Una ética para la
Madre Tierra
L.Boff, 24-3-2017
Hoy es un hecho científicamente reconocido que los
cambios climáticos, cuya expresión mayor es el calentamiento global, son de
naturaleza antropogénica, con un grado de seguridad del 95%. Es decir, tienen su
génesis en un tipo de comportamiento humano violento con la naturaleza.
Este comportamiento no está en sintonía con los
ciclos y ritmos de la naturaleza. El ser humano no se adapta a la naturaleza
sino que la obliga a adaptarse a él y a sus intereses. El mayor interés,
dominante desde hace siglos, se concentra en la acumulación de riqueza y de
beneficios para la vida humana a partir de la explotación sistemática de los
bienes y servicios naturales, y de muchos pueblos, especialmente, de los
indígenas.
Los países que hegemonizan este proceso no han dado
la debida importancia a los límites del sistema-Tierra. Continúan sometiendo a
la naturaleza y la Tierra a una verdadera guerra, a pesar de que saben que
serán vencidos.
La forma como la Madre Tierra demuestra la presión
sobre sus límites intraspasables es mediante los eventos extremos (prolongadas
sequías por un lado y crecidas devastadoras por otro; nevadas sin precedentes
por una parte y oleadas de calor insoportables por otra).
Ante tales eventos, la Tierra ha pasado a ser el
claro objeto de la preocupación humana. Las numerosas COPs (Conferencia de las
Partes), organizadas por la ONU nunca llegaban a una convergencia. Solamente en
la COP21 de París, realizada del 30 de noviembre al 13 de diciembre de 2015 se
llegó por primera vez a un consenso mínimo, asumido por todos: evitar que el
calentamiento supere los 2 grados Celsius. Lamentablemente esta decisión no es
vinculante. Quien quiera puede seguirla, pero no existe obligatoriedad, como lo
mostró el Congreso norteamericano que vetó las medidas ecológicas del
presidente Obama. Ahora el presidente Donald Trump las niega rotundamente como
algo sin sentido y engañoso.
Va quedando cada vez más claro que la cuestión es
antes ética que científica. Es decir, la calidad de nuestras relaciones con la
naturaleza y con nuestra Casa Común no eran ni son adecuadas, más bien son
destructivas.
Citando al Papa Francisco en su inspiradora
encíclica Laudato Si: sobre el cuidado de la Casa Común (2015):
«Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos
siglos… estas situaciones provocan el gemido de la hermana Tierra, que se une
al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro
rumbo» (n. 53).
Necesitamos, urgentemente, una ética regeneradora
de la Tierra, que le devuelva la vitalidad vulnerada a fin de que pueda
continuar regalándonos todo lo que siempre nos ha regalado. Será una ética del
cuidado, de respeto a sus ritmos y de responsabilidad colectiva.
Pero no basta una ética de la Tierra. Es necesario
acompañarla de una espiritualidad. Ésta hunde sus raíces en la razón cordial y
sensible. De ahí nos viene la pasión por el cuidado y un compromiso serio de
amor, de responsabilidad y de compasión con la Casa Común, como por otra parte
viene expresado al final de la encíclica del obispo de Roma, Francisco.
El conocido y siempre apreciado Antoine de
Saint-Exupéry, en un texto póstumo escrito en 1943, Carta al General
“X” afirma con gran énfasis: «No hay sino un problema, sólo uno:
redescubrir que hay una vida del espíritu que es todavía más
alta que la vida de la inteligencia, la única que puede satisfacer al ser
humano» (Macondo Libri 2015, p. 31).
En otro texto, escrito en 1936 cuando era
corresponsal de Paris Soir durante la guerra de España, que
lleva como título Es preciso dar un sentido a la vida, retoma
la vida del espíritu. En él afirma: «el ser humano no se realiza
sino junto con otros seres humanos en el amor y en la amistad. Sin embargo los
seres humanos no se unen sólo aproximándose unos a otros, sino fundiéndose en
la misma divinidad. En un mundo hecho desierto, tenemos sed de encontrar
compañeros con los cuales con-dividir el pan» (Macondo Libri p.20).
Al final de la Carta al General “X” concluye: «¡Cómo tenemos
necesidad de un Dios!» (op. cit. p. 36).
Efectivamente, sólo la vida del espíritu da
plenitud al ser humano. Es un bello sinónimo de espiritualidad, frecuentemente
identificada o confundida con religiosidad. La vida del espíritu es
más, es un dato originario y antropológico como la inteligencia y la voluntad,
algo que pertenece a nuestra profundidad esencial.
Sabemos cuidar la vida del cuerpo, hoy
una verdadera cultura con tantas academias de gimnasia. Los psicoanalistas de
varias tendencias nos ayudan a cuidar de la vida de la psique, para
llevar una vida con relativo equilibrio, sin neurosis ni depresiones.
Pero en nuestra cultura olvidamos prácticamente
cultivar la vida del espíritu que es nuestra dimensión
radical, donde se albergan las grandes preguntas, anidan los sueños más osados
y se elaboran las utopías más generosas. La vida del espíritu se
alimenta de bienes no tangibles como el amor, la amistad, la convivencia
amigable con los otros, la compasión, el cuidado y la apertura al infinito. Sin
la vida del espíritu divagamos por ahí sin un sentido que nos
oriente y que haga la vida apetecible y agradecida.
Una ética de la Tierra no se sustenta ella sola por
mucho tiempo sin ese supplément d’ame que es la vida
del espíritu. Ella hace que nos sintamos parte de la Madre Tierra a quien
debemos amar y cuidar.
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