La vida del
espíritu y la ética de la Tierra
Leonardo Boff
19/02/2016
Si es verdad que los trastornos climáticos son antropogénicos, es
decir, que tienen su génesis en los comportamientos irresponsables de los seres
humanos (menos de los pobres, y mucho más de las grandes corporaciones
industriales), entonces es claro que la cuestión es antes ética que científica.
Es decir, la calidad de nuestras relaciones con la naturaleza y con la Casa
Común no eran y no son adecuadas y buenas. Dice el Papa Francisco en su
inspiradora encíclica Laudato Sii:
sobre el cuidado de la Casa Común (2015): «Nunca maltratamos y herimos nuestra
Casa Común como en los dos últimos siglos... Esas situaciones provocan los
gemidos de la hermana Tierra, que se unen a los gemidos de los abandonados del
mundo, con un clamor que reclama de nosotros otro rumbo» (n. 53).
Ese otro rumbo implica,
urgentemente, una ética regeneradora de la Tierra. Esta ética debe estar
fundamentada en algunos principios universales, comprensibles y practicables
por todos. Es el cuidado esencial, que es una relación amorosa con la
naturaleza; es el respeto por cada ser porque tiene un valor en sí mismo; es la
responsabilidad compartida por todos acerca del futuro común de la Tierra y de
la humanidad; es la solidaridad universal por la cual nos ayudamos mutuamente;
y, por último, es la compasión por la cual hacemos nuestros los dolores de los
otros y de la propia naturaleza.
Esta ética de la Tierra debe
devolverle la vitalidad vulnerada a fin de que pueda continuar regalándonos
todo lo que nos ha regalado siempre durante todos los tiempos de nuestra
existencia sobre este planeta.
Pero no es suficiente una ética de
la Tierra. Necesitamos acompañarla de una espiritualidad. Ésta hunde sus raíces
en la razón cordial y sensible. De ahí nos viene la pasión por el cuidado y un
compromiso serio de amor, de responsabilidad y de compasión por la Casa Común.
El conocido y siempre apreciado
Antoine de Saint-Exupéry, en un texto póstumo escrito en 1943, Carta al General “X” , afirma con
gran énfasis: “No hay sino un problema, solamente uno: redescubrir que hay una
vida del espíritu que es aún más alta que la vida de la inteligencia, la única
que puede satisfacer al ser humano” (Macondo Libri 2015, p. 31).
Otro texto, escrito en 1936, cuando
era corresponsal de Paris Soir durante
la guerra civil española, lleva como título «Es preciso dar un sentido a la
vida». En él retoma el tema de la vida del espíritu. Para eso, afirma,
“necesitamos entendernos recíprocamente; el ser humano solamente se realiza
junto con otros seres humanos, en el amor y en la amistad; sin embargo, los
seres humanos no se unen aproximándose los unos a los otros, sino fundiéndose en
la misma divinidad. Tenemos sed, en un mundo convertido en desierto, sed de
encontrar compañeros con los cuales compartir el pan” (Macondo Libri 2015, p.
20). Y termina la Carta al General
“X” : “Tenemos tanta necesidad de un Dios...” (op. cit. 36).
Efectivamente, sólo la vida del
espíritu satisface plenamente al ser humano. Ella es un bello sinónimo para
espiritualidad, a veces identificada o confundida con religiosidad. La vida del
espíritu es más, es un dato originario de nuestra dimensión profunda, un dato
antropológico como la inteligencia y la voluntad, algo que pertenece a nuestra
esencia.
Sabemos cuidar de la vida del
cuerpo, hoy un verdadero culto celebrado en tantas academias de gimnasia. Los
psicoanalistas de varias tendencias nos ayudan a cuidar de la vida de la
psique, de cómo equilibrar nuestras pulsiones, los ángeles y demonios que nos
habitan, para llevarla con un relativo equilibrio.
Pero en nuestra cultura
prácticamente olvidamos cultivar la vida del espíritu, que es nuestra dimensión
más radical, donde se albergan las grandes preguntas, anidan los sueños más
osados y se elaboran las utopías más generosas. La vida del espíritu se
alimenta de bienes no tangibles como el amor, la amistad, la compasión, el
cuidado y la apertura al infinito. Sin la vida del espíritu divagamos por ahí,
desenraizados y sin un sentido que nos oriente y que haga la vida apetecible.
Una ética de la Tierra no se
sustenta sola por mucho tiempo sin ese complemento del alma (supplément d’âme, dicen los franceses) que
es la vida del espíritu, que nos convoca a lo alto y a acciones salvadoras y
regeneradoras de la Madre Tierra. En definitiva, Ética y vida del espíritu son
dos hermanas gemelas inseparables.
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