Franklin Pimentel Torres - 23 de Septiembre de 2017 -
En nuestro artículo de la semana pasada hacíamos un análisis de los
resultados del Plan Nacional de Alfabetización Quisqueya Aprende Contigo (Plan
QAC), con sus fortalezas y debilidades. Señalábamos que aunque desde el principio
el decreto presidencial 546-12 del Poder Ejecutivo (10-9-2012), planteó la
continuidad educativa en la educación básica, secundaria y en la formación para
el trabajo; y el Equipo Técnico de dicho plan presentó, como parte del mismo,
un segundo y tercer objetivos que hablaban de la continuidad en la educación
básica, y en la formación para el trabajo, en la práctica ha habido bastantes
dificultades para asegurar el proceso de continuidad educativa para la mayor
parte de las personas que han comenzado su educación formal en los núcleos de
aprendizaje.
El plan QAC ha funcionado como una campaña más de alfabetización de las
que se han realizado en América Latina en la segunda mitad del siglo XX y en la
primera parte del siglo XXI. Dichas campañas, por lo general, responden en
primer lugar, más que a la necesidad de facilitar el ejercicio del derecho a la
educación de personas jóvenes y adultas, a los intereses partidarios,
económicos y corporativos de determinados gobiernos de turno, en coyunturas muy
concretas. En la mayor parte de los casos las campañas se hacen por un tiempo
limitado de varios meses o por uno o dos años, y por lo general las metas que
se proponen son de orden cuantitativo, orientadas a dar resultados numéricos,
relacionados con la necesidad de los gobiernos de ofrecer datos que sirvan a la
propaganda electoral, orientada a la reelección o a la permanencia en el poder
de determinados funcionarios públicos.
El pedagogo César Picón, especialista peruano en alfabetización y
educación de personas jóvenes y adultas, se refirió hace más de dos décadas
(1990) a las deficiencias de las campañas de alfabetización sin seguimiento:
“Las campañas de alfabetización, numerosas y recurrentes en la historia
alfabetizadora de muchos países latinoamericanos, han empezado a ser
cuestionadas de un tiempo a esta parte como una vía eficaz para enfrentar la
problemática del analfabetismo. El principal cuestionamiento surge no tanto del
desarrollo y los resultados mismos de la campaña, como de las dificultades que
suelen presentarse en su continuidad”.[1]
La calidad de los procesos de aprendizaje de las campañas públicas de
alfabetización que han sido promovidas por los gobiernos latinoamericanos como
los de Nicaragua, Perú y Dominicana, entre otros, –con la honrosa excepción de
la campaña nacional de alfabetización de Cuba (1961) que dio continuidad hasta
lograr el 99.9% de alfabetismo- hay que diferenciarlas de la de algunos
programas de alfabetización llevados a cabo por algunas organizaciones
comunitarias, ONGs y e instituciones sociales. Estas suelen tener una adecuada
visión orientada a la promoción integral de las personas y promueven la
formación de la conciencia social y ética para que las y los participantes,
educadores y educadoras asuman un real compromiso ciudadano, en el marco de un
proyecto emancipatorio integral que incluye, no solo a la persona que comienza
su educación formal en el proceso de alfabetización, sino también a la familia,
a la comunidad y al contexto local, con sus organizaciones e instituciones.
A nivel internacional y a nivel latinoamericano y caribeño hay
diferentes concepciones y prácticas sobre la alfabetización. Estas son
principalmente: la alfabetización entendida como una acción o programa puntual,
o bien como un proceso y un continuo que se prolonga más allá de
cierto número de años de escolaridad o de un determinado programa; sin otros
límites que no sean los que la misma persona se ponga a sí misma, tal como
plantea la Constitución Dominicana en su art. 63.
El educador Alfonso Torres, especialista en temas de educación popular
de personas jóvenes y adultas ha definido la alfabetización como: “Un proceso
formativo de adquisición de la cultura escrita en contextos socioculturales
específicos, en cuya etapa inicial se considera alfabetizada una persona cuando
logra incorporar el lenguaje escrito a su vida, lo comprende, lo usa para
comunicarse y relacionarse socialmente, a fin de que las y los alfabetizados
continúen aprendiendo, mejoren su calidad de vida y participen activamente en
la vida comunitaria y social”.[2]
La educadora ecuatoriana Rosa M. Torres, por su parte, ha afirmado:
“Preferimos ampliar el concepto de alfabetización y de alfabetismo para
incluir en éste las nuevas y cada vez más amplias demandas puestas a la lectura
y la escritura y a la cultura escrita en general, en la actualidad, incluyendo
el mundo digital, que se ha incorporado de lleno a los requerimientos y competencias
vinculados a la lectura y la escritura, a la información y el conocimiento”.[3]
El educador popular Paulo Freire se refirió al desarrollo de la
conciencia crítica y política como resultado del proceso de alfabetización y
educación de personas jóvenes y adultas: “Mi visión de la alfabetización va más
allá del ba, be, bi, bo, bu. Porque implica una comprensión crítica de la
realidad social, política y económica en la que está el alfabetizado…pues
alfabetizarse no es aprender a repetir palabras, sino decir su propia palabra…
acción necesaria para la transformación del contexto y del mundo”.
Los programas y acciones de alfabetización y educación básica de
personas jóvenes y adultas deben garantizar una cuidada y sólida formación de
los educadores y educadoras para el buen funcionamiento de la continuidad
educativa. Las maestras y maestros bien formados y acompañados son una garantía
de la calidad de la educación y de los aprendizajes. La formación de las y los
educadores debe incluir, además, su propia competencia como lectores y
escritores, así como los ambientes y oportunidades para desarrollar estas
competencias, pues si los propios educadores y educadoras no aprecian y hacen
uso significativo de la lectura y la escritura, hay pocas posibilidades de que
enseñen a sus estudiantes y participantes lo que no tienen ni practican.
En definitiva las educadoras y educadores, el personal directivo y
técnico envuelto en los procesos de educación de personas jóvenes y adultas,
así como las personas y organizaciones que han apoyado el plan QAC tenemos el
gran desafío de asumir el compromiso con la continuidad educativa de quienes
han comenzado su proceso de educación y están decididos y decididas a continuar
avanzando, como un derecho humano y ciudadano. Para esto será necesario,
además, exigir a las autoridades del MINERD que asignen las y los educadores,
así como los recursos económicos necesarios para ampliar y dar seguimiento a
los actuales planes pilotos sobre la continuidad educativa, en la educación
básica y la formación para el trabajo, que se han estado articulando y
desarrollando en las provincias de La Vega, Sánchez Ramírez, San Pedro y San
Cristóbal, entre los más significativos.
[1] César Picón. (1990) ¿Qué viene después de una
campaña nacional de alfabetización? La Piragua No. 2, 28-29.
[3] Rosa M. Torres. Disponible en: http://otra-educacion.blogspot.com/2010/12/analfabetismo-y-alfabetizacion-de-que.html
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