Danilo, es
su turno
Cuando el peledeísmo era un embrión de
dignidad y su literatura política vendida en la sombra de la clandestinidad,Vanguardia
del Pueblo, órgano oficial de difusión del partido, era un artículo de colección.
Recuerdo que siendo aún adolescente intercambiaba libros por ejemplares del
periódico. Eran tiempos de romántica inspiración insurreccional. El cuidado
artesanal puesto por el profesor Juan Bosch en cada edición hacía de esa
propuesta una creación editorial sin par en el periodismo ideológico.
En ocasión de la celebración de su
trigésimo noveno aniversario, la versión digital de ese periódico, publicó, en
agosto del año pasado, un artículo del profesor Juan Bosch sobre el significado
del “Álbum de la Corrupción”. Al introducir su presentación, la redacción del
periódico hizo las siguientes ponderaciones: “…fue una locura colectiva lo que
se armó en las calles de Santo Domingo con la circulación de esa edición. La
gente perseguía al “Álbum de la Corrupción” como a pan salido del horno. El
resultado de este frenesí fue que se vendieron de esa edición 132 mil
ejemplares, cosa nunca vista en el país hasta ese momento de 1981”. Ciertamente
haber alcanzado una lectoría de esa magnitud, bajo los severos
condicionamientos tecnológicos y políticos de la época, era un verdadero hito.
Para las generaciones que no vivieron ese acontecimiento, el “Álbum de la
Corrupción” fue una entrega especial que recogía la denuncia de los actos de
corrupción más destacados del gobierno del PRD de entonces. A partir de su
publicación el PLD lustró su prestigio como partido de referencia ética. Sus
denuncias eran respetadas, y la honestidad, como valor del ejercicio público,
se convirtió en su marca emblemática.
Con casi dieciséis años en el poder, el
PLD, abatido por una profunda quiebra ética, renuncia a la tutoría moral de la
gestión pública. El otrora partido de la denuncia audaz y responsable, hoy
calla, omite y tapa. Ante la percepción de que sus gobiernos han sido los más
corruptos de la historia dominicana, según recientes mediciones, el PLD, lejos
de entrar en procesos de revisión autocrítica, defiende ilusamente la
conducción ética de sus administraciones. La razón más poderosa es la más
simple: hablar del tema supone cuestionar al líder. Es lo que pasa en el hogar
cuando se menciona la fidelidad conyugal en presencia de un padre promiscuo; la
lealtad de sus hijos pierde grandeza. Hoy muchos peledeístas honestos sufren el
estigma de la corrupción por culpa ajena. La sujeción a esa pesarosa circunstancia
es tan ruin como servil.
El encubrimiento ha vestido todos los
atuendos: desde la insolente banalización hasta la mezquina politización. Para
los “defensores éticos” del gobierno hablar de corrupción es propiciar la
división política del PLD, como si la suerte del país estuviera colgada al
duelo de los egos que se bate en ese partido.
Los escándalos han crecido en número y
en magnitudes, por eso su disimulo se hace cada vez más vano, entonces se juega
a la estrategia de la distracción. Así, en los laboratorios de inteligencia de
los medios afectos al gobierno se coloca en línea de producción una sucesión de
hechos sin dimensión noticiosa pero que tiene como objeto y efecto alejar la
atención pública de los verdaderos escándalos. En ese contexto uno se pregunta:
¿cómo es posible que la designación diplomática de Nikauly de la Mota haya
tenido más persistencia que la denuncia internacional del pago de un soborno
millonario por la compra de los aviones Tucano? Todavía es el momento en el que
el Senado de la República no ha movido un dedo ni siquiera para asear su
imagen. La sospecha del rumor público vaga entre las curules sin tropezar con
la dignidad de alguno de sus miembros que reclame responsablemente el
desagravio. El mismo caso judicial del senador Félix Bautista está siendo
utilizado como columna de humo. Le temo a una expiación.
Otro argumento más estructurado para
eludir el tema de la corrupción es la inminencia de una “invasión haitiana”.
Este espinoso y complejo tema ha sido el mejor ardid; un arma de
distracción de uso clásico. Ahora solo son verdaderos nacionalistas y patriotas
los que se ocupan del problema haitiano, como se si tratara de un asunto nuevo.
No soy dado a hablar en primera persona, pero adelantándome a seguras
reacciones prejuiciosas, quien escribe advirtió, desde antes de la crisis de
Aristide, sobre las consecuencias internacionales para el Estado dominicano por
su destemplada política migratoria y de frontera. En uno de mis trabajos
llegué a sostener, como ahora enfatizo, que “mientras las relaciones entre las
dos naciones estén subordinadas a prácticas, esquemas y estructuras comerciales
mafiosas, todo empeño de formalización y de respeto de las respectivas
soberanías se diluirá en las intenciones” (Haití-República
Dominicana: Bajo el control de la mafias, GJ, 2001) La primera
causa de la masiva inmigración ilegal es la corrupción de los dos países. No se
puede hablar de soberanía con una institucionalidad fallida. El Estado
dominicano está padeciendo hoy la secuela de una larga historia de
irresponsables omisiones. La pérdida de respeto de ciertos centros políticos de
la comunidad internacional hacia la soberanía migratoria del Estado dominicano
es fruto, en parte, de una mala y pobre defensa de sus gobiernos. No le resto relevancia
a la intromisión de poderes extranjeros en asuntos de soberanía nacional, pero
tampoco debe ser motivo para descalificar el reclamo por moralizar las bases de
un Estado que, como consecuencia de sus administraciones corruptas, despreció
su propio respeto para reclamar derechos internacionales. Los bien
intencionados sentimientos nacionalistas que animan estas legítimas aprensiones
son manipulados por esta trama ilusiva del núcleo ultraderechista de siempre.
Pero no quiero darle más beligerancia al tema para no caer en la misma trampa
que con él se procura. La cuestión crítica es la corrupción.
El presidente Medina entra en el crítico
tercer año de su gestión. Su romance popular pronto empezará a perder encanto y
la población conciente le demandará más. Ya la diferencia con el estilo de los
gobiernos anteriores agota su aporte en la popularidad de un gobierno que ha
hecho poca cosa por el tema de la impunidad pasada y la corrupción presente. Si
el presidente deja diluir este año sin acciones de contundencia, su gestión
perderá trascendencia. El gastado discursillo de que “quien tenga pruebas que
someta” o “que el Poder Judicial es independiente” no es suficiente. Se precisa
de una clara y firme política de Estado en contra de la corrupción sin castigo
y a favor de una gestión racional, transparente y eficiente de los fondos
públicos. Este es el año para la atención ineludible a este problema. La
vara con la que mida el gobierno este problema se usará para medirlo ¡Es hora
de hacer lo que nunca se ha hecho!
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