El golpe parlamentario como
asalto al bien común
L. Boff, 13-1-17
Uno de los efectos más perversos del
golpe parlamentario, destituyendo a la presidenta con razones jurídicamente
cuestionadas por los juristas más conceptuados de nuestro país y también del
exterior, fue imponer un proyecto económico-social de ajustes y de
modificaciones legales que significan un asalto al ya desvalido bien común. El
golpe fue promovido por las oligarquías adineradas y antinacionales, que usaron
un parlamento que da vergüenza por su ausencia de ética y de sentido nacional,
mediante el cual pretenden drenar para su provecho la mayor tajada de la
riqueza nacional. Esto ha sido denunciado por nombres notables como Luiz
Alberto Moniz Bandeira, Jessé Souza, y Bresser Pereira, entre otros.
Está
en curso el desmantelamiento de la nación. Esto significa la implantación de un
neoliberalismo ultraconservador y predatorio que prácticamente anula las
conquistas sociales en favor de millones de pobres y miserables, quitándoles
derechos en lo referente al salario, al régimen de trabajo y de las jubilaciones,
además de reducir y hasta liquidar proyectos fundamentales como Bolsa Familia,
Mi Casa, Mi Vida, Luz para Todos, el FIES y otros institutos que permitían el
acceso al estudio técnico o superior a los hijos e hijas de la pobreza.
En
particular, se han empezado a subastar bienes colectivos como partes de
Petrobrás y a poner en venta tierras nacionales. La privatización significa
siempre una disminución de bienes de interés general que pasa a manos del
interés particular. Se ataca lo que se llama hoy “derechos de solidaridad” que
somete los intereses particulares a los intereses colectivos y comunes.
Se
están erosionando los dos pilares fundamentales que históricamente construyeron
el bien común: la participación de los ciudadanos (ciudadanía activa) y
la cooperación de todos. En su lugar, el orden actual impuesto por los
que perpetraron el golpe, enfatiza las nociones de rentabilidad,
flexibilización, adaptación y competitividad. La libertad del ciudadano es
sustituida por la libertad de las fuerzas del mercado, el bien común, por el
bien particular y la cooperación, por la competitividad.
La
participación y la cooperación aseguraban la base del interés y de lo común.
Negados esos valores, la existencia de cada uno ya no está socialmente
garantizada ni sus derechos afianzados. Por lo tanto, cada uno se siente
obligado a garantizar el suyo. Así surge un individualismo avasallador,
acolitado por ondas de odio, de homofobia, de machismo y de todo tipo de
discriminaciones.
El
propósito de los actuales gestores, reconocidos ya como incompetentes, algunos
rayando en la imbecilidad, es: el mercado tiene que ganar y la sociedad debe
perder. Ingenuamente creen todavía que el mercado va a regular y resolver todo.
Si es así ¿por qué vamos a construir el bien común? Se ha deslegitimado el
bienestar social y el bien común ha sido enviado al limbo.
Pero
hay que denunciar: cuanto más se privatiza más se legitima el interés
particular en detrimento del interés general además de debilitar al Estado, el
gerente del interés general. Nos están imponiendo un “killer
capitalismo”.
¿Cuánta
perversidad social y barbarie van aguantar los movimientos sociales, aquellos
que de la pobreza están siendo lanzados a la miseria, los partidos de raíz
popular y la inteligencia brasilera con sentido de nación y de soberanía de
nuestro país?
Pero
aclaremos el concepto de bien común. En el plano infraestructural,
el bien común es el acceso justo de todos a los bienes comunes básicos como la
alimentación, la salud, la vivienda, la energía, la seguridad y la
comunicación. En el plano social es la posibilidad de llevar una
vida material y humana satisfactoria con dignidad y con libertad en un ambiente
de convivencia pacífica.
Al
estar siendo desmantelado por el orden injusto actual, el bien común debe ser
reconstruido ahora. Para eso, es importante dar hegemonía a la cooperación y no
a la competición y articular todas las fuerzas comprometidas con el interés
general para resistir, presionar y salir a las calles.
Por
otro lado, el bien común no puede ser concebido antropocéntricamente. Hoy se ha
desarrollado la conciencia de la interdependencia de todos los seres con todos
y con el medio en el cual vivimos. Nosotros como humanos, somos un eslabón,
aunque singular, de la comunidad de vida y responsables del bien común también
de esta comunidad de vida. No podemos vender nuestras tierras ni dejar de
delimitar los territorios indígenas, los dueños originarios de nuestro país, ni
descuidar la deforestación desenfrenada de la Amazonia, como está ocurriendo
ahora.
Nosotros
los humanos poseemos los mismos constituyentes físico-químicos con los que se
construye el código genético de todo viviente. De aquí se deriva un parentesco
objetivo entre todos los seres vivos como ha destacado el Papa Francisco en su
encíclica sobre la ecología integral. Por eso, cuidar y defender la naturaleza
es cuidar y defendernos a nosotros mismos, pues somos parte de ella. En razón
de esta comprensión, el bien común no puede ser solamente humano, sino de toda
la comunidad terrenal y biótica con quien compartimos la vida y el destino.
La
cooperación se refuerza con más cooperación, pues aquí reside la savia
secreta que alimenta y revitaliza permanentemente el bien-común, atacado por
las fuerzas que ocuparon el Estado y sus aparatos en interés de unos pocos
contra el bien común de todos los demás
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