Francisco, cuatro años
después
Los tiempos históricos en la Iglesia católica se
hacen casi eternos. La tendencia es a dar respuestas del pasado a preguntas del
presente. Los cambios tienen un corto recorrido. Así sucedió con el Concilio
Vaticano II (1962-1965), convocado por Juan XXIII para reformar la Iglesia, que
estaba anclada en el Medioevo. Aquella primavera eclesial apenas duró un lustro
y fue seguida por un largo periodo invernal. Francisco parece haber roto el
estancamiento del tiempo eclesiástico y puede hablarse de cambio de paradigma.
Las prioridades del papa argentino distan mucho
de las de sus predecesores. Juan Pablo II y Benedicto XVI, primero al frente de
la todopoderosa Congregación para la Doctrina de la Fe y después como papa,
priorizaron la doctrina, la moral y la disciplina eclesiástica. La doctrina fue
formulada dogmáticamente en el Catecismo de la Iglesia católica con la
consiguiente condena de las teólogas y los teólogos que se desviaban de la
ortodoxia. Fue una de las épocas con más sanciones teológicas del siglo XX.
La disciplina se fijó en el “nuevo” Código de
Derecho Canónico con sanciones y penas para los transgresores del rígido orden
eclesiástico, no así contra los pederastas, que en muchos casos siguieron
ejerciendo sus funciones pastorales con total impunidad. La moral impuesta no
se rigió por la ética radical del seguimiento de Jesús, sino que se redujo a
“moralina” represiva de la sexualidad, negadora de las diferentes identidades
sexuales que no se atuvieran a la concepción binaria y con condenas del divorcio,
aborto, homosexualidad, métodos anticonceptivos, relaciones prematrimoniales,
fecundación in vitro, etc.
Las prioridades de Francisco son la economía,
ecología y reforma de la Iglesia. A la economía le ha dedicado la exhortación
apostólica La alegría del Evangelio, a mi juicio la más severa condena del
actual modelo social y económico, que califica de injusto en su raíz, al tiempo
que considera la inequidad origen de los males sociales y generadora de la
violencia. La alegría del Evangelio se encuentra en plena sintonía con los
movimientos populares mundiales, con quienes se ha reunido entre tres ocasiones
identificándose con sus reivindicaciones de Tierra, Trabajo y Techo. El
horizonte ético de Francisco es la opción por los pobres, la solidaridad, que
entiende como decisión de devolver a los pobres lo que se les ha robado. La
ética lleva a compartir, ya que “no compartir con los pobres los propios bienes
es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino
suyos”. El papa propone como alternativa “una vuelta de la economía y las
finanzas a una ética en favor del ser humano”.
Francisco es el primer papa que ha dedicado una
encíclica a la ecología donde critica el “antropocentrismo despótico” y las
distintas formas de poder destructivo de la tecnología, defiende una visión
holística del cosmos del que los seres humanos formamos parte, cree necesario
compaginar el cuidado de la tierra y el de los seres humanos, sobre todo de los
más vulnerables, coloca a la par la justicia económica y la justicia ecológica.
La tercera prioridad de Francisco es la reforma
de la Iglesia. Lo hizo con su propuesta de una Iglesia pobre y de los pobres y
con su estilo de vida austera y su denuncia de las patologías de la Curia, del
cuerpo episcopal y del clero cuando se desvían del testimonio evangélico.
Pero es en la reforma interna de la iglesia católica
donde se producen menos avances. Las resistencias provienen de la Curia, de un
sector importante del episcopado, que se resiste a seguir la senda marcada por
Francisco, y de los movimientos cristianos neoconservadores.
Francisco creo que no acertó con la creación de
una Comisión de cardenales para asesorarle en la reforma eclesial. En ella
todos son varones, miembros de la alta clerecía, “príncipes de la Iglesia”. No
hay laicos ni teólogas ni teólogos, ni representantes de comunidades cristianas
de base, ni miembros de congregaciones religiosas. Más allá de algunas
declaraciones en favor de la igualdad entre hombres y mujeres y de algunos
intentos por incorporar a las mujeres a puestos subalternos, creo que en la
Iglesia católica sigue manteniéndose el patriarcado en estado puro. Un
patriarcado que se traduce en la exclusión de las mujeres del ministerio
eclesial, del acceso directo a lo sagrado, de las funciones directivas, de la
elaboración de la doctrina teológica y moral, y en la negación de los derechos
sexuales y reproductivos de las mujeres.
La Iglesia católica sigue configurada hoy como
una patriarquía. Mientras no se conforme y funcione como una comunidad
igualitaria de hombres y mujeres, todo intento de reforma terminará en un
rotundo fracaso.
Juan José Tamayo
Profesor Universidad Carlos
III
http://www.alainet.org/es/articulo/184194
Alainet, 21-3-17
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