Leonardo
Boff - 1 de Abril de 2017
Hoy predomina la convicción de que el factor religioso es un dato del
fondo utópico del ser humano. Después de que la marea crítica de la religión,
hecha por Marx, Nietzsche, Freud y Popper, retrocedió, podemos decir que los
críticos no han sido suficientemente críticos.
En el fondo todos ellos elaboran dentro de un equívoco: quisieron
colocar la religión dentro de la razón, lo cual hace surgir todo tipo de
incomprensiones. Estos críticos no se dieron cuenta de que el lugar de la
religión no está en la razón, aunque posea una dimensión racional, sino en la
inteligencia cordial, en el sentimiento oceánico, en esa esfera de lo humano
donde surgen las utopías.
Bien decía Blaise Pascal, matemático y filósofo, en el famoso fragmento
277 de sus Pensées: «El corazón es el que siente a Dios, no la
razón». Creer en Dios no es pensar en Dios sino sentir a Dios a partir de la
totalidad de nuestro ser. La religión es la voz de una conciencia que se niega
a aceptar el mundo tal como es, sim-bólico y dia-bólico. Ella se propone
transcenderlo, proyectando visiones de un nuevo cielo y una nueva Tierra y de
utopías que rasgan horizontes no vislumbrados todavía.
La antropología en general y especialmente la escuela psicoanalítica de
C. G. Jung ven la experiencia religiosa surgiendo de las capas más profundas de
la psique. Hoy sabemos que la estructura en grado cero del ser humano no es la
razón (logos, ratio) sino la emoción y el mundo de los afectos (pathos,
eros y ethos).
La investigación empírica de David Golemann con su Inteligencia
emocional (1984) vino a confirmar una larga tradición filosófica que
culmina en M. Meffessoli, Muniz Sodré y en mí mismo (Direitos do coração,
Paulus 2016). Afirmamos ser inteligencia saturada de emociones y de afectos. En
las emociones y en los afectos se elabora el universo de los valores, de la
ética, de las utopías y de la religión.
De este trasfondo emerge la experiencia religiosa que subyace a toda
religión institucionalizada. Según L. Wittgenstein, el factor místico y
religioso nace de la capacidad de extasiarse del ser humano. «Extasiarse no
puede expresarse mediante una pregunta. Por eso tampoco existe ninguna
respuesta» (Schriften 3, 1969,68). El hecho de que el mundo exista
es totalmente inexpresable. Para este hecho «no existen palabras, ese
inexpresable se muestra; es lo místico» (Tractatus logico-philosophicus,
1962, 6, 52). Y continúa Wittgenstein: «lo místico no reside en cómo es el
mundo, sino en el hecho de que el mundo existe» (Tractatus, 6,44).
«Aunque hayamos respondido a todas las posibles preguntas científicas, nos
damos cuenta de que nuestros problemas vitales ni siquiera han sido tocados» (Tractatus,
5,52).
«Creer en Dios», prosigue Wittgenstein, «es comprender la cuestión del
sentido de la vida. Creer en Dios es afirmar que la vida tiene sentido. Sobre
Dios, que está más allá de este mundo, no podemos hablar. Y sobre lo
que no podemos hablar, debemos callar» (Tractatus,7).
La limitación del espíritu científico es no tener nada sobre lo que
callar. Las religiones cuando hablan es siempre de forma simbólica, evocativa y
autoimplicativa. Finalmente terminan en el noble silencio de Buda o usando el
lenguaje del arte, de la música, de la danza, del rito.
Hoy, cansados del exceso de racionalidad, de materialismo y consumismo,
estamos asistiendo a la vuelta de lo religioso y de lo místico. Pues en él se
esconde lo invisible que es parte de lo visible, y que puede dar una nueva
esperanza a los seres humanos.
Cabe recordar una frase del gran sociólogo y pensador, al final de su
monumental obra Las formas elementales de la vida religiosa (en
español 1996): «Hay algo de eterno en la religión, destinado a sobrevivir a
todos los símbolos particulares». Porque sobrevive a los tiempos, la afirmación
de Ernst Bloch en sus famosos tres volúmenes de El principio esperanza:
«donde hay religión, hay esperanza».
Lo esencial del Cristianismo no reside en afirmar la encarnación de
Dios. Otras religiones también lo han hecho. Es afirmar que la utopía (lo
que no tiene lugar) se volvió eutopía (un lugar bueno). En
alguien, no sólo fue vencida la muerte, lo que ya sería mucho, sino que ocurrió
algo mayor: por la resurrección explotaron e implosionaron todas las
virtualidades escondidas en el ser humano. Jesús de Nazaret es el “novísimo Adán”,
como dice San Pablo (1Cor 15,45), el hombre oculto ahora revelado. Él es sólo
el primero de muchos hermanos y hermanas; también la Humanidad, la Tierra y el
propio Universo serán transfigurados para ser el Cuerpo de Dios.
Por tanto, nuestro
futuro es la transfiguración del universo y de todo lo que él contiene,
especialmente la vida humana, y no polvo cósmico. Tal vez sea esta nuestra gran
esperanza, nuestro futuro absoluto.
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