Por Franklin
Pimentel Torres. 2 de mayo de 2015
Para que “Abril
tenga futuro”, como señaló N. Isa Conde (2009), es necesaria la participación
co-responsable de todos los sectores progresistas
En esta última
quincena de abril hemos estado haciendo memoria de los 50 años de la rebelión
popular del 1965, que intentó hacer respetar la constitución del 1963 y
devolver al gobierno al presidente Juan Bosch. El proyecto de la revolución democrática que se desarrolló del 1963-1965 puede ser comparada con otra revolución significativa del siglo XIX (1863-1865), la que se ha llamado la “Restauración” De las dos revoluciones (1863-1865; 1962-1965) podemos sacar algunas lecciones históricas y ético-políticas para el presente y para las futuras generaciones. Entre otras señalamos las siguientes:
La indignación
popular es el punto de partida para la construcción de un proyecto de nación
alternativo.
Sin la participación indignada del pueblo eso no es posible. Por lo tanto es
necesario luchar contra la indiferencia y la falta de responsabilidad social,
comunitaria, familiar y personal.
Es necesario
mantener un liderazgo comprometido y coherente. El pueblo
necesita tener como referente ético-político un liderazgo comprometido con la
búsqueda del bien común; el liderazgo tiene la misión de aportar los
fundamentos teóricos e ideológicos y ayudar a buscar la mejor estrategia de
lucha en cada situación.
Solo un pueblo
articulado y empoderado está dispuesto para la lucha. No basta con que
haya buenos líderes; es necesario que un amplio sector popular se comprometa
con un proyecto de nación ética y con las luchas para alcanzar tal
objetivo, como sucedió tanto en el proceso de la Revolución democrática
(1963-1965) como en la gesta de la Restauración (1863-1865).
Situarse desde el
lado del débil, desde las y los excluidos para analizar y transformar la
sociedad. Un
elemento fundamental es intentar ver la historia desde el lugar del débil, del
explotado, de quienes no se pueden valer por sí mismos/as y dependen de la
solidaridad pública. Hacer este ejercicio puede ayudar a afinar la mente, el
corazón y la sensibilidad humana.
La ley debe estar
al servicio del proyecto de la revolución democrática. En este proyecto
es muy importante que la ley y la Constitución estén realmente al servicio del
proyecto democrático. Que sea respetada por los poderes del Estado y que haya
una ciudadanía vigilante tanto de la actuación del congreso –que hace las
leyes-, como de todo el sistema de justicia.
La lucha contra la
corrupción y a favor de la transparencia es una tarea permanente. La corrupción
descontrolada y sin castigo es un elemento que corroe todo proyecto de nación
que intente fundamentarse en las bases sólidas del bienestar colectivo. Por eso
es fundamental exigir que cada vez más haya mecanismos para controlar la
corrupción y para castigarla ejemplarmente.
Priorizar una educación
liberadora formadora de conciencia ciudadana y una voluntad ético-política. Ningún proyecto
nacional puede avanzar si no se forman continuamente las conciencias y las
voluntades se ponen al servicio de un proyecto liberador.
Buscar estrategias
para enfrentar las fuerzas opositoras e imperialistas. Es importante
tener en cuenta que todo intento de hacer una nueva estructura de nación se va
a encontrar con la oposición de los grupos y élites sociales, a las que no les
conviene que el pueblo se empodere y se convierta en sujeto de su propio
destino. Estas estrategias deben ser orientadas tanto a la
oligarquía criolla, como a las fuerzas imperiales que las apoyan.
Asumir un proyecto
colectivo que priorice el bien común, un proyecto de Revolución Democrática,
de Vida Digna. Todos los esfuerzos deben estar orientados hacia un proyecto
concreto de vida buena, que cree felicidad y bienestar colectivo.
Estar en actitud de
vigilancia permanente para mantener la coherencia con el proyecto del buen
vivir. No
basta con soñar, ni con diseñar el proyecto de vida digna y comenzar a
implementarlo. Es necesario mantenerse siempre vigilantes para impedir que
tanto el liderazgo económico y partidario, como el liderazgo popular, se vaya
corrompiendo y alejándose del proyecto común original.
Podríamos seguir
hablando de otras grandes lecciones de las dos principales revoluciones
democráticas de la historia nacional. Sin embargo, las mencionadas tienen su
valor específico y pueden orientar el intento de reconstruir ética y
políticamente esta sociedad nuestra tan herida, tan desarticulada, tan
desigual. Para que “Abril tenga futuro”, como señaló N. Isa Conde
(2009), es necesaria la participación co-responsable de todos los
sectores progresistas para retomar el espíritu y el proyecto de
nación de la verdadera revolución democrática; una tarea inconclusa,
pero tan urgente en esta tierra nuestra.

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