L. Boff, 4-5-2018
La
realidad en las últimas décadas ha cambiado tanto que ha afectado también a
nuestro estilo de educación. Cito algunos de estos cambios:
―Hemos construido el principio de nuestra autodestrucción
con armas nucleares, químicas y biológicas. Nada es absolutamente seguro y un
accidente cualquiera puede destruir nuestra civilización.
―El calentamiento global crece día a día. Si no
hacemos nada, como la comunidad científica norteamericana ha advertido, podemos
conocer dentro de algunos años un calentamiento abrupto de hasta 4-6 grados
Celsius. Con eso, la mayoría de los seres vivos conocidos no resistirán y
desaparecerán. Y parte de la humanidad también.
―La escasez de agua potable (sólo el 0,3% es accesible
a los seres humanos y a los animales) puede provocar guerras letales para
garantizar el acceso a fuentes de agua dulce. O también alianzas de
cooperación.
―La planetización es un hecho nuevo en la historia de
la Tierra y de la Humanidad. Salimos un día de África, donde estuvimos durante
4-5 millones de años y por eso somos todos africanos, y después nos esparcimos
por los continentes; ahora estamos volviendo y encontrándonos en un solo lugar:
la Casa Común, la Tierra.
―La crisis ecológica afecta directamente al
sistema-vida y al sistema-Tierra. Estamos destruyendo las bases físico-químicas
que sostienen la vida. De continuar la sobreexplotación de la Tierra, ella no
aguantará y nuestra civilización estará amenazada.
―Existe el peligro de que superbacterias que perdieron
su hábitat por la deforestación puedan invadir ciudades y diezmar a miles de
personas, sin que sepamos cómo enfrentarlas con potentes antibióticos.
Estos son datos, no fantasías. La gran mayoría de las
personas no tiene conciencia de los peligros que corre. Es como en tiempos de
Noé: todos se divertían y se reían del anciano, y vino el diluvio. Sólo que hoy
es diferente: no tenemos un Arca de Noé que pueda salvar a algunos y dejar
perecer a los otros. Todos podemos perecer.
Todo esto nos obliga a pensar sobre el futuro común de
nuestra especie y de la Casa Común. Todo debe comenzar con una sensibilización
general. En casa y en la escuela es donde tal nueva conciencia debe surgir.
Veamos qué tareas nuevas se presentan a los maestros y
qué nueva percepción deben desarrollar en los educandos. Lógicamente la escuela
debe llevar adelante su tarea básica, como la enunció la UNESCO:
(1) Aprender a conocer todo lo que el
pasado nos legó. Como escribió Montaigne (1533-1592) en sus Ensayos:
«el educador debe tener la cabeza sobre todo bien montada, más que bien llena».
Es decir, saber la situación real de la Tierra y trasmitirla a los estudiantes;
(2) aprender a pensar, sabemos mucho y
todo está en Google, pero no pensamos lo que sabemos. El saber es un poder que
puede construir una bomba atómica o un antibiótico. El saber no es neutro.
Pensar es detectar a quien sirve el saber y quiénes son los dueños del saber;
(3) aprender a vivir, que es crear un
carácter recto, amante de la verdad, es ser un buen ciudadano participativo con
un proyecto solidario de vida;
(4) aprender a convivir, pues hoy vivimos
en medio de las mayores diferencias de raza, religión, ideas, opciones
sexuales; no permitir que la diferencia se transforme en desigualdad; todos
tienen derecho de vivir su modo de ser; importa estar abierto en las redes
sociales al destino de los pueblos, muchas veces trágico como ahora en Siria;
interesarse por el sufrimiento de los más pobres y excluidos;
(5) aprender a cuidar. Esto es nuevo pues
sabemos que el cuidado es la ley básica de todos los seres vivos y también del
universo; si no cuidamos del agua, la basura, de nosotros mismos y de las
relaciones sociales, podemos dar espacio a la degradación; todo lo que amamos,
lo cuidamos, y todo lo que cuidamos, lo amamos;
(6) aprender a tener una ética y una
espiritualidad. La religión puede ayudar pero no necesariamente, pues
muchas hacen guerra y matan; ser ético es orientarse hacia el bien, asumir las
consecuencias de nuestros actos, buenos o malos; optar por el bien común, por
la verdad contra toda corrupción.
La espiritualidad es una dimensión
antropológica, como lo es la razón, la voluntad y la libido; somos espirituales
cuando planteamos preguntas últimas: ¿por qué estoy aquí, cuál es el sentido
del universo, de la vida y de mi propia existencia...? Ser espiritual es
desarrollar lo que neurólogos y neurolingüistas llaman el “punto Dios en el
cerebro”: siempre que abordamos aspectos de lo sagrado y del sentido último de
la vida hay una aceleración de nuestras neuronas; es el “punto Dios”, que nos
permite intuir que por detrás de todas las cosas hay una Realidad amorosa y
poderosa que sustenta todo, las estrellas y también nuestras vidas. El “punto
Dios” está hecho de amor, de compasión, de solidaridad y de devoción; nos hace
más sensibles a los otros, y más humanos; cultivar el “punto Dios” es superar
el materialismo actual y nutrir la esperanza sobre el fin bueno de todo.
Los educadores deben imbuirse de estos nuevos desafíos
y enseñárselos a sus educandos. Sólo así estaremos a la altura de los graves
peligros que se nos presentan
No hay comentarios:
Publicar un comentario