Una cultura cuyo centro es el corazón
L. Boff. 26-02-2016
Nuestra cultura, a partir del
llamado siglo de las luces (1715-1789) aplicó de forma rigurosa la comprensión
de René Descartes (1596-1650), de que el ser humano es “señor y maestro” de la
naturaleza y puede disponer de ella a su antojo. Confirió un valor absoluto a
la razón y al espíritu científico: Lo que no consigue pasar por la criba de la
razón, pierde legitimidad. De aquí se derivó una severa crítica a todas las
tradiciones, especialmente a la fe cristiana tradicional.
Con esto se cerraron muchas
ventanas del espíritu que permiten también un conocimiento sin que pase
necesariamente por los cánones racionales. Ya Pascal notó ese reduccionismo
hablando en sus Pensamientos de la logique
du coeur (“el corazón tiene razones que desconoce la razón”) y
del esprit de finesse, que se
distingue del esprit de géométrie,
es decir, de la razón calculadora e instrumental analítica.
Pero lo más marginado y hasta
difamado fue el corazón, órgano de la sensibilidad y del universo de las
emociones, bajo el pretexto de que atropellaría “las ideas claras y distintas”
(Descartes) del mirar científico. Así surgió un saber sin corazón, pero funcional
al proyecto de la modernidad, que era y sigue siendo el de hacer del saber un
poder, un poder como forma de dominación de la naturaleza, de los pueblos y de
las culturas. Esa fue la metafísica (la comprensión de la realidad) subyacente
a todo el colonialismo, al esclavismo y eventualmente a la destrucción de los
diferentes, como las ricas culturas de los pueblos originarios de América
Latina (recordemos a Bartolomé de las Casas con suHistoria de la destrucción de las Indias).
Curiosamente toda la epistemología
moderna que incorpora la mecánica cuántica, la nueva antropología, la filosofía
fenomenológica y la psicología analítica han mostrado que todo conocimiento
viene impregnado de las emociones del sujeto, y que sujeto y objeto están
indisolublemente vinculados, a veces por intereses ocultos (J. Habermas).
A partir de tales constataciones y
con la experiencia despiadada de las guerras modernas se pensó en rescatar el
corazón. Al fin y al cabo, en él reside el amor, la simpatía, la compasión, el
sentido del respeto, la base de la dignidad humana y de los derechos
inalienables. Michel Mafessoli en Francia, David Goleman en Estados Unidos,
Adela Cortina en España, Muniz Sodré en Brasil y tantos otros por todo el
mundo, se han empeñado en rescatar la inteligencia emocional o la razón
sensible o cordial. Personalmente estimo que frente a la crisis generalizada de
nuestro estilo de vida y de nuestra relación con la Tierra, sin la razón
cordial no nos moveremos para salvaguardar la vitalidad de la Madre Tierra y
garantizar el futuro de nuestra civilización.
Esto que nos parece nuevo y una
conquista –los derechos del corazón–, era el eje de la grandiosa cultura maya
en América Central, particularmente en Guatemala. Como no pasaron por la
circuncisión de la razón moderna, guardan fielmente sus tradiciones, que vienen
a través de las abuelas y los abuelos a lo largo de generaciones. Su principal
texto escrito, el Popol Vuh, y los libros de Chilam Balam de Chumayel
testimonian esa sabiduría.
Participé muchas veces en
celebraciones mayas con sus sacerdotes y sacerdotisas. Se hace siempre
alrededor del fuego. Comienzan invocando al corazón de los vientos, de las
montañas, de las aguas, de los árboles y de los antepasados. Hacen sus
invocaciones en medio de un incienso nativo perfumado que produce mucho humo.
Oyéndolos hablar de las energías de
la naturaleza y del universo, me parecía que su cosmovisión era muy afín,
guardadas las diferencias de lenguaje, a la de la física cuántica. Todo para
ellos es energía y movimiento, entre la formación y la desintegración (nosotros
diríamos: la dialéctica del caos-cosmos) que dan dinamismo al Universo. Eran
eximios matemáticos y habían inventado el número cero. Sus cálculos del curso
de las estrellas se aproximan en muchas cosas a lo que nosotros con los
modernos telescopios hemos alcanzado.
Bellamente dicen que todo lo que
existe nació del encuentro amoroso de dos corazones, el corazón del Cielo y el
corazón de la Tierra. Esta, la Tierra, es Pacha Mama, un ser vivo que siente,
intuye, vibra e inspira a los seres humanos. Estos son los “hijos ilustres, los
indagadores y buscadores de la existencia”, afirmaciones que nos recuerdan a
Martin Heidegger.
La esencia del ser humano es el
corazón que debe ser cuidado para ser afable, comprensivo y amoroso. Toda la
educación que se prolonga a lo largo de la vida consiste en cultivar la
dimensión del corazón. Los Hermanos de la Salle tienen en la capital Guatemala
un inmenso colegio –Prodessa– donde jóvenes mayas viven en internado, bilingüe,
donde se recupera y se sistematiza la cosmovisión maya al mismo tiempo que
asimilan y combinan saberes ancestrales con los modernos, ligados especialmente
a la agricultura y a relaciones respetuosas con la naturaleza.
Me complace terminar con un texto
que una mujer maya sabia me pasó al final de un encuentro sólo con indígenas
mayas: “Cuando tienes que escoger entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos
tiene corazón. Quien escoge el camino del corazón nunca se equivocará” (Popol
Vuh).
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