Pero culpable soy yo que escupo el esfuerzo callado de aquellos que han
preferido hacer lo que desde este escritorio me resulta cómodo juzgar. Esos que
todavía sueñan y prestan sus alas para suicidas travesías de dignidad sobre
mares solitarios. Les pido perdón. Perdón por mi confort, por mi ausencia, por
mi complicidad… por mi miedo.
Un sistema arrugado
se resiste a admitir su decadencia. Una oposición anulada por el silencio o por
sus ambiciones, deja caer sus armas. Un puñado de expresiones ciudadanas se
esparce en la inutilidad. Un gobierno de tímidas determinaciones dormita en su
vanidosa popularidad. Una sociedad armada de desesperanza confiesa sus
desgracias al viento, mientras, desde su inmovilidad, reclama nuevos rumbos y
manda al paredón a los mismos paradigmas que cobijan su apatía.
Así andamos,
concientes de los nebulosos azares que se ciernen sobre el futuro y sin un plan
de evacuación a mano. A la espera de un milagro sin fe, de un mesías no
anunciado o de un quijote sin armadura. Espectadores mediocres del mismo drama
cuyo guión coreamos con desganada fruición, más por hábito que por devoción.
El problema
dominicano es que los que pueden no quieren y los que quieren no hacen.
¿Quiénes pueden?
Los intelectuales. Esos que se presumen sobrepujar a los que usan como neuronas
sus intestinos. En un tiempo sirvieron para iluminar caminos; hoy, ¿quién
sabe?, buenos para nada; desvanecidos en la intranscendencia más diversa. La
conciencia de algunos se pasea en una Lexus y se expresa en giros bancarios;
otros se arrinconan, como refugiados, en guetos de lubricaciones abstractas.
Puede el gran
capital empresarial, arquitecto de visiones audaces y creativas, misión en
desbandada por la bárbara lucha de intereses en esta selva mercantil.
Sustraídos de la ruina social y plegados al poder como empresa; críticos
autorizados del sistema político, por cuyas mociones, en las sombras, apuestan
como subasta al pregón, para luego pasar facturas o arrancar contrataciones.
La iglesia,
avasallada por una casta medieval de semidioses. Representantes no sé de cuál
dios en este “orden” de iniquidades, no para denunciar, con vigorosa voz
profética, sus vicios y exacciones, más bien para bendecirlo mientras perduren
en él sus sacros privilegios.
Los medios de masa,
constructores ideales de conciencia. Redescubiertos como negocio para condenar,
absolver, denostar, condicionar, lastimar, prejuiciar, embrutecer y mil
diabluras más. Democráticamente indulgentes para vaciar la fetidez cloacal de
nuestras mediocridades y asertivamente selectivos para encumbrar la opinión
mercenaria o la distracción enajenante.
¿Quiénes quieren
pero no hacen? Una masa amorfa de vivientes que respira apretujadamente en un
espacio de dignidad más pequeño que sus miserias. Esos que hacen historia anónima
de la cotidianidad sobrevivida. Cuentan para los votos y las estadísticas; se
les llama indistintamente mercado electoral, masa de consumidores o comunidad
de usuarios, dependiendo del tipo de manipulación para la que sirven. Material
de uso desechable cada cuatro años; condones para preservar los excesos del
placer de unos pocos.
¿Quiénes quedan?
Los políticos. Dueños del poder formal, recipientes de todas las críticas,
responsables de todos los infortunios, destinatarios de todas las maldiciones, blanco
de todos los tiros, encarnación de todos los males. Pero sucede que esos bichos
nadan en las aguas vendidas a sobreprecio por el gran capital, descompuesta por
la mugre de la opinión y “purificada” en los altares de la hipocresía
religiosa.
Esa es la sociedad
de la náusea que aspira a escalar, de la mano de esos mitos, a dimensiones más
iluminadas de bienestar.
Pero culpable soy
yo que escupo el esfuerzo callado de aquellos que han preferido hacer lo que
desde este escritorio me resulta cómodo juzgar. Esos que todavía sueñan y
prestan sus alas para suicidas travesías de dignidad sobre mares solitarios.
Les pido perdón. Perdón por mi confort, por mi ausencia, por mi complicidad…
por mi miedo.
Perdón, grito que
prende como chispa de la confrontación de nuestra indiferencia con retos
insensiblemente desatendidos. Actitud clave para desatar decisiones
secuestradas por el desdén y por la desidia.
Mientras no hagamos
como ciudadanos lo que nos corresponde en nuestro espacio, perdemos calidad
para reclamar lo que no merecemos
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