L. Boff, 2-2-2018
Al lado de las familias-matrimonio que se
constituyen en el marco jurídico-social y sacramental, surgen más y más
familias de simple cohabitación, y uniones libres, que se forman
consensualmente fuera del marco tradicional y perduran mientras dura el
consenso, dando origen a la familia consensual.
Crecen en todo el mundo las
uniones entre personas homo-afectivas (hombres y mujeres), que luchan por la
constitución de un marco jurídico que les garantice estabilidad y
reconocimiento social.
No es lícito emitir un
juicio ético sobre estas formas de cohabitación sin antes tratar de comprender
el fenómeno.
Concretamente: ¿cómo conceptuar la familia ante las varias formas
en las que se está estructurando actualmente?
Un especialista brasileño,
Marco Antônio Fetter –el creador de la primera Universidad de la Familia, en
Porto Alegre (Brasil), con todos los grados académicos–, la define así: «la
familia es un conjunto de personas con objetivos comunes y con lazos y vínculos
afectivos fuertes, cada una de ellas con un papel definido, donde naturalmente
aparecen los papeles de padre, de madre, de hijos y hermanos» (Correio
Riograndense, 29/10/2003,11).
Por otra parte, una
transformación importante se ha dado en la familia con la aparición de los
preservativos y los anticonceptivos, hoy incorporados ya a la cultura como algo
normal, y que ayudan a evitar el sida y otras dolencias transmisibles
sexualmente. Además, con los preservativos y la píldora, la sexualidad ha
quedado separada de la procreación y del amor estable.
Cada vez más, la
sexualidad, así como el matrimonio, son vistos como oportunidad de realización
personal, incluyendo la no procreación. La sexualidad conyugal gana en
intimidad y espontaneidad, pues, mediante los contraceptivos y la planificación
familiar, queda liberada de embarazos imprevistos no deseados. Los hijos/as son
queridos y decididos de común acuerdo.
E
l énfasis en la sexualidad
como realización personal ha posibilitado el surgimiento de formas de
cohabitación no estrictamente matrimoniales. Expresión de esto son las uniones
consensuales y libres, sin otro compromiso que la mutua realización de los
compañeros o de cohabitación homo-afectiva.
T
ales prácticas, por nuevas
que sean, deben incluir también una perspectiva ética y espiritual. Importa
tener cuidado para que sean expresión de amor y de mutua confianza. Desde una
lectura cristiana del fenómeno, si hay amor, tiene que ver con Dios, pues Dios
es amor (1Jn 4,12.16). Entonces, no cabe tener prejuicios ni hacer
discriminaciones. Más bien, hay que tener respeto y apertura, para entender
tales hechos y ponerlos también delante de Dios. Si las personas comprometidas
lo hacen así y asumen esa relación con responsabilidad, no se puede negar a esa
relación relevancia religiosa y espiritual. Surge una atmósfera que ayuda a
superar la tentación de la promiscuidad, se refuerza la estabilidad, y hace
disminuir los prejuicios sociales.
S
i hay sexo sin procreación,
puede haber procreación sin sexo. Es el complejo problema de la
procreación in vitro, de la inseminación artificial y del «útero de
alquiler». Toda esta cuestión es extremadamente polémica en términos éticos y
espirituales, y parece no haber consenso.
Generalmente la posición
oficial católica tiende a una visión naturista, que exige, con respecto
procreación, la relación sexual directa de los esposos, cuando, en realidad, es
razonable que se admita la legitimidad de la unión de un óvulo de la esposa con
un espermatozoide del esposo de forma artificial, e implantar después el óvulo
fecundado en el útero, siempre que tal procedimiento esté justificado desde el
amor.
Sobre esta compleja
cuestión, nos valemos de la opinión de un especialista holandés católico:
«La tecnificación de la
procreación humana no está libre de problemas. La inseminación artificial en
sus diferentes formas, la fecundación in vitro y el trasplante
de embriones nos permiten realizar un embarazo fuera de los cuadros seguros del
casamiento tradicional. Así, es posible que una mujer quede grávida por
inseminación artificial del esperma de un donador anónimo; se puede unir in
vitro espermatozoides y óvulos, e implantarlos después en la mujer; se
puede tener un hijo por medio de una «madre de alquiler». Estos medios técnicos
no están a nuestra disposición de forma neutra, como una capacidad meramente
instrumental: en su utilización debe estar presente una responsabilidad ética»
(revista «Concilium», 260 [1995] 36). Son medios al servicio del amor
parental.
No es suficiente la
procreación artificial. El ser humano tiene derecho a nacer humanamente, de un
padre y de una madre que en su amor lo desearon. Si por cualquier problema se
recurre a una intervención técnica, nunca se puede faltar una inspiración
verdaderamente humana y un recto propósito ético.
El hijo/a que de ahí
procede debe poder tener nombre y apellido, y ser recibido familiar y socialmente.
La identidad social, en estos casos, es más importante, antropológicamente, que
la identidad biológica. Además, es importante que la criatura sea inserida en
un entorno familiar, para que, en su proceso de individuación, pueda realizar
exitosamente el complejo de Electra en relación a la madre o de Edipo en
relación al padre. Así se evita psicológicamente daños irreparables.
Finalmente, la vida debe
ser entendida siempre como la culminación de la cosmogénesis y el mayor don del
Creador.
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