Celebremos el nacimiento de una vida portadora de esperanza
y vida digna
Franklin Pimentel Torres, 23-12-2016
Estamos en tiempo de navidad.
Para unos será una temporada de vacaciones y de descanso; para otros y otras
será un tiempo aprovechado para aumentar las ventas y ganancias de sus
negocios; para algunos y algunas será la oportunidad de encontrarse con sus
familiares que viven lejos o de fortalecer la amistad con personas con las que
no se tiene la oportunidad de encontrarlas con frecuencia; para otros y otras
será un tiempo de reflexión sobre el significado que podría tener en nuestro
contexto: nacional, isleño, caribeño, latinoamericano y mundial de hoy, la celebración del nacimiento de un niño
campesino, que nació en la sufrida y devastada tierra de Palestina, hace más de
2000 años.
En la tradición judeo-cristiana,
en el tiempo de preparación a la navidad, llamado “adviento” y en los mismos días
navideños, se suelen leer, en familias y comunidades, textos bíblicos relacionados
con el nacimiento y los hechos de vida de algunos personajes históricos
significativos. Entre éstos vamos a destacar en esta reflexión, tres: El rey
Ezequías de Judá (714-687 a.e.c.), Juan el Bautista, contemporáneo de Jesús y el
mismo Jesús de Nazaret.
En medio de un estado de sitio
provocado por el imperio asirio (S. VIII a.e.c.), el profeta Isaías, consejero
del rey Acaz (734-730, a.e.c.), solicita al monarca del pequeño reino de Judá que
pida una señal de la protección divina ante las amenazas imperiales. El rey se
niega a pedir la señal y el profeta le dice que la misma divinidad, por
iniciativa propia, le dará una señal de protección; la misma estará relacionada
con el nacimiento de un hijo del rey, Acaz, que será su sucesor, Ezequías
(729-686 a.e.c).
Al niño que nacerá el profeta lo
bautiza como Emanuel (Is 7,14), que en lengua hebrea significa “Dios con
nosotros”. De él se dice que será “Consejero Admirable, Héroe divino, Padre que
no muere, Príncipe de la paz” (Is 9,5).
Será un rey poderoso: “Su imperio no tiene límites, y, en adelante, no
habrá sino paz para el Hijo de David y para su reino” (Is 10,6). Se afirma,
además, que será un gobernante con cualidades especiales: “Sobre él reposará el
espíritu divino, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de prudencia y
valentía” (11,2). Será, además, un juez justo: “No juzgará por las apariencias
ni se decidirá por lo que se dice, sino que hará justicia a los débiles y
dictará sentencias justas a favor del pobre” (Is 11,3-4).
El otro personaje que traemos a
consideración es Juan el Bautista, primo de Jesús, profeta con una palabra
indignada. Su nacimiento es interpretado como un regalo divino, ya que su madre
y su padre eran avanzados en edad y no habían tenido hijos (Lc 1,18). Según el
relato, un enviado divino se aparece a su padre Zacarías mientras está en el
templo y le revela algunos datos sobre la vida del niño que va a nacer: “Grande
será tu felicidad y muchos se alegrarán con su nacimiento” (Lc 1,14) (…). Hará
que los rebeldes vuelvan a la sabiduría de los buenos…” (Lc 1,17).
En su predicación Juan Bautista hace
un llamado popular al cambio de vida y a la solidaridad sin límites: “El que
tenga dos ropas que dé una al que no tiene y quien tenga qué comer que haga lo
mismo (…). A los cobradores de impuestos les decía: “No cobren más de lo
debido”. Y a los soldados romanos, les decía: “No abusen de la gente, no hagan
denuncias falsas….” (Lc 3,13-14). Su palabra profética denuncia también los
abusos del gobernador Herodes Antipas, quien, como reacción, lo encarceló y lo
mandó a decapitar (Lc 3,19; Mt 14,10).
Según nos narra el evangelio
según Lucas, con ocasión de un censo ordenado por el emperador César Augusto,
María y José van a Belén, en donde ocurre el nacimiento de Jesús (Lc 2,6-7). Y
el evangelista hace una anotación importante: “Y dio a luz a su hijo
primogénito… y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la
sala común” (Lc 2,7). Es decir, la casa que les acogió era una vivienda propia
de la gente pobre, que solo tenía una pequeña habitación, como es costumbre en
Palestina. Acostó al niño en el lugar en donde se guardan los animales en la
temporada de invierno.
Cuando se cumplieron los días en
los que se realizaba el rito de purificación de la madre, y la presentación del
niño, lo llevaron al templo de Jerusalén. Allí se encontraron con el anciano Simeón,
quien le dijo a su Madre: “Mira, este niño… será como una señal que muchos
rechazarán, y a ti misma una espada te atravesará el alma…” (Lc 2,34).
Jesús vivió su niñez y su
juventud de forma ordinaria en su pueblo de Nazaret, hasta que llegó el día en
que descubrió que tenía que asumir una misión comprometida con la mejora de la
calidad de vida colectiva, en medio de un pueblo subyugado por el Imperio
romano. Según señalan los evangelistas Lucas y Mateo se fue al desierto a
prepararse para la misión. Estando allí fue tentado por el diablo –que
representa las fuerzas del mal- para comer
sin trabajar (convertir las piedras en pan), para hacer hechos mágicos (tirarse
del alero del templo), o para adquirir poder y riquezas, a cambio de renunciar
a su misión y arrodillarse delante del poderoso diablo (Lc, 4,5-12), quien se
considera propietario de los poderes y riquezas del mundo (Lc 4,6).
Una vez que rechazó las
propuestas diabólicas y estuvo fortalecido, decidido y comprometido con la
tarea que descubrió como misión entonces hace su proclama, precisamente en su
pueblo de Nazaret: “El Espíritu divino está sobre mí. Él me ha ungido para
traer Buenas Nuevas a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a
los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a
proclamar el año de la liberación total”. (Lc 4,18-19). Y sabemos que Jesús
cumplió con su misión, hasta el momento en que fue asesinado por los poderes
fácticos de su tiempo.
Celebremos pues la navidad como
memoria no solo del nacimiento de Jesús de Nazaret, sino también de las vidas y
el compromiso de las personas y comunidades que como él asumieron en su
existencia una misión liberadora y generadora de una existencia digna y buena,
para todos los seres vivos que habitan la Madre Tierra.
La esperanza de una Vida Buena no
provendrá del poder monárquico, ni de los grupos del poder económico y
partidario, como creía el profeta Isaías, refiriéndose al rey Ezequías. Más
bien será generada por los hechos y las palabras de profetas, de comunidades y
colectivos indignados y comprometidos, que tienen como referentes éticos y
políticos a personas como Jesús de Nazaret, Juan el Bautista, José Martí, Fidel
Castro, Che Guevara, Nelson Mandela, Mamá Tingó, Orlando Martínez, Patria,
Minerva y María Teresa, y tantos otros y otras que vivieron asumiendo una misión liberadora, un decidido
compromiso con la creación de un proyecto de Vida Digna, en unos pueblos
liberados; y lo hicieron hasta su último respiro.
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