Un cristianismo comprometido con la justicia y la Vida Digna
http://acento.com.do/2015/opinion/8253316-un-cristianismo-comprometido-con-la-justicia-y-la-vida-digna/
Por Franklin Pimentel Torres. 30 de mayo de 2015. @pimentelfs
La realidad salvadoreña de hoy se parece mucho a la de otros
países latinoamericanos y caribeños. Sigue la concentración de las riquezas en
pocas manos. Un alto nivel de pobreza (en torno al 40%) y de miseria (cerca del
20% de la población). Con un tercio de
sus habitantes en el exilio económico en Estados Unidos, Europa y otras
latitudes. Con una violencia constante (hay entre 10 a 15 asesinatos diarios) y
un gobierno del FMLN que adjudicó de sus principios, con un liderazgo corrupto,
que propicia la impunidad y no da señales de tener voluntad política de que se
haga justicia a las víctimas de la violencia de más de 12 años de conflicto
armado (1980-1992).
Entre los años 1980 al 1992 se desarrolló en El Salvador una
época de violencia y de confrontación armada entre las fuerzas militares y
para-militares del gobierno y las fuerzas de la guerrilla del Frente Faribundo
Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que logró articular varios grupos
insurgentes para hacer frente ante la concentración de las riquezas en pocas
manos y ante la violencia gubernamental para mantener los privilegios de la
oligarquía.
En una de sus cartas pastorales en la que analizaba la realidad salvadoreña
(1979), Oscar A. Romero, profeta salvadoreño, latinoamericano, caribeño y
testigo comprometido habló de los rostros sufrientes de su pueblo: “niños
que desde la más tierna edad tienen que ganarse ya la vida; jóvenes a
quienes no se les presta una oportunidad de su desarrollo; campesinos carentes
hasta de lo más necesario; obreros, a los que se les regatean sus derechos,
sub-empleados, marginados y asesinados, ancianos que se sienten inútiles para
la historia; todo esto es agravante de toda nuestra crisis, esta grave
injusticia social” (Brockman, 2015,283).
Oscar A. Romero, arzobispo de El Salvador, asesinado el 24
de marzo de 1980, Ignacio Ellacuría, jesuita, rector de la Universidad Centro
Americana José Simeón Cañas (UCA) asesinado por el ejército el 16 de noviembre
de 1989 junto a otros 5 compañeros y 2 mujeres,
Arturo Rivera y Damas, obispo
Santiago María (1977-1980), y luego obispo de San Salvador (1980-1994),
Jon Sobrino, jesuita, teólogo de la liberación y cientos de cristianas y
cristianos asesinados son el ejemplo de un cristianismo comprometido con las
víctimas de la injusticia y de la violencia social en el Salvador y en América
Latina.
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| Mártires de la UCA |
El contexto mundial en que se dan estos acontecimientos es
del debilitamiento económico-político del bloque soviético y el fortalecimiento
de los regímenes militares, autoritarios y aliados al gran capital nacional y
trasnacional. En los años 70 y 80 en muchos países de América Latina se estaba
saliendo de los regímenes militares y se comenzaban a instaurar regímenes
supuestamente democráticos. En muchos lugares, sin embargo, como en Nicaragua y
El Salvador, esta transición estuvo caracterizada por un conflicto armado que
provocó innumerables víctimas y un
inmenso dolor humano.
A nivel de la Iglesia Católica soplaban entonces los aires
renovadores del Concilio Vaticano II (1963-1965) y de las conferencias de
obispos latinoamericanos y caribeños en Medellín, Colombia (1968) y en Puebla,
México (1979) que invitaban a las comunidades cristianas comprometidas a hacer
una opción preferencial por las y los empobrecidos y por las víctimas de las
injusticias institucionalizadas y estructurales de América Latina y el Caribe,
generadoras permanentes de violencia y exclusión social.
En medio de estos tiempos de esperanza surgen las
comunidades cristianas de base, desde los sectores sociales más empobrecidos,
que asumen una reflexión y teólogos y teólogas, así como pastores y pastoras
comprometidos insertos en medio populares que desarrollan una práctica
comprometida. Oscar A. Romero, la comunidad jesuita de la UCA en el Salvador,
Rutilio el Grande, jesuita asesinado en 1977, y muchos otros sacerdotes y
laicos cristianos son testigos de primer orden de ese compromiso profético.
Desde 1965 al 1978 reina en Roma el Papa Pablo VI, de
orientación liberal. A partir del 1979 se instala en el Estado del Vaticano un
nuevo monarca, el polaco Karol Wojtyla (llamado Juan Pablo II) que en el
Concilio Vaticano II (1962-1965) había liderado el sector eclesial más
conservador que se oponía abiertamente a los cambios renovadores al interior de
la Iglesia Católica y de las sociedades en donde ésta tiene presencia. El largo
pontificado de Karol Wojtyla (1978-2005) y de su sucesor, Joseph Ratzinger
(Benedicto XVI, 2005-2013) significaron una alianza con los países y con las y
los líderes económicos y partidarios propulsores del neoliberalismo económico y
de la imposición de un modelo económico-político generador de injusticias y de
violencia, como consecuencia de la sistemática concentración de las riquezas en
pocas manos y por tanto, de la exclusión social de las mayorías.
La práctica pastoral y la reflexión teológica encarnada y
liberadora (pueblo-céntrica) tuvo que enfrentarse en el Salvador, como en otros
países de América Latina, con la práctica de los sectores seguidores de la
teología monárquico-sacerdotal (eclesio-céntrica), ligados tradicionalmente a
la oligarquía y enfrentados continuamente a los sectores sociales y eclesiales
más comprometidos. Por eso, en los años en que Romero se desempeñó como
arzobispo de El Salvador (1977-1980), tuvo que enfrentar no solo la violencia que provenía del gobierno y del
FMLN, sino también la acusación y la incomprensión de sus propios compañeros
obispos. De hecho entre los 6 obispos del país, solo le apoyaba Arturo Rivera
Damas, mientras que lo adversaban abiertamente los otros cuatro, apoyados
directamente por el Nuncio del Papa, quienes evidentemente estaban del lado de
quienes masacraban al pueblo salvadoreño.
En medio de la celebración realizada en la capital
salvadoreña el pasado 23 de mayo que declaraba feliz, bienaventurado (eso
significa “beato”) a Romero, el autor de estas líneas se preguntaba para qué
habían servidor tantas luchas comprometidas, tanta sangre derramada, tantas
esperanzas truncadas. Y pensaba que era
necesario declarar también feliz a los mártires de la UCA y a quienes fueron
asesinados por la causa de la justicia, porque en ellos y en ellas se cumplen
las palabras de Jesús: “sigan adelante las y los perseguidos por la causa de la
justicia, y los que trabajan por la paz, porque de ustedes es el proyecto del
Reino de Dios” (Mt, 5,9-10), y porque su ejemplo sigue siendo inspirador para
quienes creemos en el proyecto de la Vida Digna, de la nueva sociedad, en
justicia y solidaridad, que es necesario seguir construyendo, a pesar de los
retrocesos y los tropiezos del camino.















