Leonardo
Boff - 26 de Agosto de 2017 –
Hay una falta clamorosa de solidaridad en el momento actual de nuestra
historia. Se nos ha informado de que en este exacto momento 20 millones de
personas están amenazadas de morir literalmente de hambre en Yemen, Somalia,
Sudán del Sur y Nigeria. El grito de los hambrientos se dirige al cielo y a
todas las direcciones. ¿Quién los escucha? Un poco la ONU y solo algunas
valientes agencias humanitarias.
En nuestro país, por causa de los ajustes promovidos por los gobernantes
actuales, que dieron un golpe parlamentario, buscando imponer su agenda
neoliberal, hay por lo menos 500 mil familias que han perdido la “bolsa
familia”. Los pobres están cayendo en la miseria de la cual habían salido y los
miserables se están volviendo indigentes. No son pocos los que vienen a nuestra
ONG en Petrópolis (Centro de Defensa de los Derechos Humanos), que existe desde
hace 40 años, pidiendo comida. ¿Es posible negar el pan a la mano extendida y a
los ojos suplicantes sin ser inhumano y carente de piedad?
Es urgente que rescatemos el significado antropológico fundamental de la
solidaridad. Ella es antisistema, pues el sistema imperante capitalista es
individualista y se rige por la competencia y no por la solidaridad y la
cooperación. Esto va contra el sentido de la naturaleza.
Nos dicen los etno-antropólogos que la solidaridad nos hizo pasar del
orden de los primates al orden de los humanos. Cuando nuestros antepasados
antropoides salían a buscar sus alimentos, no los comían individualmente. Los
llevaban al grupo para comer juntos. Vivían la comensalidad, propia de los
humanos. Por tanto, la solidaridad está en la raíz de nuestra hominización.
El filósofo francés Pierre Leroux a mediados del siglo XIX, al surgir
las primeras asociaciones de trabajadores contra el salvajismo del mercado,
recuperó políticamente esta categoría de la solidaridad. Era cristiano y dijo:
«debemos entender la caridad cristiana hoy como solidaridad mutua entre los
seres humanos» (Cf. Jean-Louis Laville, L’économie solidaire: une
perspective internationale, 1994, 25ss).
La solidaridad implica reciprocidad entre todos, como un hecho social
elemental. De ahí nació la economía del don mutuo, tan bien analizada por
Marcel Mauss.
Si miramos bien, la naturaleza no creó un ser para sí mismo, sino a
todos los seres unos para otros. Estableció entre ellos lazos de mutualidad y
redes de relaciones solidarias. La solidaridad originaria nos hace a todos
hermanos y hermanas dentro de la misma especie.
La solidaridad, por tanto, es indisociable de la naturaleza humana en
cuanto humana. Si no hubiese solidaridad no tendríamos manera de sobrevivir. No
tenemos ningún órgano especializado (Mangelwesen de A. Gehlen) que
garantice nuestra subsistencia. Para sobrevivir dependemos del cuidado y de la
solidaridad de los otros. Es un hecho innegable de otros tiempos y también de
hoy.
Pero tenemos que ser realistas, nos advierte E. Morin. Somos simultáneamente sapiens
y demens, no como decadencia de la realidad sino como expresión de nuestra
condición humana. Podemos ser sapientes y solidarios y crear lazos de
humanización. Pero también podemos ser dementes y destruir la solidaridad,
degollar personas como hacen los militantes del Estado Islámico o quemarlas
dentro de una montaña de neumáticos, como hace la mafia de la droga.
Por causa de nuestro momento demente Hobbes y Rousseau vieron la
necesidad de un contrato social que nos permitiese convivir y evitar que nos
devorásemos recíprocamente.
El contrato social no nos exime de tener que reactivar continuamente la
solidaridad que nos humaniza, sin la cual el lado demente predominaría sobre el
sapiente.
Es lo que estamos viviendo a nivel mundial y también nacional, pues
poquísimos controlan las finanzas y el acceso a los bienes y servicios
naturales, dejando a más de la mitad de la humanidad en la indigencia. Bien
decía el Papa Francisco: el sistema imperante es asesino y anti-vida.
Entre nosotros, las políticas actuales de ajustes fiscales están
sobrecargando especialmente a los pobres y beneficiando a los pocos que
controlan los flujos financieros. El Estado debilitado por la corrupción no
consigue frenar la voracidad de la acumulación ilimitada de las oligarquías.
Hubo Alguien que fue solidario con nosotros. No quiso aprovecharse de su
condición divina. Antes “por solidaridad se presentó como simple hombre” (Flp
2,7) y acabó crucificado. Esta solidaridad nos devolvió humanidad (nos salvó) y
continúa animándonos a “tener los mismos sentimientos que él tuvo” (Flp 2,5).
Es urgente que
rescatemos el paradigma básico de nuestra humanidad, tan olvidado, la
solidaridad esencial. Fuera de ella desvirtuamos nuestra humanidad y la de los
otros.
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