El Papa Francisco: ¿Un nuevo Martín
Lutero?
La dinámica de los hechos presentes
convoca al Papa Francisco a convertirse en el nuevo Martín Lutero de una
institución postrada. Los escándalos de sus líderes han corroído su milenario
hermetismo ante la mirada de una feligresía despavorida. El discurso del primer
papa latinoamericano ha sido impenitente al emplazar al clero a dejar de
ser “perezosos e indiferentes”. No ha tenido reparos para reprobar su conducta
licenciosa, orientada más a obrar “por sí mismos, por la organización y por las
estructuras, que por el verdadero bien del pueblo de Dios”. En una Iglesia
tradicionalmente reacia a la autocrítica pública, este incisivo llamado luce
esperanzador, pero no deja de revelar la hondura de la crisis.
Algunos teólogos católicos críticos,
como el suizo Hans Küng, en su obra: En la
situación actual no puedo guardar silencio (Piper Verlag, Alemania), opinan
que la Iglesia católica se encuentra inmersa en una crisis “terminal” marcada
por la censura, el absolutismo y las esclerosadas estructuras autoritarias.
Para el autor, el modelo del sistema romano introducido en la reforma
gregoriana, en honor a Gregorio VII, que incorporó el absolutismo papal –según
el cual el pontífice, como autoridad vicaria e infalible, tiene la última
palabra– es la base histórica de la crisis estructural de la Iglesia, que crea
un cisma insalvable entre la jerarquía y la base eclesiástica. Hoy, esa ruptura
se ensancha con el predominio de una teología totalitaria y el desprestigio
moral de un clero burocratizado. Dentro de la escuela teológica conservadora
también se anidan ansiedades por el derrotero moral de la Iglesia. El propio
papa renunciante, Benedicto XVI, decano del conservadurismo dogmático, denunció
la “hipocresía religiosa” y la división en el clero, vicios que “desfiguran el
rostro de la Iglesia”.
Las corrientes más liberales advierten
que la Iglesia precisa de una reinvención a partir de las transformaciones
operadas en el entorno sociopolítico, religioso y tecnológico y que su
anacrónica dogmática no interpreta ni acopla adecuadamente con esa dialéctica,
por lo que su discurso teológico pierde vigencia e influencia. La pregunta es:
¿hasta cuándo se sostendrá ese estatus? El desbordamiento de los escándalos, la
doble moral clerical, el relajamiento de la autoridad y las demandas por
reformas liberales en el seno de la propia Iglesia desafían la capacidad del
conservadurismo pontificio para responder a esta crisis. Acosado por esos
constreñimientos, que aventajaban a su vieja mentalidad y vitalidad, fue que
Benedicto XVI tuvo que huir a la soledad.
La concurrencia de estos factores
alienta un cuadro inmejorable para que la Iglesia propicie su retrasada
reforma. Desde el famoso Concilio del Vaticano II (1962-1965), convocado por el
papa Juan XXIII y concluido por Paulo VI, la Iglesia no “ha actualizado” en el
fondo sus bases, prácticas ni principios. Elaggiornamento o la adecuación
de la Iglesia a los tiempos se plantea como una cuestión crucial que deberá
emerger tarde o temprano como un imperativo factor de supervivencia institucional.
La agudización de la crisis moral será, en ese contexto, un factor catalizador,
pero demandará no solo coraje sino una osada visión de futuro.
Por lo pronto, el papa Francisco luce
decidido a rescatar la disciplina moral de un clero que rumia sus propios
pecados. La forzosa revelación de parte de sus excesos gracias a la masiva
filtración de documentos oficiales (Vatileaks), los escándalos
financieros del Vaticano y una avalancha de acusaciones por inconductas
sexuales, han acercado la feligresía al clero, pero no precisamente para
conocer sus elevadas virtudes, sino para darse cuenta lo lejos que estaba de su
cobertura moral.
Desde que el clero se hizo gobierno y la
Iglesia Estado, el catolicismo ha tenido que sobrevivir con las luchas e
intereses infernales del poder temporal. Para connotados teólogos y expertos en
temas de religión ese ha sido el mal de fondo que subyace en todas las crisis
que ancestralmente han abatido la Iglesia de Roma. Aquella admonición de Cristo
de que “no se puede servir a dos señores” se ha convertido en su pecado
original. La historia no bien narrada revela los padecimientos que han
conmovido al alto clero por las ambiciones del poder y las riquezas temporales.
Para el prominente sociólogo de
religiones Olivier Bobineau, la dimisión del papa Benedicto XVI demostró la
imposibilidad de la Iglesia de mantener “un sistema imperial”. Y es que a su
juicio, el Papa “es el último y verdadero emperador romano que habita en la
tierra”. Este modelo de monarquía absoluta, teocrática y universal no se
entiende ni se sostiene en un mundo secular dominado por el liberalismo
democrático, el pluralismo, la tolerancia y la horizontalidad del poder. Es
racionalmente inviable un modelo de gobierno religioso fundado sobre premisas
tan absolutistas como inconciliables con la libertad del pensamiento
occidental. La infalibilidad papal (aquello de que el Papa no puede errar
en asuntos de fe ni de moral) y su pretendido vicariato (representante único,
absoluto y pleno de Dios en la tierra) no resisten un elemental análisis
bíblico ni antropológico. Constituyen dogmas autocráticos que si bien se
justificaban en tiempos del oscurantismo religioso del medioevo, donde la fe le
cortaba la cabeza a la razón, hoy no admiten siquiera el respeto de la tolerancia
religiosa.
Y es que la influencia del sistema
clerical de la Edad Media, que delineó el carácter y la organización del
gobierno eclesiástico moderno, y que recogió elocuentemente la bula pontificia Unam
Sanctam del 18 de
noviembre de 1302, de Bonifacio VIII, cuando declaró que:
«…Existen dos gobiernos, el espiritual y el temporal, y ambos pertenecen a la
Iglesia. El uno está en la mano del Papa y el otro en la mano de los reyes;
pero los reyes no pueden hacer uso de él más que por la Iglesia, según la orden
y con el permiso del Papa. Si el poder temporal se tuerce, debe ser enderezado
por el poder espiritual (…)”, sigue alentando, en su base más honda, el
absolutismo religioso romano en una era, como la que vivimos, en la que la
libertad y expresión del pensamiento constituye el eje y motor de la
civilización.
Francisco no ha desperdiciado escenario
ni ocasión para increpar a la curia por sus desenfrenos y vida acomodada. El 24
de junio de 2013, hablando a los nuncios del Vaticano, condenó la “mundanidad
espiritual” que es la “lepra” de la Iglesia y reprobó la actitud de “ceder al
espíritu del mundo que expone a nuestros pastores al ridículo”, esa “especie de
burguesía del espíritu y de la vida que lleva a rendirse, a buscar una
vida cómoda y tranquila”. Y es que subvertir ese estatus de comodidades,
privilegios y vida principesca de muchos cardenales, obispos y monseñores, como
el que le garantiza la oficialidad del Concordato en países medievales como el
nuestro, será el reto más acuciante para el obispo de Roma.
El papa Francisco, desde su ascenso, no
ha dejado dudas de sus firmes intenciones de trasparentar la vida clerical. Esa
tarea, que puede consumir su vida, tampoco será suficiente para cambiar el
rumbo de una Iglesia que anda a tumbos con una baja credibilidad de sus
instituciones, una burocratización excesiva de sus estructuras, una
insuficiencia en el número de clérigos, una baja en las vocaciones
sacerdotales, una deserción creciente de su feligresía, un modelo litúrgico
agotado por su ritualismo y los escándalos más vergonzosos de su historia
reciente. Frente a ese cuadro, el pontífice llama al clero a “ser pastores,
cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y
misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como
libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad
de vida. Hombres que no tengan ‘psicología de príncipes (Discurso pronunciado
en junio de 2013 ante el comité coordinador de la Conferencia Episcopal
Latinoamericana (CELAM). Esa “sicología de príncipes” infundida en modelos
cardenalicios muy conocidos en estas latitudes le ha sustraído humildad a esos
“pastores” para, como dice el Papa, “conducir, que no es lo mismo que
mandonear”.
Desde que inauguró su ejercicio
pontificio, Francisco ha revelado, con su conducta y discurso, no solo la
dimensión moral de la crisis que abate la Iglesia, sino su arrojo para cambiar
esa historia. ¡Dios lo ilumine y proteja en su cruzada!
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