Franklin Pimentel Torres, 7-7-2017
Cuando por decisión del juez
Francisco Ortega Polanco se dictó prisión, como medida de coerción, para
algunos de los imputados por los supuestos sobornos pagados por Odebrecht, se
comenzaron a hacer remodelaciones en la cárcel de Najayo, para adecuar las
habitaciones para los nuevos internos.
Y puesto que dichas personas pertenecen
a una clase social distinta a la de la
mayoría de los internos del penal, los jerarcas de la corporación
económico-partidaria gobernante decidieron que había que prepararles unas
habitaciones con comodidades parecidas a las que tenían en sus casas, en sus
oficinas y sus negocios. Por eso se entraron aires acondicionados, televisiones
digitales, muebles, camas…, entre otros objetos. Además, según han informado los vecinos del
penal, desde que están los nuevos incumbentes en Najayo-hombres hay luz 24
horas y no falta el agua en la zona.
No es la primera vez que las cárceles del país, y
concretamente la de Najayo-hombres se adecúa para presos “especiales”,
generalmente para líderes y funcionarios de los grupos económicos y partidarios
ligados a casos de corrupción y desfalco del dinero público. Recordemos los
casos de Ramón Figueroa, ligado al desfalco del quebrado banco Banínter y del
financista Luis Álvarez Renta, entre otros.
En el proceso de la imputación contra el senador Julio César
Valentín salió a relucir, como supuesta prueba de que este se había
enriquecido, la posesión de 6 carros de lujo. Luego la defensa alegó que no se trataba
de carros que actualmente poseía, sino que una buena parte de los mismos los
había vendido, aprovechando la venta de exoneraciones –formalmente legales pero
éticamente ilegítimas- que realizan las y los senadores y diputados. Es decir, a
quienes ganan salarios de lujo, a quienes tienen el ilegal barrilito, encima se
les permite importar, un vehículo cada
dos años – sin pagar los debidos impuestos.
En un reciente
programa de televisión la investigadora Nuria Piera informó al país, con datos,
que es habitual que a los jerarcas de la Iglesia Católica se les permita importar
los más variados bienes y objetos –entre ellos pantis y bikinis- sin pagar
impuestos. Recientemente se ha hablado, además, de la venta ilegal por parte
del arzobispado de Santo Domingo, de los terrenos en donde se construyó el
centro comercial Downtown Center. Seguramente las demás organizaciones sin
fines de lucro – ¿o no lo deberían ser las iglesias?- no tienen las mismas
oportunidades que se les concede a los Jerarcas Católicos.
En algunas ocasiones he sido detenido mientras conduzco un
vehículo y el agente me ha preguntado, ¿usted es militar? Y generalmente
respondo diciendo que soy un ciudadano, conocedor de sus derechos y deberes.
Pero si fuera militar ¿no debería cumplir con las leyes? ¿tendría derecho a
violar las de tránsito? Y estoy consciente de que por lo general el agente que
hace esa pregunta está cuidando su puesto y tiene que conseguir diariamente y
reportar el dinero de soborno, una parte del cual suele ir a parar a manos de
los jerarcas de la policía y de las fuerzas armadas, quienes en ocasiones
alquilan los puestos “calientes”, en donde la policía corrupta y los militares
involucrados en diferentes actos de corrupción tienen mayor oportunidad de
extorsionar a las y los conductores.
El pasado sábado, en una clase en el Seminario Bíblico de la
Iglesia de Dios, en Villa Mella, en el marco de un seminario sobre los desafíos
que presentan para las comunidades y congregaciones cristianas el acaparamiento
de bienes, la creciente violencia y la corrupción en la sociedad dominicana,
trajimos a colación la hipótesis del teólogo biblista Jorge Pixley quien
definió la organización monárquica de la sociedad en el antiguo imperio egipcio
(3000, a.e.c.), en donde el Faraón mantenía su gobierno, con el apoyo
indispensable de tres grupos de aliados que eran conocidos como los “siervos
del rey”. Estos eran: los militares, los funcionarios civiles del reino y los
sacerdotes. Estos tres colectivos eran las columnas sustentadoras de una
monarquía, que imponía cargas pesadas a las aldeas o comunidades campesinas,
mediante impuestos a la producción agrícola o simplemente mediante la
apropiación de sus tierras y sus ganados; además de lucrarse con el dinero de
la venta de alimentos en tiempos de sequía y de hambre.
La lucha de los grupos sociales conscientes e indignados, de
sus organizaciones y colectivos, comprometidos con una Vida Digna, debe incluir
la necesaria construcción de una sociedad equitativa, donde todas las personas
tengan igualdad de oportunidades, de derechos y deberes ante las leyes
establecidas para la convivencia pacífica y armónica. Por eso, la Marcha Verde debe
seguir demandando el cese de la corrupción y la impunidad en toda la sociedad,
pero en particular en lo relacionado con las actuaciones de los funcionarios
públicos dependientes de los poderes Ejecutivo, Legislativo, y Judicial. Debe
exigir también lo mismo a los jerarcas militares y religiosos, entre otros
actores sociales, para impedir que se sigan manteniendo privilegios irritantes sobre
la base del dinero de la corrupción impune. Esta es una tarea ineludible para
seguir avanzando en la construcción de una sociedad sin injusticias ni
privilegios.
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