El niño nació entre pobres con un proyecto de vida digna
Por Franklin Pimentel Torres
En estos días de navidad, entre
encuentros familiares, re-encuentro con amigos y amigas que viven fuera del
país y que vienen en esta temporada, y por otro lado el ruido de las bocinas, la
comedia de entrega de cajas a los más pobres a los que se ha condenado a vivir
en la miseria, el comercio dislocado y el dolor de familias que pierden sus
seres queridos como fruto de la violencia común, o la violencia del tránsito,
es oportuno intentar recuperar el sentido primero de esta celebración, que
tiene su origen como conmemoración del nacimiento de Jesús de Nazaret.
Jesús nació en el seno de un
pueblo cuyo origen está en unas tribus de emigrantes, de pastores nómadas, que
fueron a Egipto buscando mejor vida (cerca del 1600 a.e.c) y que fueron
esclavizados duramente por el poder faraónico. Esas tribus, creían en una
divinidad solidaria con la gente que sufre opresión, que se organiza para su
liberación y crea un proyecto de una sociedad justa, equitativa, en “la tierra
que mana leche y miel” (Ex 3,8); por eso, con el liderazgo de Moisés, se
organizaron para escapar de la esclavitud y luego, con el liderazgo de Josué,
se articularon, en las tierra conquistadas de Canaán, con otros grupos de
emigrantes y lograron construir un proyecto de unidad, organizado en familias-
tribus, en donde se repartió la tierra de forma equitativa y se estableció un
gobierno tribal, descentralizado, en donde se asignó a cada tribu la porción de
tierra que necesitaba para vivir y para alimentar a sus integrantes.
Ese sueño de una sociedad tribal equitativa,
en donde no había reyes, ni monarcas, sino líderes tribales, duró cerca de dos
siglos (1200-1000, a.e.c). Pero luego se fue debilitando entre otros motivos
por la perversión y corrupción del liderazgo tribal. Al final se impuso una
monarquía que concentró el poder y las riquezas en pocas manos. Y surgieron
reyes; entre ellos David y Salomón, que reprodujeron en la tierra conquistada
de Canaán, el estilo de la sociedad esclavista de Egipto.
En medio de una nueva situación de
injusticia y opresión surgen profetas que se sitúan desde el lado de la gente
débil y empobrecida; denuncian las injusticias y recuerdan el acontecimiento de
la condición de liberación de Egipto y vuelven a proponer el proyecto
igualitario de la organización tribal. En esa tradición profética, comprometida
con la construcción del proyecto de “los cielos nuevos y la tierra nueva en donde
habite la justicia” (2 Pe 3,13), es necesario situar a Jesús de Nazaret, su
nacimiento, su vida comprometida en
medio de las gente empobrecida, su misión de anunciar las buenas nuevas para la
gente más pobres, constituyendo un equipo de hombres y mujeres comprometidos.
Jesús acompañó su mensaje con acciones concretas de solidaridad como
curaciones, multiplicaciones del pan o de defensa de los derechos de sectores
sociales excluidos como las mujeres, los leprosos...
Según nos cuenta el evangelista
Lucas el niño nació en Belén, un pueblecito cercano a Jerusalén, el centro
religioso y político más importante de la tierra de Palestina de la época. El
texto evangélico señala que María “dio a luz su primogénito y lo acostó en un
pesebre, porque no había lugar para ellos en la sala común” (Lc 2,7). El
evangelio lucano nos señala también que un grupo de pastores, tenidos como
gente despreciable, fueron a ver al niño y a su madre. Sin embargo, Herodes, el
rey, sintió temor de ser desplazado del trono y por eso mandó a matar a todos
los niños menores de dos años que había en Belén y sus alrededores. Por eso, José,
su padre, con la intención de preservarles la vida, tomó de noche al niño y a
su madre y huyó a Egipto (Mt 2,13-16) hasta que pasara el peligro.
El niño nace en un contexto de
exclusión social, en compañía de gente marginada y de amenaza de muerte por parte
del poder monárquico. Este personaje vive su niñez, su adolescencia y su
juventud en Galilea, tenida como tierra de gente pobre y marginada por los principales
grupos religiosos y políticos de Jerusalén. Cuando tenía aproximadamente 30
años decidió asumir un proyecto de anunciar a los pobres una buena noticia y proclamó
la necesidad de constituir una comunidad de hermanos y hermanas comprometidos
con el mejoramiento de la vida de los sectores sociales más excluidos, en medio
de una sociedad desigual e injusta.
Jesús se rodeó de un grupo de
hombres y mujeres provenientes, en su mayoría, de los sectores sociales más
excluidos. A éstos les propuso un proyecto alternativo de vida y relaciones con
las personas, la naturaleza y los demás seres vivos que él llamó “Reino de
Dios”. Y aunque el maestro fue asesinado por los poderes fácticos de su tiempo;
después de su muerte su palabra su
práctica se convirtieron en una inspiración, para construir un espacio
comunitario en donde nadie tenía nada como suyo (Hch 2,44-45) y en donde se
repartían los bienes según las
necesidades de cada tribu, de cada familia, de cada persona.
Navidad, es tiempo oportuno para
profundizar en la trascendencia del nacimiento y de la vida de Jesús de
Nazaret, una persona que asumió su misión histórica con responsabilidad y que legó
a la humanidad su mensaje y su práctica
comprometida, promotora de un proyecto de Vida Plena, de Vida Digna, fundamentado
en los valores del amor, la compasión, la solidaridad y la indignación ética.
Este proyecto se sigue construyendo hoy por sus seguidores y seguidoras con el
protagonismo y el liderazgo de gente empobrecida, marginada, excluida, pero
consciente de su misión profética en medio de la sociedad estructuralmente
injusta, en que le toca vivir.
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