Pablo Mella - 24 de Junio de
2017 –
“Marcha
Verde” es el rótulo o marca que ha elegido un grupo de conocidos activistas
sociales dominicanos para canalizar, como nuevo movimiento social,
un reclamo de justicia social de larga data en la historia nacional. El
objetivo de la Marcha Verde es acabar con la impunidad que legitima y propicia
la corrupción estatal. El lema del movimiento lo expresa claramente: “Fin de la
impunidad”.
No
ha habido un movimiento social que haya concitado tanta movilización social en
la República Dominicana. Ciertamente, la coyuntura lo ha favorecido enormemente
desde que se articuló en diciembre de 2016. El caso de la compañía constructora
brasileña Odebrecht ha resultado un auténtico ícono para la indignación moral
en toda América Latina, que ha copado el espacio público a escala continental.
Sin embargo, es legítimo preguntarse cuál podría ser el paso siguiente de esta
convocatoria a marchar contra la impunidad. Para responder esta cuestión, vale
la pena recordar algunas de las características y limitantes de los movimientos
sociales, para iluminar el caso particular dominicano.
Sociología
de los nuevos movimientos sociales
Según
la literatura sociológica, los nuevos movimientos sociales son grupos
no formales de actividad pública, que se componen de individuos y/o organizaciones que pretenden favorecer cambios sociales. Una parte de esta literatura
sociológica los distingue de los clásicos sindicatos o luchas obreras; otra
literatura no lo hace y subraya la continuidad entre ambos tipos de lucha
social. Esta discusión teórica en las ciencias sociales es relevante para
comprender el fenómeno, independientemente de que se opte por uno de los
enfoques o se intente trazar una interpretación integradora, la cual nos parece
más razonable.
Desde
el siglo XIX hasta, digamos, la década de los 80 del siglo XX, la movilización
social tenía como terreno la esfera laboral, por lo tanto, la esfera económica.
Su principal catalizador eran los sindicatos obreros, cuya organización era
jerárquica y estatutaria. En la mayoría de los casos, las luchas sindicales adoptaban
un lenguaje revolucionario y se proponían como fin la constitución de un
régimen socialista o comunista que diera al traste con la sociedad capitalista
campante. Tanto por sus objetivos como por su sistema organizativo, las luchas
sindicales convocaban un ideal de sujeto social: el proletariado o, lo que es
lo mismo, los trabajadores con conciencia de clase.
Con
los cambios experimentados en el siglo XX, las luchas sociales focalizadas en
la esfera del trabajo fueron adquiriendo un nuevo rostro: se ocuparon de otros
temas, convocaron paulatinamente a una gran diversidad de actores y se
organizaban de manera informal, caracterizada por la horizontalidad. Como
subraya uno de los tipos de literatura ya mencionados, estas luchas sociales
pueden considerarse en buena medida inéditas por este nuevo rostro. Se sitúan
en muy diferentes contextos; se desarrollan en las distintas esferas de la
acción colectiva (cultural, social, política, económica e incluso personal).
Otros puntos clave son su composición poli-clasista y su empeño por vivir el
espíritu democrático en cada una de las decisiones a ser tomadas en el proceso
de lucha.
La
pluralidad de actores sociales resulta decisiva no solo para comprender la
novedad de los movimientos sociales, sino también para mostrar los enormes
desafíos que enfrenta. Es natural que surjan profundos conflictos de intereses
entre colectivos tan diversos como el obrero organizado, el campesino
confederado, la lucha feminista, las organizaciones estudiantiles, las juntas
de vecinos, los grupos étnicos y el colectivo LGBTI. Si bien la pluralidad
representa una gran riqueza para toda empresa humana, puede convertirse en
amenaza para la sostenibilidad de una acción política. Además, esta pluralidad
de intereses viene acompañada de identidades personales altamente
individualizadas, identidades que son propias de la nueva etapa del capitalismo
global que vivimos. El actor social contemporáneo parece necesitar mostrar su
ego y exhibirse en las redes sociales electrónicas.
La
principal fragilidad de los nuevos movimientos sociales surge de la incapacidad
de lidiar con esta pluralidad. Esta incapacidad se explica por dos razones
fundamentales, que derivan de las características antes señaladas. Por un lado,
la liquidez de las estructuras organizativas de los nuevos movimientos sociales
es enemiga de las medidas disciplinarias y se encuentra a disgusto con el orden
jerárquico. Por otro lado, esta liquidez impide que la organización tenga
objetivos a largo plazo y pueda acompañar la complejidad inherente a todo
proceso social contemporáneo.
La
conflictividad que subyace en lo profundo de todo movimiento social se evita
entonces de dos maneras: hacia afuera del movimiento, con la espectacularidad
(por eso “marchar”, asistir a un concierto musical o ponerse una camiseta de
colores con una consigna sonora convocan; no así el trabajo duro cotidiano y la
revisión coherente de las propias prácticas sociales del grupo al que se
pertenece); hacia dentro del movimiento, con la generalidad o superficialidad de
los objetivos (el objetivo del movimiento tiene que estar formulado de tal
manera que sea aceptable para todo los que en él participan desde su gran
diversidad). Esto propicia el emotivismo.
Con
Slavoj Zizek, podemos pensar que los nuevos movimientos sociales forman parte
de la cultura neoliberal global, aun cuando no se acepten ni el diagnóstico
global del capitalismo ni el estilo provocador e irreverente que encontramos en
los escritos de este filósofo esloveno. A diferencia de él, creemos que es razonable
el esfuerzo por discernir cursos de acción política a partir de estas
manifestaciones de indignación colectiva que presenciamos en diversos puntos
del planeta. No parece sensato plantear una ruptura radical entra la acción
política tradicional y estas erupciones impredecibles de conciencia ciudadana.
El
próximo paso de la Marcha Verde
Como
movimiento social que es, la Marcha Verde está llamada a mirar más allá de sí
misma, es decir, más allá de sus evidentes logros: organizar marchas
multitudinarias y articular protestas ciudadanas pacíficas y justas, valiéndose
especialmente de las nuevas tecnologías que horizontalizan la participación.
Qué duda cabe: resulta muy emotivo imaginar en la cárcel a un conocido político
convertido en millonario en pocos años, gracias a un ingenioso “meme” que llega
por WhatsApp; pero también cabe pensar que este “meme” no ayuda a comprender
adecuadamente el proceso histórico que condujo a la situación presente, ni a
plantear la acción eficaz que superará la injusticia que se denuncia. No hay
duda: resulta catártico salir gritando por las calles que los políticos
corruptos deben ser juzgados y enjaulados. Pero es razonable considerar que
semejante emotividad no siempre conduce a las mejores reflexiones, ni promueve
prácticas virtuosas sólidas; tampoco produce por generación espontánea las
propuestas institucionales que necesita la sociedad.
En
su artículo dominical del 2 de abril 2017, el reconocido y laureado periodista
dominicano Juan Bolívar Díaz identificaba para la Marcha Verde el mismo desafío
organizativo señalado por la literatura sociológica: “El Movimiento Verde, que
ha cifrado su éxito en su carácter poli clasista, multisectorial y de dirección
muy colectiva, que ha dejado al gobierno y su partido desconcertados y sin
respuesta, afronta ahora el desafío de manejar su diversidad y evitar el
aventurerismo, para lograr una consolidación que le garantice alcanzar sus
objetivos.” Lo que no vislumbra el planteamiento de Díaz es que estos objetivos
difícilmente serán esclarecidos dadas las características sociológicas de los
nuevos movimientos sociales.
Movimientos
sociales como la Marcha Verde constituyen solo el primer paso de tareas más
fundamentales que esperan a la sociedad dominicana. Señalaremos tres de estas
tareas, algunas de las cuales también identificó Juan Bolívar Díaz. Ahora bien,
desde el punto de vista aquí planteado, esas tareas no corresponden al
movimiento social, sino a instituciones más sólidas. Por decirlo con una imagen
bíblica evocada también por el famoso sermón de Fray Antón de Montesino de
1510, la Marcha Verde es otro “grito en el desierto de esta isla”. Con esta
imagen se puede expresar adecuadamente su función efímera, pero imprescindible:
alertar, denunciar y concitar los ánimos. Difícilmente podrá lograr nada más.
El próximo paso de la Marcha Verde es, pues, ceder el paso a
estas instancias.
El
primer y fundamental tema que está pendiente es cuál sociedad queremos. A
diferencia de sus consignas, el accionar de los nuevos movimientos sociales no
es radicalmente anti sistémico. Resulta impostergable formular una versión
dominicana del “buen vivir” que desplace el actual modelo extractivista
imperante, generador de desigualdad social. Esto implica pensar las mediaciones
sociales y estatales que lo harán posible. No se puede pensar en estas
mediaciones cuando casi todas las energías se concentran y se gastan en la
denuncia de la corrupción. Esta primera tarea podría concitar, entre otros
actores, a las universidades dominicanas, ausentes de las luchas sociales. Las
instituciones de educación superior podrían ayudar a identificar y sistematizar
las demandas y los sueños de los diversos sectores que habitan el suelo
dominicano. No debe de extrañar, por ejemplo, que el colectivo de “los verdes”
(como llaman con cierta ironía los sectores que orbitan en el oficialismo a
quienes participamos de la Marcha Verde) no haya dicho nada oficial sobre el
aumento en un 20% del salario mínimo aprobado el 31 de marzo de 2017 por el
Comité Nacional de Salarios, lo que constituye un asunto fundamental para el
desenvolvimiento de la sociedad en los próximos meses.
El
segundo tema, que ha sido abordado por algunos analistas dominicanos que
simpatizan con la Marcha Verde, es cómo establecer el vínculo entre sociedad
civil y sociedad política, o dicho con otros términos, entre ciudadanía y sus
representantes políticos. El abogado santiaguero José Luis Taveras, una de las
figuras “verdes” más destacadas, reflexionó pertinentemente sobre ello en su
artículo “Cuando asesinar es épico” (28 de marzo de 2017, disponible en
http://acento.com.do/2017/opinion/8444112-cuando-asesinar-epico/). Su tesis es
que debemos de enfrentar la peculiar “despolitización de la política”
dominicana. La despolitización no es un fenómeno exclusivo de República
Dominicana; pero como toda realidad concreta, tiene sus rasgos particulares.
Especial importancia adquiere en este contexto específico el rediseño de los
partidos políticos. Taveras lo expresa diáfanamente con su impecable escritura:
“Los partidos perdieron dimensión ideológica y conexión social, deviniendo en
simples estructuras electorales ensambladas para llegar al poder o participar
en el reparto de sus cuotas.” Falta pensar prospectivamente la relación
productiva entre las organizaciones ciudadanas y los partidos políticos. Esta
relación no tiene que evitar el conflicto, sino canalizarlo hacia fines más
altos. En este sentido, habría que pensar un espacio público novedoso donde se
pueda dar el debate con objetivos constructivos.
El último tema es de
carácter ético. No sería de extrañar que entre quienes marchan de verde se
encuentren personas que están esperando “su cuota” una vez caiga el actual
grupo que controla el poder. La denuncia de los movimientos sociales suele
dirigirse contra un enemigo externo, caricaturizado discursivamente. Entre
estos enemigos externos se encuentran sobre todo los grupos políticos que
controlan el poder estatal en el momento de la denuncia. Sin embargo, ningún
sistema político, por bien diseñado que esté, exime de un constante
cuestionamiento ético. La vara que sirve para medir al otro debe también medir,
aun con ajustes necesarios, las actuaciones del grupo al que se pertenece y las
propias actuaciones personales. Marchar de verde es por el momento necesario;
pero ciertamente, en la protesta callejera pacífica no se da el último paso que
conduce al buen vivir de la colectividad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario