L. Boff, 7-7-2017
Hay una voz dentro de
nosotros que nunca conseguimos acallar. Es la voz de la conciencia. Ella está
por encima del orden establecido y de las leyes vigentes. Hay hechos delictivos
como violar inocentes, quitar de la boca del hambriento el pan que lo salvaría
de la muerte, robar el dinero destinado a la salud y a la educación, practicar
la corrupción como verdadero pillaje de millones de reales destinados a las
infraestructuras y otros crímenes horrendos. El delincuente puede acostumbrarse
a tales prácticas hasta el punto de crear una segunda naturaleza y pensar:
«como es cosa de todos, y de nadie en particular, puedo apropiármela». Si ocupa
un cargo público dice: «el que se enriquece en esta posición es un listo, quien
no lo hace es tonto». La corrupción, endémica en Brasil y en nuestros países
latinoamericanos y caribeños, se rige por tal sofisma.
Pero nadie se
puede librar de la voz interior, la naturaleza primera, que inapelablemente
lo acusa y pide castigo. Puede huir como Caín, pero ella continúa, como un
tímpano, vibrando dentro de él. El corrupto huye aunque la justicia no lo
persiga. ¿Quién ve dentro del corazón, para quien no existen secretos ni
cámaras secretas? De nuevo la conciencia: ella juzga, amonesta, corroe por
dentro, aplaude y condena.
Las personas
de espíritu de ayer y de hoy dan este testimonio: la conciencia es una
divinidad dentro de nosotros y nosotras. Poco importa el nombre que le demos
según las diferentes culturas. Se trata de una instancia que es más alta que cada
persona, cuya voz no consigue ser sofocada por el vocerío humano por fuerte que
sea. Con acierto escribió Séneca: «La conciencia es Dios dentro de ti, junto a
ti y contigo».
Abundan los
ejemplos históricos. Voy a referir uno antiguo y otro moderno. En el año 310 el
emperador romano Maximiliano mandó diezmar a una unidad de soldados cristianos
porque se negaron a matar inocentes. Antes de ser degollados escribieron al
emperador: «Somos tus soldados, emperador, pero antes somos siervos de Dios. A
ti te hicimos el juramento imperial, pero a Dios prometimos no practicar ningún
mal. Preferimos morir a matar. Elegimos ser muertos como inocentes a vivir con
la conciencia acusándonos siempre» (Passio Agaunensium, n.9).
Mil
quinientos años después, el 3 de febrero de 1944, un soldado alemán y cristiano
escribió a sus padres: «Queridos, he sido condenado a muerte porque me he
negado a fusilar a presos rusos indefensos. Prefiero morir a llevar toda mi
vida sobre mi conciencia la sangre de inocentes. Fue usted, querida madre,
quien me enseñó a seguir siempre la conciencia y sólo después las órdenes de
los hombres. Ahora ha llegado la hora de vivir esta verdad» (P.Malevezzi &
G.Pirelli (org), Letzte Briefe zum Tode Verurteilter, 1955, p.489).
Y acabó fusilado.
¿Qué fuerza
es ésta que en estos dos pequeños relatos llenó de valor a los soldados romanos
y al soldado alemán para poder actuar así? ¿Qué voz es la que los aconsejó
antes morir que matar? ¿Qué poder posee esa voz interior hasta el punto de
vencer el miedo natural a morir? Es la voz imperiosa de la conciencia. Nosotros
no la creamos, por eso no podemos destruirla. Podemos desobedecerla. Negarla.
Reprimir los remordimientos. Pero silenciarla, no podemos.
La conciencia
es intocable y suprema. El respeto que le debemos es tan grande que hasta la
conciencia invenciblemente errónea debe ser escuchada y seguida. Por eso los
obispos reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965) dejaron escrito: «La conciencia
aun cuando invenciblemente yerra, no pierde su dignidad» (De dignitate
Humana, n. 2).
Tiene una
conciencia invenciblemente errónea la persona que empeña todos sus esfuerzos en
buscar sinceramente la verdad, preguntando, estudiando, dejándose aconsejar por
otros y cuestionándose a sí misma, e incluso así, yerra. Si alguien hace todo
esto y se equivoca, tiene derecho a ser respetado y oído porque ha sido
consecuente con su conciencia.
Toda persona
puede errar trágicamente, con la mejor buena voluntad. Por lo que siempre debe
preguntarse si está escuchando o no la voz interior. Blaise Pascal ponderaba
sabiamente: «Nunca hacemos tan perfectamente el mal como cuando lo hacemos con
buena conciencia». Sólo que esa conciencia no es buena. Albert Camus refiriéndose
a la moral de la obediencia ciega escribió: «La buena voluntad puede causar
tanto mal como la mala, cuando no está suficientemente bien informada», es
decir, cuando no escucha la voz de la conciencia, llamándola a la buena
acción.
Escribimos todo
esto pensando en la vergonzosa corrupción que ha contaminado nuestra sociedad,
prácticamente en todos los niveles, especialmente a los dueños de grandes
empresas y a líderes partidarios del más alto rango, hasta al desastrado
presidente de la república. Son sordos ante su conciencia que los incrimina.
Pero llegará el momento en que tendrán responder a alguien más Alto.
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