L. Boff, 20-10-2017
Los días 19 y 23 de septiembre, México fue sacudido por dos terremotos,
uno de magnitud 7.1 y otro de 6.1 en la escala Richter, que alcanzaron a 5
Estados, decenas de municipios, incluida la capital, Ciudad de México,
colapsando centenares de casas y produciendo grietas en otros cientos de
edificios. Iglesias bellísimas, como la de san Francisco de Asís en Puebla,
vieron sus torres derribadas. Todavía se acuerdan todos del terrible terremoto
de 1985 que produjo más de diez mil víctimas. Este, aunque ha sido muy fuerte,
mató a 360 personas.
He estado posteriormente en México y en Puebla,
invitado para dar conferencias, y he podido verificar in situ< los
estragos y el trauma ocasionado en la gente.
Pero lo que ha llamado la atención general ha sido
el espíritu de solidaridad y de cooperación del pueblo mexicano. Sin que nadie
las convocase, miles de personas, especialmente los jóvenes, se pusieron a
remover escombros para salvar a las víctimas enterradas. Se organizaban grupos
espontáneamente y este espíritu de solidaridad pudo salvar muchas vidas.
Inmediatamente se crearon centros de recogida de
ayuda a las víctimas, ya fuera con mucha agua, víveres, ropa, mantas y todo
tipo de utensilios importantes para una casa. En el momento en que escribo este
artículo (13/10/17) todavía se ven muchos lugares de acopio. La cooperación no
conoce límites.
Narro solamente dos hechos que son conmovedores. El
primero: el edificio de una escuela se derrumbó lentamente con muchos niños
dentro. Un joven, viendo que en medio de las ruinas se había formado una
especie de canal, penetró rápidamente por el agujero y sacó a varios niños de
5-7 años. Apenas había sacado al último cuando detrás de él cayó otra parte de la
escuela, salvándose por segundos.
Segundo hecho: una joven señora, de unos 30 años de
edad, estuvo 34 horas debajo de los escombros. Concedió una conmovedora
entrevista por la televisión, narrando las distintas fases de su tragedia.
Aprisionada entre los escombros, una plancha de concreto quedó fijada a un
palmo de su rostro. Durante 30 horas no oía ninguna voz, ni pasos, ni ningún
ruido que significara la aproximación de alguien que pudiese rescatarla.
Entonces narró los distintos estadios psicológicos,
semejantes a los que conocemos cuando un enfermo recibe la noticia del carácter
incurable de su enfermedad y de la proximidad de la muerte.
En un primer momento, esta señora se preguntaba:
¿por qué precisamente yo debo pasar por esta desgracia? Después, casi
desesperada, se puso a llorar hasta quedarse sin lágrimas. En el momento
siguiente, se puso a rezar y a suplicar a Dios y a todos los santos y santas,
especialmente a la Virgen de Guadalupe, la de mayor devoción de los mexicanos.
Finalmente, se resignó y confiadamente se entregó a la voluntad misteriosa de
Dios. Pero no perdió la esperanza.
Por fin, oyó pasos y después voces. La esperanza se
fortaleció. Después de 34 horas, literalmente sepultada bajo una montaña de
escombros, pudo ser rescatada. Y he aquí que, alegre y entera, acompañada por
una psicoanalista especializada en tratar traumas psicológicos como los
causados por un repentino terremoto, allí estaba ella dando testimonio de su
terrible experiencia.
México es una región marcada geológicamente por
terremotos, dada la configuración de las placas tectónicas de su subsuelo. El
ser humano no tiene poder sobre estas fuerzas telúricas. Lo que puede hacer es
precaverse, aprender a construir sus edificaciones, resistentes a terremotos al
modo de los japoneses y, sobre todo, acostumbrarse a convivir con esta realidad
indomable. De manera semejante lo hace la población de nuestro semiárido
nordestino, que debe adaptarse y aprender a convivir con la sequía que puede
durar largos años, como ocurre actualmente.
En el debate tras una conferencia en la Universidad
Iberoamericana, en la ciudad de México, una señora declaró: “si nuestro país y
si la humanidad entera viviesen ese espíritu de solidaridad y de cooperación,
no habría pobres en el mundo y habríamos rescatado una parte del paraíso
perdido”.
Yo reforcé esta desiderata suya y le dije que fue
la cooperación y la solidaridad de nuestros antepasados antropoides, que
comenzaron a comer juntos, lo que les permitió dar el salto de la animalidad a
la humanidad. Lo que fue verdad ayer, debe ser verdad todavía hoy. Sí, la
solidaridad y en general la cooperación de todos con todos podrá rescatar la
esencia hacernos plenamente humanos. En estos días recientes el pueblo mexicano
nos ha dado un espléndido ejemplo de esta verdad fundamental.
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