La amenaza de la convivencia en
los días actuales
L. Boff, 24-2-2017
La ola de odio que crece en el mundo,
las discriminaciones contra afro-descendientes, nordestinos, indígenas,
mujeres, LGBT, sin hablar de los refugiados e inmigrantes rechazados en Europa
ni de las medidas autoritarias del presidente Donald Trump contra inmigrantes
musulmanes, están destrozando el tejido social de la convivencia humana a nivel
nacional e internacional.
La convivencia es un dato esencial de
nuestra naturaleza como humanos, pues nosotros y nosotras no existimos,
coexistimos; no vivimos, convivimos. Cuando las relaciones de convivencia se
desgarran algo de inhumano y violento sucede en la sociedad y en general en
nuestra civilización, en franca decadencia.
La cultura del capital hoy
globalizada no ofrece incentivos para que cultivemos el “nosotros” de la
convivencia, sino que enfatiza el “yo” del individualismo en todos los campos.
La expresión mayor de este individualismo colectivo es la palabra de Trump: “en
primer lugar (first) USA”, que bien interpretada es “sólo (only) USA”.
Necesitamos rescatar la convivencia
de los seres humanos con todas las personas y con todos los seres vivos que
habitamos una misma Casa Común, pues tenemos un origen y un destino comunes.
Divididos y discriminados recorreremos un camino que podrá ser trágico para
nosotros y nosotras y para la vida en el planeta Tierra.
Es bien sabido que la palabra
“convivencia”, como reconocen investigadores extranjeros (por ejemplo un
académico alemán, T. Sundermeier, Konvivenz und Differenz, 1995),
tiene su nacimiento en dos fuentes brasileras: la pedagogía de Paulo Freire y
las Comunidades Eclesiales de Base.
Paulo Freire parte de la convicción
de que la división maestro/alumno no es originaria. Originaria es la comunidad
aprendiente, donde todas y todos se relacionan con todos y todos aprenden unos
de otros, conviviendo e intercambiando saberes. En las CEBs es esencial el espíritu
comunitario y la convivencia igualitaria de las y los participantes. Incluso el
obispo y los curas se sientan juntos alrededor de la mesa y todos hablan y
deciden. No siempre el obispo tiene la última palabra.
¿Qué es la convivencia? La propia
palabra contiene en sí su significado: deriva de convivir, que significa
conducir la vida junto con otros y otras, participando dinámicamente de la vida
de ellos y ellas, de sus luchas, avances y retrocesos. En esa convivencia se da
el aprendizaje real como construcción colectiva del saber, de la visión del
mundo, de los valores que orientan la vida y de las utopías que mantienen
abierto el futuro.
La convivencia no anula las
diferencias. Al contrario, es la capacidad de acogerlas, dejarlas ser
diferentes y así y todo vivir con ellas y no a pesar de ellas. Sólo
relativizando las diferencias y favoreciendo los puntos en común surge la
convergencia necesaria, base concreta para una convivencia pacífica, aunque
haya siempre niveles de tensión, por causa de las legítimas diferencias.
Veamos algunos pasos hacia la
convivencia:
En primer lugar, superar la extrañeza
porque alguien no es de nuestro mundo. Pronto preguntamos: ¿de dónde viene?
¿qué ha venido a hacer? No debemos crear dificultades, ni encuadrar al extraño
sino acogerlo cordialmente.
En segundo lugar, evitar hacernos
rápidamente una imagen del otro y dar lugar a algún prejuicio (si es negro,
musulmán, pobre). Es difícil pero es necesario para la convivencia. Bien decía
Einstein: “es más fácil desintegrar un átomo que sacar un prejuicio de la
cabeza de alguien”. Pero se puede sacar.
En tercer lugar, procurar construir
un puente con el diferente mediante el diálogo y la comprensión de su
situación.
En cuarto lugar, es fundamental
conocer su lengua o rudimentos de ella. Si no es posible, prestar atención a
los símbolos pues revelan generalmente más que las palabras. Ellos hablan de lo
profundo de él y de nosotros.
Por último, esforzarnos para hacer
del extraño un compañero (con quien se comparte el pan) de quien se procura
conocer su historia y sus sueños. Ayudarlo a sentirse incluido y no excluido.
Lo ideal es hacerlo un aliado en la caminada del pueblo y de la tierra que lo
ha acogido, por el trabajo y la convivencia.
Hay que añadir que no se debe
restringir la convivencia solamente a la dimensión humana. Ella posee una
dimensión terrenal y cósmica. Se trata de convivir con la naturaleza y sus
ritmos y darnos cuenta de que somos parte del universo y de sus energías que
pasan por nosotros y nosotras en cada momento.
La convivencia podrá hacer de la
geo-sociedad, menos centrada sobre sí misma y más abierta hacia arriba y hacia
delante, menos materialista y más humanizada; un espacio social en el cual sea
menos difícil la convivencia y la alegría de convivir.
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