Franklin Pimentel Torres
En el artículo de esta semana vamos a
pasar revista a algunas escenas de teatro de la tragicomedia dominicana. De
inicio les invito a situarse como espectadoras y espectadores críticos,
indignados; que sean capaces de asumir como reto personal, familiar y/o grupal
la denuncia de las acciones que se desarrollan en el teatro dominicano que
chocan con los principios, los valores y las prácticas éticas que atentan
contra el Proyecto de Vida Digna, inclusivo, participativo, democrático; que
estamos llamadas y llamados a construir en la actual coyuntura histórica de
nuestro país
Escena 1: Juan
Miguel es un joven reportero de un diario nacional. Se está incorporando
recientemente a la labor periodística, después de haber terminado su carrera en
la universidad. Le encargaron cubrir el desarrollo de la “convención” del
pasado domingo, que realizó el PRD de Miguel Vargas y de su grupo. Observó
acciones propias de una asociación de malhechores: impedimento de votación a
personas que acudieron a la mesa, amenazas a periodistas, exclusión del padrón
electoral de las personas cercanas a Guido Gómez Mazara y de los otros
candidatos que compitieron con Miguel Vargas, despojo de tarjeta de la cámara
de un reportero, noticias de urnas llenas previamente, exclusión de la
observación de la gente que no son del grupo del actual caudillo del PRD.
Esta escena de
teatro de la Convención del PRD se da con la abstención cómplice de la Junta
Centra Electoral que renunció a su papel de observadora de las elecciones. Y
con la del Tribunal Superior Electoral que parece ser un organismo hecho a la
medida de los intereses partidarios de Miguel Vargas y su grupo de aliados,
entre los que parecen estar la cúpula del Comité Político del partido
gobernante.
Juan Miguel había
oído hablar de que el PRD había sido el “partido del pueblo y la libertad”, que
se había fundado en el exilio cubano en los tiempos de la dictadura. Ahora
constata que se trata de un grupo que tiene una conducta propia de una
asociación de acaparadores de la cosa pública que, guiados por su líder, están
dispuestos a utilizar cualquier medio para seguir “administrando” la cuota de
poder y del dinero público que les toca cual botín de guerra y que sale del
bolsillo de todos y todas, las y los contribuyentes.
Escena 2: En el
Congreso se estuvo discutiendo un proyecto de ley que conlleva una revisión del
Código Procesal Penal. En el proceso hay un grupo de congresistas que quiso
eliminar el párrafo 3 del actual artículo 85, que permite a las y los
ciudadanos querellarse en contra los funcionarios corruptos. Se trata de un
artículo que según algunos congresistas y funcionarios actuales es necesario
eliminar, porque eso permitiría seguir asegurando la corrupción impune de la
que gozan.
Sin que todos y
todas se den cuenta hay un grupo de congresistas que, por debajo, hace lo
posible para eliminar el párrafo 3 del artículo 85. Minou Tavárez Mirabal –la
hija de Manolo y de Minerva- descubre el engaño, no se hace cómplice y lo
denuncia. Como reacción el grupo responsable de la falsificación del texto
lleva a Minou a la comisión de disciplina de la Cámara de Diputados. Ahora se
invierten los papeles y los principios: de tal manera que quien denuncia la
maldad y propone acciones democráticas es acusada de hacer lo mal hecho. En
definitiva se trata de una inversión total de valores, expresión del cinismo de
un grupo significativo de legisladores y legisladoras. La actitud de Minou no
se hace esperar. “Entiende la representante del Distrito Nacional que ese abuso
de confianza para algo tan grave no puede quedar sin sanción”.
El hecho coincide
con la solicitud de Víctor Díaz Rúa –ex ministro de Obras Públicas y uno de los
maestros aventajados de la escuela del despojo de la cosa pública y corrupción
impune del partido gobernante- para que el Tribunal Constitucional declare
inconstitucional el artículo 85 que permite a las ciudadanas y ciudadanos el
querellarse contra los funcionarios corruptos, porque supuestamente éste está
en contra del artículo 22, numeral 5, de la actual Constitución que solo asigna
a las y los ciudadanos la potestad de denunciar y no de querellarse.
En esto está de
acuerdo el presidente de la Cámara de Diputados, Abel Martínez, quien coincide
con el análisis de Víctor Díaz Rúa, acusado de corrupción, lavado de activos y
manejo fraudulento de los fondos puestos en sus manos para la construcción de
las Obras Públicas que necesitan las comunidades del país.
Podríamos continuar
observando otras escenas de la tragicomedia dominicana. Pero por el día de hoy
nos vamos a quedar con las dos presentadas. En próximas entregas seguiremos
presentando otras. No obstante en ambas escenas encontramos envueltos unos
actores que están comprometidos con el aumento de poder y de capital de una
minoría de grupos económicos y partidarios, que han creado proyectos
clientelistas, que son los responsables de seguir excluyendo a las mayorías
populares de la posibilidad de acceder a un trabajo digno, a una alimentación
básica, una vivienda adecuada, una educación digna y que son los principales
responsables de la violencia estructural que existe en esta sociedad
dominicana.
En las dos escenas
hay hechos que nos invitan a hacer un análisis profundo de la realidad
nacional. Encontramos entre los principales actores a los líderes partidarios,
a los congresistas y a algunos ex funcionarios que no son capaces de justificar
la procedencia de sus riquezas ni pueden disimular su complicidad con la
corrupción impune.
Por todo lo dicho
anteriormente podemos sacar la conclusión de que es necesario redoblar los
esfuerzos para seguir des-enmascarando los verdaderos intereses que hay detrás
de las personas que quieren adaptar las leyes del país a sus intereses
personales y grupales para intentar justificar sus acciones de corrupción y su
impunidad. Por eso intentan perjudicar y denigrar a las personas y a los grupos
que saben tomar una postura crítica y propositiva ante estos hechos. Sin
embargo, mantenerse firmes en la denuncia de estas acciones malvadas es la
forma más digna de situarse ante estas escenas preocupantes y desafiantes del
teatro de la tragicomedia dominicana.




