Leonardo
Boff - 26 de mayo de 2018 -
En la comprensión de los grandes cosmólogos que estudian el proceso de
la cosmogénesis y de la biogénesis, la culminación de este proceso no se
realiza en el ser humano. La gran emergencia es la vida en su inmensa
diversidad y aquello que le pertenece esencialmente que es el cuidado.
Sin el cuidado necesario ninguna forma de vida subsistirá (cf. Boff, L., El
cuidado necesario, 2012).
Es imperioso enfatizar que la culminación del proceso cosmogénico no se
concreta en el antropocentrismo, como si el ser humano fuese el centro de todo,
y los demás seres sólo tuvieran significado cuando se ordenan a él y a su uso y
disfrute. El mayor evento de la evolución es la irrupción de la Vida en todas
sus formas, también en la forma humana.
Los biólogos describen las condiciones dentro de las cuales surgió la
Vida, a partir de un alto grado de complejidad, y cómo cuando esta complejidad
se encuentra fuera de su equilibrio, impera el caos. Pero el caos no es sólo
caótico; es también generativo. Genera nuevos órdenes y otras varias
complejidades.
Los científicos no saben definir lo que es la Vida. Ella es la
emergencia más sorprendente y misteriosa de todo el proceso cosmogénico. La
vida humana es un subcapítulo del capítulo de la Vida. Es necesario enfatizar:
la centralidad le corresponde a la Vida. A ella se ordena la infraestructura
físico-química y ecológica de la evolución, que permite la inmensa
biodiversidad, y dentro de ella, la vida humana, consciente, hablante y
cuidante.
La vida es entendida aquí como autoorganización de la materia en
altísimo grado de interacción con el universo y con todo lo que la rodea.
Cosmólogos y biólogos sostienen la vida como la suprema expresión de la “Fuente
Originaria de todo ser”, que para nosotros es otro nombre, el más adecuado,
para Dios. La Vida no viene de afuera, sino que emerge del núcleo del proceso
cosmogónico mismo, al alcanzar un altísimo grado de complejidad.
El premio Nobel de biología, Christian de Duve, llega a afirmar que
cuando ocurre tal nivel de complejidad en cualquier lugar del universo, la vida
emerge como imperativo cósmico(Polvo vital, 1997). En ese
sentido el universo está repleto de vida.
La vida muestra una unidad sagrada en la diversidad de sus
manifestaciones, pues todos los seres vivos portan el mismo código genético de
base, que son los 20 aminoácidos y las cuatro bases fosfatadas, lo que nos hace
a todos los seres vivos parientes unos de otros. Cuidar de la Vida, hacer que
se expanda, entrar en comunión y sinergia con toda la cadena de vida y celebrar
la Vida: es el sentido de vivir de los seres humanos sobre la Tierra, entendida
también como Gaia, superorganismo vivo, y nosotros, los humanos, como la
porción de Gaia que siente, piensa, ama, habla y venera.
La centralidad de la Vida implica en concreto asegurar los medios de
vida como: alimentación, salud, trabajo, vivienda, seguridad, educación y ocio.
Si extendiésemos a toda la humanidad los avances de la tecnociencia ya
alcanzados, tendríamos los medios para que todos gozasen de
los servicios de calidad a los que solamente sectores privilegiados y
opulentos tienen acceso hoy.
Hasta ahora el saber ha sido entendido como poder al servicio de
la acumulación de individuos o de grupos que crean desigualdades, por lo tanto,
al servicio del sistema imperante, injusto e inhumano. Postulamos un
poder al servicio de la Vida y de los cambios necesarios exigidos por
ella. ¿Por qué no hacer una moratoria de la investigación y de la invención, a
favor de la democratización del saber y de las invenciones ya acumuladas por la
civilización, para beneficiar a los millones y millones desposeídos de la
humanidad?
Este es el gran desafío para el siglo XXI. O nos autodestruimos, pues
hemos construido ya los medios para ello, o empezamos finalmente a crear una
sociedad verdaderamente justa y fraternal, junto con toda la Comunidad de la
Vida.
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