L. Boff, 27-4-2018
El cristianismo originario fundado en las
prácticas de Jesús y posteriormente de San Pablo había instaurado una ruptura
en la línea de la igualdad de género. Pero no se sostuvo. Sucumbió a la cultura
dominante predominantemente machista que subordinaba la mujer al varón.
Cualquier motivo fútil permitía el divorcio, dejando a la mujer desamparada.
El propio apóstol Pablo,
contradiciendo el principio de igualdad, bien formulado por él (Gal 3,28),
podía decir de acuerdo al código patriarcal: "el varón no procede de la
mujer, sino la mujer del varón; ni el varón fue creado para la mujer, sino la
mujer para el varón; debe, pues, la mujer usar el signo de su sumisión (el uso
del velo: 1Cor 11,10).
Estos textos, que algunos
estudiosos consideran inserciones posteriores a Pablo, serán blandidos a lo
largo de los siglos contra la liberación de las mujeres, de forma que el
cristianismo histórico -principalmente la jerarquía romano-católica, no tanto
los laicos-, se constituyó en un bastión de conservadurismo y de
patriarcalismo. Ese cristianismo histórico no vivió proféticamente su propia
verdad, ni rescató en su nombre la memoria libertaria de sus orígenes, ni
cuestionó la cultura dominante. Al contrario, se dejó asimilar por esa cultura
dominante, e incluso creó un discurso ideológico para su naturalización y su
legitimación, hasta los días actuales, al menos a nivel de los discursos
papales, en contra de lo que los teólogos y teólogas enseñan desde hace mucho
tiempo. Bien decía una feminista alemana M. Winternitz: "La mujer siempre
ha sido la mejor amiga de la religión; la religión, sin embargo, jamás ha sido
amiga de la mujer".
A esa ideologización de
trasfondo bíblico-teológico se añadió otra de orden biológico. Se admitía
antiguamente que el principio activo en el proceso de generación de una nueva
vida dependía totalmente del principio masculino. Se planteaba, entonces, la
cuestión: si todo depende del varón, ¿por qué entonces nacen mujeres y no sólo
varones? La respuesta, tenida como científica por los medievales, era la de que
la mujer es una desviación y una aberración del único sexo masculino. En razón
de ello, Tomás de Aquino, repitiendo a Aristóteles, consideraba a la mujer como
un mas occasionatus (un varón a medio camino), mero
receptáculo pasivo de la fuerza generativa única del varón (Summa Theologica I,
q. 92, a. 1 ad 4). Y todavía argumentaba: "La mujer necesita del varón no
sólo para engendrar, como hacen los animales, sino también para gobernar,
porque el varón es más perfecto por su razón y más fuerte por su virtud" (Summa
contra Gentiles, III, 123).
Tales discriminaciones,
aunque sobre otras bases, ahora psicológicas, resuenan modernamente, para
perplejidad general, en los textos de Freud y de Lacan. Con razón se dice que
la mujer es la última colonia que todavía no ha logrado su liberación (M.
Mies, Woman, the Last Colony, Londres, Zed Books 1988).
El sueño igualitario de los
orígenes sobrevivirá en grupos de cristianos marginales, o entre los
considerados herejes (Shakers de Inglaterra), o será, si no,
proyectado para la escatología, al término de la historia humana. Hubo que
esperar a los movimientos libertarios feministas europeos y norteamericanos, a
partir de 1830, para hacer valer el antiguo sueño cristiano. A la luz de los
ideales de la Ilustración que afirmaban la igualdad original y natural entre
hombres y mujeres, Sarah Grimké podría escribir sus Cartas sobre la
igualdad de los sexos y la condición de la Mujer (1836-1837),
inspiradas en los textos bíblicos libertadores, y en 1848, en Séneca Falls,
Nueva York, las líderes cristianas feministas pudieron formular la Declaración
de los Derechos de la Mujer, calcada de la Declaración de
Independencia de Estados Unidos, y por fin comenzar a publicar en 1859
la Biblia de la Mujer en Seattle.
A partir de entonces se
formó la irrefrenable ola del feminismo y del ecofeminismo modernos,
movimientos seguramente de los más importantes para el cuestionamiento de la cultura
patriarcal en las Iglesias y en las sociedades, y que representan un nuevo
paradigma civilizacional.
Es importante resaltar que
del grupo de feministas nos vino una de las críticas más severas al paradigma
racionalista de la modernidad y la introducción de la categoría
"cuidado" en la discusión de la ética, centrada tradicionalmente en
la justicia. El eco-feminismo representa una de las grandes corrientes de la
reflexión ecológica actual, que refuerza el nuevo paradigma relacional.
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