L. Boff, 30-6-2017
Vivimos
a nivel nacional y mundial situaciones de violencia que desafían nuestro
entendimiento. No solo de seres humanos contra otros seres humanos,
especialmente en el Norte de África, en Sudán y en Oriente Medio, sino también
contra la naturaleza y la Madre Tierra. El Papa Francisco en su encíclica
ecológica, Cuidando la Casa Común, llega a afirmar que «nunca hemos
maltratado y herido tanto nuestra Casa Común como en los dos últimos siglos»
(nº 53). No sin razón se está imponiendo la idea de que hemos inaugurado una
nueva era geológica, el antropoceno, según el cual el gran meteoro
rasante amenazador de la vida en el planeta es el mismo ser humano, que se ha
vuelto el Satán de la Tierra a pesar de haber sido llamado a ser el cuidador
del Jardín del Edén.
La existencia
de la violencia, que no es raro encontrar bajo la forma de aterradora crueldad,
representa un desafío para el entendimiento. Teólogos, filósofos, científicos y
sabios no han encontrado hasta hoy una respuesta convincente.
Quiero
presentar sumariamente la propuesta de un notable pensador francés que vivió
muchos años en Estados Unidos y falleció en 2015: René Girard (1923-2015).
Apreciaba mis textos y la Teología de la Liberación hasta el punto de organizar
él mismo un encuentro en Piracicaba-SP (25-29 de junio de 1990) con varios
teólogos y teólogas, pues veía en los propósitos de este tipo de teología la
posibilidad de superación de la lógica de la violencia.
De su vasta
obra, destaco dos principales: “Lo sagrado y la violencia” (Rio 1990) y “Cosas
escondidas desde el principio del mundo” (Rio 2005). ¿Cuál es la singularidad
de Girard? Él parte de la tradición filosófico-psicoanalítica que afirma que el
deseo es una de las fuerzas más estructuradoras del ser humano. Somos seres de
deseo. Éste no conoce límites y desea la totalidad de los objetos. Por ser
indeterminado, el ser humano no sabe cómo desear. Aprende a desear, imitando el
deseo de los otros (“deseo mimético” en el lenguaje de Girard).
Eso se ve claro
en los niños y niñas. Por muchos juguetes que tenga un niño, lo que más quiere
es el juguete de otro niño o niña. Y ahí surge la rivalidad entre ellos y ellas.
Uno quiere el juguete sólo para él, excluyendo a la otra persona. Si otros
niños o niñas entran en ese mimetismo, entonces se origina un conflicto de
todos contra todos.
Este mecanismo,
afirma Girard, es paradigmático de toda sociedad. La situación de
rivalidad-exclusión se supera cuando todas las personas se unen contra uno,
haciéndolo chivo expiatorio. Se le culpa de querer el objeto sólo para sí. Al
unirse contra él o ella, olvidan la violencia entre ellos y conviven con un
mínimo de paz.
En efecto, las
sociedades viven creando chivos expiatorios. Los culpables son siempre los
otros: el Estado, el PT, los políticos, la policía, los corruptos, los pobres,
etcétera. Es importante no olvidar que el chivo expiatorio solamente oculta la
violencia social, ya que todos continúan rivalizando entre sí. Por eso, la
sociedad goza de un equilibrio frágil. Cada cierto tiempo, con o sin chivo
expiatorio explícito, la violencia se manifiesta especialmente en aquellos que
se sienten perjudicados y buscan compensaciones.
Lo expresó bien
Rubem Fonseca en su libro El Cobrador. Un joven de clase media que
se ha empobrecido, empujado por las circunstancias, puede practicar actos
ilícitos. Se siente robado por la sociedad dominante y confiesa: «Me están
debiendo colegio, sándwich de mortadela en el bar, helado, pelota de fútbol… me
están debiendo una chica de veinte años, llena de dientes y perfume. Siempre
tuve una misión y no lo sabía. Ahora sé… sé que si todo jodido hiciese como yo,
el mundo sería mejor y más justo».
Aquí se busca
una solución individual a un problema social. En la medida en que permanece
individual no da mucho miedo. Por el contrario, los principales causantes de la
violencia estructural son las clases dominantes que acumulan para sí, a costa
del empobrecimiento de los otros. Cuanto más duramente se aplican las leyes
contra los empobrecidos, más seguras se sienten. De esta manera consiguen
ocultar el hecho de que son ellas las principales causantes de la situación de
violencia permanente que el empobrecimiento implica.
Y todavía más,
vivimos en un tipo de sociedad cuyo eje estructurador es la magnificación del
consumo individualista. La publicidad enfatiza que alguien es más cuando
consume un producto exclusivo que los demás no tienen. Se suscita un deseo
mimético de apoderarse del bien del otro. Esta lógica perpetúa la violencia.
Pero el deseo
no es sólo competitivo, dice Girard. Puede ser cooperativo y unirse todos para
compartir el mismo objeto. De competidores pasan a ser aliados. Tal propósito
genera otro tipo de sociedad, más cooperativa que competitiva y una democracia
participativa. Aqui Girard veía el sentido político de la Teología de la
Liberación porque propone una educación que no imita al opresor, sino que le
hace libre y enseña a no crear chivos expiatorios y a asumir la tarea de la
construcción de una sociedad más igualitaria y justa. Entonces sí habrá más paz
que violencia.
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