L. Boff, 16-2-2018
El presente texto quiere ser una pequeña
contribución al debate sobre lo femenino, tan distorsionado por la cultura
patriarcal dominante. De salida ya afirmamos: lo femenino fue primero.
Veamos cómo surgió en el proceso de la sexogénesis. Varias son las etapas.
La vida ya existe en la
tierra hace 3.800 millones de años. El antepasado común de todos los vivientes
fue probablemente una bacteria unicelular sin núcleo que se multiplicaba
espantosamente por división interna. Esto duró cerca de mil millones de años.
Hace dos mil millones de
años, surgió una célula con membrana y dos núcleos, dentro de los cuales se
encontraban los cromosomas. En ella se identifica el origen del sexo. Cuando
ocurría el intercambio de núcleos entre dos células binucleadas, se generaba un
solo núcleo con los cromosomas en pares. Antes, las células se subdividían;
ahora se da el intercambio entre dos diferentes con sus núcleos. La célula se
reproduce sexualmente a partir del encuentro con otra célula. Se revela así la
simbiosis –composición de diferentes elementos– que, junto con la selección
natural, representa la fuerza más importante de la evolución. Este hecho tiene
consecuencias filosóficas: la vida está hecha más de intercambios, de cooperación
y simbiosis, que de la lucha competitiva por la supervivencia.
En los dos primeros mil
millones de años, en los océanos de donde irrumpió la vida, no había órganos
sexuales específicos. Existía una existencia femenina generalizada que, en el
gran útero de los océanos, lagos y ríos, generaba vidas. En ese sentido podemos
decir que el principio femenino es el primero y el originario.
Sólo cuando los seres vivos
dejaron el mar, lentamente surgió el pene, algo masculino, que tocando la
célula pasaba a ella parte de su ADN, donde están los genes.
Con la aparición de los
vertebrados hace 370 millones de años con los reptiles, éstos crearon el huevo
amniótico lleno de nutrientes y consolidaron la vida en tierra firme. Con la
aparición de los mamíferos hace unos 125 millones de años ya surgió una
sexualidad definida de macho y hembra. Entonces emerge el cuidado, el amor y la
protección de la cría. Hace 70 millones de años apareció nuestro ancestral
mamífero que vivía en la copa de los árboles, alimentándose de brotes y de
flores. Con la desaparición de los dinosaurios hace 67 millones de años,
pudieron ganar el suelo y desarrollarse llegando a los días de hoy.
Está también el
sexo genético-celular humano que presenta el siguiente cuadro: la
mujer se caracteriza por 22 pares de cromosomas somáticos más dos cromosomas X
(XX). El hombre posee también 22 pares, pero con sólo un cromosoma X y otro Y
(XY). De ahí se desprende que el sexo-base es femenino (XX)
siendo que el masculino (XY) representa una derivación de él por un solo
cromosoma (Y). Por lo tanto, no hay un sexo absoluto, sólo un dominante. En
cada uno de nosotros, hombres y mujeres, existe "un segundo sexo".
Todavía en referencia
al sexo genital-gonadal, es importante darse cuenta de que, en las
primeras semanas, el embrión se presenta andrógino, o sea, posee ambas
posibilidades sexuales, femenina y masculina. En términos de sexo
genital-gonadal podemos decir: el camino femenino es primordial. A
partir de la octava semana, si un cromosoma masculino Y penetra en el óvulo
femenino, la definición sexual será masculina, mediante la hormona andrógina.
Si no ocurre nada, prevalecerá la base común, femenina. A partir de lo femenino
se da la diferenciación, lo que desautoriza el fantasioso "principio de Adán".
La ruta de lo masculino es una modificación de la matriz femenina, por medio de
la secreción de andrógeno por los testículos.
Por último, está el sexo
hormonal. Todas las glándulas sexuales en el hombre y en la mujer son
comandadas por la hipófisis, sexualmente neutra y por el hipotálamo que es
sexuado. Estas glándulas secretan en el hombre y en la mujer las dos hormonas:
el andrógino (masculino) y el estrógeno (femenino). Son responsables de las
características secundarias de la sexualidad. La predominancia de una u otra
hormona, producirá una configuración y un comportamiento con características
femeninas o masculinas. Si en el hombre hay una impregnación mayor del
estrógeno, tendrá algunos rasgos femeninos; el mismo se da con la mujer con
referencia al andrógeno.
Es importante señalar que
la sexualidad tiene una dimensión ontológica. El ser humano no
«tiene» sexo. «Es» sexuado en todas sus dimensiones, corporales, mentales y
espirituales. Hasta la emergencia de la sexualidad el mundo es de los mismos y
de los idénticos. Con la sexualidad emerge la diferenciación por el intercambio
entre diferentes. Son diferentes para poder interrelacionarse y establecer
lazos de convivencia. Es lo que ocurre con la sexualidad humana: cada uno,
además de la fuerza instintiva que siente en sí, siente también la necesidad de
canalizar y sublimar tal fuerza. Quiere amar y ser amado, no por imposición
sino por libertad. La sexualidad desemboca en el amor, la fuerza más poderosa
"que mueve el cielo y las estrellas" (Dante) y también nuestros
corazones. Es la suprema realización que el ser humano puede anhelar. Pero
quedémonos con esto: lo femenino fue primero y es básico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario