La tolerancia
necesaria y urgente
L. Boff, 3-3-2017
Hoy en el mundo y también en Brasil impera mucha
intolerancia frente a algunos partidos como el PT o los de base socialista y
comunista. Intolerancia severa, a veces criminal, que algunas iglesias neo-pentecostales
alimentan y propagan contra las religiones afro-brasileras, satanizándolas e
incluso invadiendo y damnificando los "terreiros" (los lugares
destinados al culto, considerados obviamente sagrados), como ocurrió en Bahía
hace algunos años. Hay intolerancia que lleva a crímenes especialmente contra
el grupo LGBT. Víctima de intolerancia es también el Papa Francisco, atacado y
calumniado hasta con carteles pegados en los muros de Roma, porque se muestra
misericordioso y acoge a todos, especialmente a los más marginalizados, cosa
que los conservadores no están acostumbrados a ver en las figuras tradicionales
de los papas.
El cristianismo de los orígenes, de la Tradición del
Jesús histórico –contrariamente a la intolerancia de la Inquisición y de una
visión meramente doctrinaria de la fe– era extremadamente tolerante. Jesús
enseñó que debemos tolerar que la cizaña crezca junto con el trigo. Solo en la
cosecha se hará la separación (Mt 13,30). San Pedro, ya apóstol, seguía las
costumbres judías: no podía entrar en casa de paganos ni comer ciertos
alimentos, pues eso lo haría impuro. Pero, al ser convidado por un oficial
romano de nombre Cornelio, acabó visitándolo y constató su profunda piedad y su
cuidado por los pobres. Entonces concluyó: “Dios me mostró que ninguna persona
debe ser considerada profana e impura; ahora reconozco verdaderamente que en
Dios no hay discriminación de personas, le agrada quien en cualquier nación
reverencia a Dios y practica la justicia” (Hechos 10,28-35).
De ese relato se deduce que el diálogo y el
encuentro entre las personas que buscan una orientación religiosa, como en el
caso del oficial romano, invalidan el prejuicio y el tabú de cohibir algún
contacto con el diferente.
Del hecho resulta también que Dios es encontrado
infaliblemente allí donde “en cualquier nación haya reverencia ante lo Sagrado
y se practique la justicia”, poco importa su pertenencia religiosa.
Además Jesús enseñó que la adoración a Dios va más
allá de los templos, porque “los verdaderos adoradores han de adorar al Padre
en espíritu y en verdad. Estos son los que el Padre desea” (Jn 4,23). Existe,
por lo tanto, la religión del Espíritu, es decir, todos los que viven valores
no materiales y son fieles a la verdad están seguramente en el camino que conduce
a Dios. Cada uno, en su cultura y tradición, vive a su manera la vida
espiritual y se orienta por la verdad. Este merece ser respetado y
positivamente tolerado.
Sospecho que no hay mayor tolerancia que esta
actitud de Jesús, abandonada a lo largo de la historia por la Iglesia-poder
institucional (parte de la Iglesia-pueblo-de-Dios) que discriminó a judíos,
paganos, herejes y a tantos que llevó a la hoguera de la Inquisición.
En Brasil tenemos el caso clamoroso del padre
Gabriel Malagrida (1689-1761) que misionó el norte de Brasil pero por razones
políticas fue muerto por la Inquisición en Lisboa por “garrote, y después de
muerto, sea su cuerpo quemado y reducido a polvo y ceniza, para que de él y de
su sepultura no haya memoria alguna”.
Este es un ejemplo de completa intolerancia, hoy
actualizada por el Estado Islámico (EI) que degüella a quien no se convierte al
islam fundamentalista practicado por él.
En fin, ¿qué es la tolerancia tan violada hoy?
Hay, fundamentalmente, dos tipos de tolerancia, una
pasiva y otra activa.
La tolerancia pasiva representa la
actitud de quien permite la coexistencia con el otro no porque lo desee y vea
algún valor en eso, sino porque no lo puede evitar. Los diferentes se hacen
entonces indiferentes entre sí.
La tolerancia activa es la actitud
de quien convive positivamente con el otro porque le respeta y consigue ver sus
riquezas, que sin el diferente jamás vería. Entrevé la posibilidad de compartir
y hacerse compañero y así se enriquece en contacto y en la convivencia con el
otro.
Hay un hecho innegable: nadie es igual a otro,
todos tenemos algo que nos diferencia. Por eso existe la biodiversidad, los
millones de formas de vida.
Lo mismo y más profundamente vale para el nivel
humano. Aquí las diferencias muestran la riqueza de la única y misma humanidad.
Podemos ser humanos de muchas formas. El ser humano debe ser tolerante como
toda la realidad lo es. La intolerancia será siempre un desvío y una patología
y así debe ser considerada. Produce efectos destructivos por no acoger las
diferencias.
La tolerancia es fundamentalmente la virtud que
subyace a la democracia. Esta sólo funciona cuando hay tolerancia con las
diferencias partidarias, ideológicas u otras, todas ellas reconocidas como
tales. Junto con la tolerancia está la voluntad de buscar convergencias a
través del debate y de la disposición al compromiso que constituye la forma
civilizada y pacífica de resolver conflictos y oposiciones. Este es un ideal a
ser buscado todavía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario