Carta a Alejandro Moscoso Segarra
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Por José Luis Taveras. 24 de marzo de 2015 - 9:04 am
Abogado corporativo y comercial, escritor y editor.
El destino nos ha colocado en lugares cimeros donde hoy se
instalan costosos intereses. Nos enlazan vivencias episódicas del pasado. No
hay que ser generoso para admitir que fuiste uno de los mejores titulares del
desaparecido Comisionado de Apoyo y Modernización de la Justicia. Recuerdo cuando
me llamaste para decirme que respaldarías el anteproyecto original de ley de
sociedades comerciales. Lo hiciste tuyo, te entregaste aún más de lo que tu
obligación te imponía. La ocasión propició un cercano trato personal que reveló
tempranamente la sobriedad de tu carácter. Siempre me persuadió esa forma
afable de distinguirme. Ser fiscal tampoco infló tu templada autoestima. Nunca
has sido un hombre de pompas ni tablas.
A pesar de que muchos te han descalificado como juez
imparcial, por tu militancia partidaria, tal juicio no ha menguado mis
convicciones sobre ti; sigo prendido del hombre que conozco. Sin embargo, debo
admitir que estás sometido a fuertes constreñimientos y que, como decía Ortega
y Gasset, “el hombre es él y sus circunstancias”. No dudo de ti, pero sí de
“tus circunstancias”. Sé que estás entre un cerco intimidante que pretende
arrinconar tu decisión soberana. A mis oídos han llegado susurros de todos los
matices y fuentes, los evado, convencido de que, a la postre, será tu decisión.
Los intereses juzgados tratarán de reducirla a un mero trámite para poner en
marcha la comparsa política que solo espera el desenlace favorable del caso.
Debes tener cuidado, tu sentencia sí importa, y mucho, tanto que por ella se
podrá escribir una nueva página en la infortunada historia de nuestras
omisiones e impunidades. La nación espera atenta, no te niegues la oportunidad.
Hace unos días miré una foto de amplio plano que mostraba tu
escritorio atiborrado de libros y carpetas. Lejos de animarme por saber que
estás ocupado en producir un fallo motivado, me sentí preocupado porque la
crónica revelaba detalles muy íntimos de tu despacho; mis aprensiones se
ahondaron aún más cuando comprobé que el diario que reportó la nota se
encuentra controlado por parte de los intereses disfrazados que juzgas. Sé que
pondrás tus mejores empeños para sustanciar un fallo meritorio, pero me
inquieta tu celosa laboriosidad en una fase de simple valoración de la
acusación, donde, independientemente de las deficiencias técnicas del
expediente, hay hechos irrebatibles que cualquier observador sin ser perito
puede razonablemente reconocer. Ojalá esa dilatada pesquisa no sea para
justificar jurídicamente lo que los hechos no pueden hacer, sofisma muy
recurrible cuando se quiere llegar inexorablemente a un resultado ya
preconcebido.
Respetaré, mi querido amigo, tu decisión, no así a los
imputados ni mucho menos a sus jefes políticos. No me plegaré al
fundamentalismo institucionalista que pretende dogmatizar las decisiones de los
órganos públicos por el simple hecho de emanar de una autoridad competente, sin
ponderar los apremios externos que gravitan en esa decisión. Hay una realidad
inequívoca y concreta: nuestro sistema judicial se encuentra sojuzgado por
condicionamientos muy severos de los poderes fácticos. Sustraerse a esa
realidad es infame. Tú sabes las enormes presiones que recibes.
No cuestionaré los imperativos jurídicos que fundamentarán
tu verdad, pero conozco, en su hondura hermenéutica, los estiramientos
interpretativos que soportan las leyes al amparo de su carácter polivalente. Te
recuerdo a Alonso de la Torre cuando afirmó que “la justicia no está en las
palabras de la ley” porque, al decir de Montesquieu, “no existe peor tiranía
que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia.” Estás
ahí para descubrir la verdad y en su nombre honrar a la justicia, no para
justificar con la legalidad un fallo prestado o acomodado. Antes de leer la
doctrina, hurgar en la jurisprudencia y marcar los textos legales que formarán
tu sano juicio sobre el caso, te invito al silencio reflexivo para que, a pleno
sol de tu conciencia, recrees la memoria de tus hijos como expresión del futuro
que juzgas en las nefandas obras de los procesados del presente. No podemos
seguir premiando a la corrupción. Esta nación está en franca disolución y
demanda el coraje de sus mejores hijos.
Alejandro, no te equivoques. Si llegaste a esa posición por
gratitudes, traiciónalas dignamente. Este es el momento, no hay otro. Tú vales
más que un millón de favores. Muchos de esos señores no tienen que perder, sólo
conocen la “conveniencia del poder”, esa cosa aberrada que suele ponerle precio
al servilismo o que valora el talento mientras le sea útil. Aquí abajo hay
mucha dignidad esperando justicia. Su lamento pesa más que la promesa de un
ministerio, una procuraduría o un depósito pesado en una cuenta bancaria. Sé
que esas tentaciones las sabrás sortear. Son capaces de todo, han perdido el
olfato moral para percibir su propio hedor; su obsesión de vida es el poder,
única condición que los hace respetados o temidos; creen pisar las nubes en su
avasallante andar, se sienten inexpugnables, pero son cobardes, no dan la cara,
mandan a otros a afrentarse. Admito el lodo de tu entorno pero admiro la
limpieza de tus manos. Creo en ti. Demuéstrale a esos intereses profanos que tu
decisión es más digna que sus nombres, más valiosa que su dinero, más soberana
que sus poderes y más sabia que sus trampas. La nación está contigo, amigo;
ella te vigila. ¡Dios ilumine tu conciencia! Hasta el viernes, hermano.
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