L. Boff, 3-8-2018
Entre el 10 y el 13 de julio de 2018 se ha celebrado en
Belo Horizonte, Brasil, un congreso
internacional organizado por la Sociedad de Teología y
Ciencias de la Religión (SOTER) en torno al
tema Religión, Ética y Política. Las exposiciones
fueron de gran actualidad y de nivel superior. Voy
referirme solamente a la discusión sobre el Eclipse
de la Ética que me tocó introducir.
A mi modo de ver dos factores han alcanzado el corazón de
la ética: el proceso de globalización y la
mercantilización de la sociedad.
La globalización ha mostrado los diferentes
tipos de ética, según las diferencias culturales. Se ha
relativizado la ética occidental, una entre tantas. Las
grandes culturas de Oriente y las de los
pueblos originarios han revelado que podemos ser éticos
de forma muy diferente.
Por ejemplo, la cultura maya centra todo en el corazón,
ya que todas las cosas nacieron del amor de
los dos grandes corazones del Cielo y de la Tierra. El
ideal ético es crear en todas las personas
corazones sensibles, justos, transparentes y verdaderos.
O la ética del «buen vivir, buen convivir»,
de los andinos, asentada en el equilibrio de todas las
cosas, entre los humanos, con la naturaleza y
con el universo.
Tal pluralidad de caminos éticos ha tenido como
consecuencia una relativización generalizada.
Sabemos que la ley y el orden, valores de la práctica
ética fundamental, son los prerrequisitos para
cualquier civilización en cualquier parte del mundo. Lo
que observamos es que la humanidad está
cediendo ante la barbarie rumbo a una verdadera era
mundial de las tinieblas, tal es el descalabro
ético que estamos viendo.
Poco antes de morir en 2017 advertía el pensador Sigmund
Bauman: «O la humanidad se da las
manos para salvarnos juntos, o engrosaremos el cortejo de
los que caminan rumbo al abismo».
¿Cuál es la ética que nos podrá orientar como humanidad
viviendo en la misma y única Casa
Común?
El segundo gran impedimento a la ética es
la mercantilización de la sociedad, lo que Karl Polanyi
llamaba ya en 1944 «La Gran Transformación». Es el
fenómeno del paso de una economía de
mercado a una sociedad puramente de mercado.
Todo se transforma en mercancía, cosa ya
prevista por Karl Marx en su texto La miseria de la
Filosofía, de 1848, cuando se refería al tiempo en
el que las cosas más sagradas como la verdad y la
conciencia serían llevadas al mercado; sería el
«tiempo de la gran corrupción y de la venalidad
universal». Pues estamos viviendo ese tiempo. La
economía, especialmente la especulativa, dicta los rumbos
de la política y de la sociedad como un
todo. La competición es su marca registrada y la
solidaridad prácticamente ha desaparecido.
¿Cuál es el ideal ético de este tipo de sociedad? La
capacidad de acumulación ilimitada y de
consumo sin límites, que genera una gran división entre
un pequeñísimo grupo que controla gran
parte de la economía mundial y las mayorías excluidas y
hundidas en el hambre y la miseria. Aquí
se revelan rasgos de barbarie y de crueldad como pocas
veces en la historia.
Tenemos que volver a fundar una ética que se enraíce en
aquello que es específico nuestro como
humanos, y que, por eso, sea universal y pueda ser
asumida por todos.
Estimo que en primerísimo lugar está la ética del
cuidado, que según la fábula 220 del esclavo
Higinio, bien interpretada por Martin Heidegger
en Ser y Tiempo, constituye el sustrato ontológico
del ser humano, aquel conjunto de factores sin los cuales
jamás surgirían el ser humano y otros
seres vivos. Por pertenecer el cuidado a la esencia de lo
humano, todos pueden vivirlo y darle
formas concretas, conforme a sus culturas. El cuidado presupone
una relación amigable y amorosa
con la realidad, de mano extendida para la solidaridad y
no de puño cerrado para la dominación. En
el centro del cuidado está la vida. La civilización
deberá ser biocentrada.
Otro dato de nuestra esencia humana es la solidaridad y
la ética que de ella se deriva. Sabemos
hoy, por la bioantropología, que fue la solidaridad de
nuestros ancestros antropoides la que permitió
dar el salto de la animalidad a la humanidad. Buscaban
los alimentos y los consumían
solidariamente. Todos vivimos porque existió y existe un
mínimo de solidaridad, comenzando por la
familia. Lo que fue fundacional ayer, lo sigue siendo
todavía hoy.
Otro camino ético ligado a nuestra estricta humanidad es
la ética de la responsabilidad universal,
O asumimos juntos responsablemente el destino de nuestra
Casa Común o vamos a recorrer un
camino sin retorno. Somos responsables de la
sostenibilidad de Gaia y de sus ecosistemas, para
que podamos seguir viviendo junto con toda la comunidad
de la vida.
El filósofo Hans Jonas, que fue el primero en elaborar
«El Principio de Responsabilidad», le agregó
la importancia del miedo colectivo. Cuando éste
surge y los humanos empiezan a darse cuenta de
que pueden conocer un fin trágico o incluso llegar a
desaparecer como especie, irrumpe un miedo
ancestral que los lleva a una ética de supervivencia. El
presupuesto inconsciente es que el valor de
la vida está por encima de cualquier otro valor cultural,
religioso o económico.
Por último, es importante rescatar la ética de la
justicia para todos. La justicia es el derecho
mínimo que tributamos al otro de que pueda continuar
existiendo y recibiendo lo que le toca como
persona. Las instituciones especialmente deben ser justas
y equitativas para evitar los privilegios y
las exclusiones sociales que tantas víctimas producen,
particularmente en nuestro Brasil, uno de los
más desiguales, es decir, de los más injustos del mundo.
De ahí se explica el odio y las
discriminaciones que desgarran a la sociedad, venidos no
del pueblo sino de las élites adineradas,
que siempre viven del privilegio y no aceptan que los
pobres puedan subir un peldaño en la escala
social. Actualmente vivimos bajo un régimen de excepción
en el que tanto la Constitución como las
leyes son pisoteadas mediante el Lawfare (la
interpretación distorsionada de la ley que el juez
practica para perjudicar al acusado).
La justicia no vale sólo entre los humanos, sino también
con la naturaleza y con la Tierra, que son
portadoras de derechos y por eso deben ser incluidas en
nuestro concepto de democracia socio-
ecológica.
Éstos son algunos parámetros mínimos para una ética
válida para cada pueblo y para la humanidad,
reunida en la Casa Común. Debemos incorporar una ética de
la sobriedad compartida, para lograr lo
que Xi Jinping, jefe supremo de China, llamaba «una
sociedad moderadamente abastecida»: un
ideal mínimo y alcanzable. En caso contrario podremos
conocer un armagedón social y ecológico.
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