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L.
Boff, 13-10-2017
En Brasil y en
varios países de América Latina y El Caribe está presente, desde hace varias
décadas, la discusión de si en las escuelas puede o no puede haber enseñanza
religiosa. El término “enseñanza religiosa” lleva a equívocos, pues contiene
una connotación confesional. En un Estado laico como existe en varios países
caribeños y latinoamericanos, que acoge y respeta todas las religiones sin
adherirse a ninguna de ellas, lo correcto sería decir “enseñanza de las
religiones”. Forma parte de la cultura general que las y los estudiantes
tengan nociones básicas de las religiones practicadas en la humanidad. Dicho
estudio tiene el mismo derecho de ciudadanía que el de la historia universal
o el de las ciencias y de las artes. Por lo tanto, el término correcto sería
“enseñanza de las religiones”.
Lo más importante sería
sin embargo iniciar a las y los estudiantes en la espiritualidad, tal como es
entendida hoy por los estudiosos. No se trata de una derivación de la
religión, cosa que también suele darse, pero, en principio la religión no debe
confundirse con la espiritualidad ni tiene su monopolio. La espiritualidad es
un dato antropológico básico humano, como lo es la inteligencia, la voluntad
o la libido.
El ser humano además de
poseer una exterioridad (cuerpo) y una interioridad (psique), tiene también
una profundidad (espíritu). El espíritu es aquel «momento» de la conciencia
por el que cada uno se capta a sí mismo como parte de un todo y se pregunta
por el sentido de la vida y de su lugar en el conjunto de los seres vivos.
Puede ser oportuno que un
filósofo y escritor, nos ilumine sobre el espíritu y la vida del espíritu.
Antoine de Saint Exupéry, autor francés que escribió entre otros libros, el
ya famoso, El Principito, dejó una carta póstuma de 1943, publicada solamente
en 1956, y titulada “Carta al General X”, en la dice: “No hay más que un
problema, solamente uno: redescubrir que existe una vida del espíritu que es
todavía más alta que la vida de la inteligencia, y que es la única que puede
satisfacer al ser humano”, (Dar un sentido a la vida, Macondo Libri 2015, p.
31).
Para él, la vida del
espíritu o la espiritualidad está hecha de amor, de solidaridad, de
compasión, de compañerismo y de sentido poético de la vida. Si se cultivase
esta vida del espíritu no se hubiera dado el absurdo de millones de muertos
de la segunda guerra mundial. Es lo que hoy más necesita el mundo. Por estar
la vida del espíritu cubierta de un manto de cenizas de egoísmo,
indiferencia, cinismo y odio, es por lo que las sociedades se han vuelto
inhumanas. Saint Exupéry llega a decir: “tenemos necesidad de una divinidad”
(p. 36).
Esa divinidad no viene de
afuera. Es esa Energía poderosa y amorosa que los cosmólogos llaman Energía
de Fondo del Universo, innombrable y misteriosa, de la cual han salido todos
los seres y son sustentados en cada momento por ella. Nosotros y nosotras
también. Cosmólogos como Brian Swimme y Freeman Dyson la llaman Abismo
Alimentador de Todo, o Fuente Originaria de todos los Seres. Las divinidades
deben ser pensadas en esta línea.
Es propio de la vida del
espíritu poder abrirse a esta «Realidad», dejarse tomar por ella y entrar en
diálogo con ella. El resultado es tener una experiencia de transcendencia,
que nos hace sentirnos más sensibles y humanos.
Hay una base biológica
para la vida del espíritu. Desde los años 90 del siglo pasado, algunos neuro-científicos
constataron que siempre que el ser humano aborda temas ligados a un sentido
profundo de la vida y a lo Sagrado se produce una gran aceleración neuronal
en los lóbulos temporales. Llamaron a esa zona “el punto divino en el
cerebro”. Así como tenemos órganos exteriores como los ojos, los oídos y el
tacto, tenemos también un órgano interior –es nuestra ventaja evolutiva–
mediante el cual captamos esa Realidad misteriosa que nos envuelve y que
sustenta todo.
Detenernos sobre esta
Realidad, y entrar en diálogo con ella, nos vuelve más humanos, menos
violentos y agresivos. Danah Zohar, física cuántica, y su marido, Ian
Marshall, psiquiatra, escribieron un convincente libro sobre el “punto divino
en el cerebro” denominándolo “inteligencia espiritual” (Plaza&Janes 2001).
Así, estamos dotados de tres tipos de inteligencia: la intelectual, la
emocional y la espiritual. Es preciso articular las tres para ser más
plenamente humanos.
Estimo que las escuelas,
además de proporcionar una enseñanza de las religiones, ganarían enormemente
si iniciasen a las y los estudiantes en la vida del espíritu. ¿Quién sería
apto para orientar esta práctica? Profesores de psicología, de pedagogía, de
filosofía, de sociología y de historia. La clase podría dividirse en dos
partes: en los primeros veinte minutos pequeños grupos discutirían un tema de
alguno de los maestros del espíritu, de distintas procedencias, y procurarían
internalizar tales contenidos. En los otros veinte minutos pondrían en común
sus reflexiones y se abriría un debate.
Como alternativa se puede
también reservar un tiempo para que cada estudiante se recoja, ausculte su
profundidad y vea qué buenos y malos sentimientos salen de ahí, conociéndose
de esta manera a sí mismo y proponiéndose fortalecer los buenos y poner los malos
bajo control. Así sentiría la vida del espíritu, consciente y personal.
Tenemos cómo saciar el
hambre de pan. Necesitamos saciar el hambre de vida espiritual que se nota
por todos lados. Ella “es la única que satisface al ser humano”.
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La Red de Educación Ética y Ciudadana es un conjunto de entidades y personas, que han unificado criterios y compromisos para contribuir con la construcción de una sociedad inclusiva, justa y solidaria en el marco del paradigma de la Vida Digna,
sábado, 11 de noviembre de 2017
¿Enseñanza religiosa o enseñanza de las religiones e iniciación a la vida del espíritu?
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