea, el proyecto
original de Jesús se resume en el Padre Nuestro. En él se afirman las dos
hambres del ser humano: el hambre de Dios y el hambre de pan. El Padre Nuestro
enfatiza el impulso hacia lo Alto. Solamente uniendo el Padre Nuestro con el
Pan Nuestro se puede decir Amén y sentirse en la tradición del Jesús histórico.
Él puso en marcha un sueño, el Reino de Dios, cuya esencia se encuentra en los
dos polos, en el Padre Nuestro y en el Pan Nuestro Pan Diario vividos en el
espíritu de las bienaventuranzas.
Esto implica para el cristianismo la audacia de
desoccidentalizarse desmachicizarse, despatriarcalizarse y organizarse en redes
de comunidades que se acogen recíprocamente y se encarnan en las culturas
locales y forman juntas el gran camino espiritual cristiano que se suma a los
otros caminos espirituales y religiosos de la humanidad.
Realizados estos supuestos, en la actualidad se
presentan a las iglesias y al cristianismo cuatro retos fundamentales.
El primero es salvaguardar la Casa Común y el sistema
de vida amenazados por la crisis ecológica generalizada y el calentamiento
global. No es imposible una catástrofe ecológico-social que diezmará la vida de
gran parte de la humanidad. La pregunta ya no es qué futuro tendrá el
cristianismo, sino cómo ayudará a asegurar el futuro de la vida y biocapacidad
de la Madre Tierra. Ella no nos necesita. Nosotros sí la necesitamos.
El segundo reto es cómo mantener a la humanidad unida.
Los niveles de acumulación de riqueza material en muy pocas manos (el 1%
controla la mayoría de la riqueza del mundo) pueden dividir a la humanidad en
dos partes: los que gozan de todos los beneficios de la tecnociencia y los
condenados a la exclusión, sin esperanzas de vida o incluso siendo considerados
subhumanos. Es importante afirmar que tenemos una sola Casa Común y que todos
somos hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios.
El tercer desafío es la promoción de la cultura de la
paz. Las guerras, el fundamentalismo político y la intolerancia frente a las
diferencias culturales y religiosas pueden llevar a niveles de violencia de
alto poder destructivo. Eventualmente pueden degenerar en guerras mortales con
armas químicas, biológicas y nucleares.
El cuarto desafío se refiere a América Latina: la
encarnación en las culturas indígenas y afroamericanas. Después de haber casi
exterminado las grandes culturas originales y esclavizado a millones de
africanos, es necesario trabajar para ayudarles a rehacerse biológicamente, a
rescatar su sabiduría ancestral y a ver reconocidas sus religiones como formas
de comunicación con Dios. Para la fe cristiana el reto consiste en animarles a
hacer su síntesis con el fin de dar lugar a un cristianismo original,
sincrético, africano-indígena-latino-brasilero.
La misión de las iglesias, de las religiones y de los
caminos espirituales es alimentar la llama interior de la presencia de lo
Sagrado y lo Divino (expresado en millares de nombres) en el corazón de cada
persona.
El cristianismo, en la fase planetaria y unificada de
la Tierra, posiblemente se constituirá en una inmensa red de comunidades,
encarnadas en las diferentes culturas, dando testimonio de la alegría del
Evangelio que promueve ya en este mundo una vida justa y solidaria,
especialmente para los más marginados, que se completará en la culminación de
la historia.
En la actualidad, nos corresponde a nosotros a vivir
la comensalidad entre todos, símbolo anticipador de la humanidad reconciliada,
celebrando los buenos frutos de la Madre Tierra. ¿No era esta la metáfora de
Jesús cuando hablaba del Reino de vida, de justicia y de amor?
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