Dinorah García Romero - 3 de
Julio de 2017 –
En los últimos años en nuestro país se habla con
insistencia de la importancia de la ética. Se creó la Dirección General de
Integridad Gubernamental sobre ética; existen las Comisiones de Ética Pública;
se ha instituido el Día Nacional de Ética ciudadana. Se celebra el Día de la
Ética con declaraciones solemnes; con ofrendas florales; con discursos pulidos
y sonoros que parecen comprometedores desde el poder de las palabras, pero poco
eficientes en el momento de asumir consecuencias. Además, la coyuntura que vive
el país generada por la corrupción generalizada, por la cultura de
la impunidad, por el enriquecimiento ilícito y por la lógica del
soborno, requiere atención y seguimiento a la distancia entre
discurso ético y práctica ética. Es poco el valor que se le da a la
ética en la vida cotidiana y en el desempeño de las funciones públicas y
privadas.
En este contexto se hace imprescindible una
formación y un comportamiento ético ejemplar de parte de gestores y de docentes
en el sector educación. Necesitamos buenas prácticas para que las
personas y la sociedad en general le pongan fin a la degradación moral que se
observa en diversas instituciones, en organizaciones, en grupos y personas. Los
gestores y docentes del sector educación tienen el desafío de aportar
significativamente para que la ética brille en el aula, en el centro educativo,
en la comunidad educativa y en los diferentes espacios en los que
interactúan.
Si la ética relumbra en el aula, la dignidad de
los estudiantes y de los profesores será reconocida y respetada;
se priorizará a la persona por encima
de objetos, de recursos, de bienes y de servicios. De
igual modo, sus derechos serán reconocidos y adquirirán mayor desarrollo.
Simultáneamente experimentarán una toma de conciencia mayor de sus
responsabilidades, tanto en el aula como en el centro educativo y en la
comunidad. Asimismo, se construirán ambientes y
espacios vertebrados por una ética comprometida,
que tiene como horizonte la búsqueda e instauración del bienestar
colectivo. Desde esta perspectiva, los aprendizajes tendrán
significado para cada uno de los actores de los procesos educativos.
Asimismo, si la ética destella en el
centro educativo, se fortalece la institucionalidad del espacio escolar; y los
aprendizajes se ponen al servicio de una mejor sociedad. Además, emerge una
ciudadanía más comprometida con los valores y las acciones que
tienen como norte el desarrollo pleno de las personas. De igual modo, se
fomenta una participación consciente en favor de estructuras educativas más
democráticas y proactivas.
En este mismo sentido, si la
ética resplandece en la comunidad educativa, los diferentes actores
del sistema educativo no dudarán a la hora de rendir cuenta; a la hora de andar
en verdad: a la hora de denunciar con valentía las prácticas antiéticas
que se observan en instituciones educativas y en algunos que se
titulan educadores. Ya está muy claro: no es plausible ahorrarse el
comportamiento ético; no es aceptable vivir confundido y confundiendo a los
estudiantes, a las familias y a la sociedad.
Cabe preguntarse qué podemos hacer para afianzar
la ética de gestores y docentes en el sector educación. Este interrogante tiene
múltiples respuestas, porque son muchas las posibilidades que encontramos. Nos
parece que lo primero que debemos hacer es trabajar a fondo las identidades de
estos actores; ayudarlos a superar la crisis de identidad que afecta a muchos
gestores y docentes. Esta crisis es agudizada por un desarrollo
profesional débil y por una falta de libertad y de autonomía para actuar con
posición y voz propia. Este es un capítulo que requiere nuestra atención y
nuestro apoyo para contribuir con la superación de una deficiencia
tan pronunciada y degradante.
De la misma manera, urge integrar la ética como
un eje permanente en la formación de los educadores. Consideramos que desde la
formación inicial hasta el doctorado y post doctorado, debe reflexionarse sobre
la ética. Debe ser una reflexión conceptual y práctica que les permita
construir sus propias concepciones y sus mecanismos para vivenciarla
cotidianamente. Pero lo más importante es que los aprendizajes que deriven de
la formación ética se pongan en práctica con naturalidad, sin forzar
procedimientos ni procesos; integrar la ética a la vida, al ejercicio
profesional, a la tarea docente.
Otra de las acciones que podemos poner en
ejecución para potenciar éticamente a los gestores y docentes es desarrollar
confianza básica en ellos. Si actúan en un contexto en el que se sienten
seguros y confiados, no tendrán necesidad de manejarse desde la ambigüedad y el
ocultamiento. Si gestores y docentes no trabajan para agradar a su partido, a
su iglesia, a las organizaciones profesionales, a los amigos, sino que
desarrollan convicciones y posiciones definidas en favor de la justicia y de la
verdad, le ofrecen un aporte valioso a la sociedad y a la educación.
La formación que necesitan los gestores y
docentes debe iniciarse en las familias. Pero muchas, por decisión
propia o por el impacto de los contextos en los que habitan, han optado por
liberarse de la ética. Han priorizado un camino tortuoso que las confronta
éticamente en todos los órdenes y ámbitos. Por esto y otros factores, el
problema ético es difícil de reorientar. Pero no solo es un asunto familiar,
tiene alcance estatal; pues se espera que cada uno de los poderes del Estado
sea un baluarte de la ética. Se espera que la irradien y la sostengan.
La formación ética de gestores y docentes ha de
asumirse como tarea prioritaria, si queremos que los centros educativos
y la sociedad avancen; si queremos que estos actores
adquieran un desarrollo integral y tengan un desempeño coherente con los
principios y valores que la educación propugna y les propone a los
estudiantes. La atención a la formación ética tiene que ser sistemática y la
práctica ética tiene que ser una cuestión de toda la vida. No hay espacio ni
lugar para aplazar el comportamiento ético; este tiene que forjarse y
sostenerse con tesón y firmeza por parte de las personas y de las
instituciones. Los gestores y docentes tienen el reto de
analizar su comportamiento e identificar cuán distante o cuán próximo está de
una ética robusta y esperanzadora.
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