Leonardo Boff - 1 de diciembre de 2018
La Pasión de Cristo continúa siglo tras siglo en
el cuerpo de los crucificados. Jesús agonizará hasta el fin del mundo, mientras
uno solo de su hermanas y hermanos esté pendiendo todavía de alguna cruz, a
semejanza de los bodhisatwas budistas
(los iluminados) que se detienen en el umbral del Nirvana, no entran, para
retornar al mundo del dolor –samsara– en
solidaridad con quienes sufren, personas, animales y plantas. Con esta
convicción, la Iglesia Católica, en la liturgia de Viernes Santo, pone en la
boca de Cristo estas palabras conmovedoras:
“Pueblo mío, ¿qué te he hecho, en qué te he ofendido?, respóndeme. ¿Qué
más podría haber hecho por ti? ¿en qué te falté? Yo te hice salir de Egipto y
te alimenté con maná. Te preparé una tierra hermosa; tú, preparaste la cruz
para tu rey”.
Al
celebrar la abolición de la esclavitud, el 13 de mayo de 1888, nos damos cuenta
de que aún no se ha completado. La pasión de Cristo continúa en la pasión del
pueblo negro. Falta la segunda abolición, la de la miseria y el hambre. Se oyen
todavía los lamentos de cautiverio y de liberación, venidos de las senzalas, hoy de las favelas alrededor de
nuestras ciudades. La población negra todavía nos habla en forma de lamento y
de súplica.
“Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío: ¿qué te he hecho, en
qué te he ofendido?, ¡respóndeme! ”
Yo
te inspiré la música cargada de banzo y
de ritmo contagiante. Te enseñé cómo usar el bumbo,
la cuica y el atabaque. Fui yo quien te dio el rock y la ginga de la samba. Y tú tomaste lo que
era mío, te hiciste nombre y renombre, acumulaste dinero con tus composiciones
y nada me devolviste.
Yo
bajé de los montes y te mostré un mundo de sueños, de una fraternidad sin
barreras. Creé mil fantasías multicolores y te preparé la mayor fiesta del
mundo: dancé el carnaval para ti. Y tú te alegraste y me aplaudiste de pie.
Pero pronto, muy pronto, me olvidaste, reenviándome al monte, a la favela, a la
realidad desnuda y cruda del desempleo, del hambre y de la opresión.
“Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío, ¿qué te he hecho, en
qué te he ofendido?, ¡respóndeme! ”
Yo
te di en herencia el plato del día-a-día, el frijol y el arroz. De los restos
que recibía hice la feijoada, el vatapá, el efó y
el acarajé: la cocina típica de
Bahia y de Brasil. Y tú me haces pasar hambre. Y permites que mis niños mueran
de desnutrición o que sus cerebros sean irremediablemente afectados,
infantilizándolos para siempre.
Yo
fui arrancado violentamente de mi patria africana. Conocí el navío-fantasma de
los negreros. Fui hecho cosa, “pieza“, esclavo. Fui la madre-negra para
tus hijos. Cultivé los campos, recogí el tabaco y planté la caña. Hice todos
los trabajos. Fui yo quien construyó las bellas iglesias que todos admiran, y
los palacios que los dueños de esclavos habitaban. Y tú me llamas perezoso y me
detienes por vagabundeo. A causa del color de mi piel me discriminas y todavía
me tratas como si siguiese siendo esclavo.
“Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío, ¿qué te he hecho, en
qué te he ofendido?, ¡respóndeme! ”
Yo
supe resistir, conseguí huir y fundar quilombos: sociedades fraternales, sin
esclavos, de gente pobre pero libre, negros, mestizos y blancos. A pesar de los
azotes en mi espalda, trasmití la cordialidad y la dulzura al alma brasileña. Y
tú me enviaste al capitão-do-mato para
cazarme como a un bicho, arrasaste mis quilombos y
aún hoy impides que la abolición de la miseria que esclaviza sea para siempre
verdad cotidiana y efectiva.
Yo
te mostré lo que significa ser templo vivo de Dios. Y, por eso, cómo sentir a
Dios en el cuerpo lleno de axé y
celebrarlo en el ritmo, en la danza y en las comidas. Y tú reprimiste mis
religiones llamándolas ritos afro-brasileros o considerándolas simple folclore.
Invadiste mis terreiros echándoles
sal y destruyendo nuestras figuras sagradas. No raras veces, hiciste de la macumba un caso policial. La mayor
parte de los jóvenes asesinados en las periferias con edades entre 18 y 24 años
son negros, y por el hecho de ser negros son sospechosos de estar
al servicio de las mafias de la droga. La mayoría de ellos son
simples trabajadores.
“Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío: ¿qué te he hecho, en
qué te he ofendido?, ¡respóndeme! ”
Cuando
con mucho esfuerzo y sacrificio conseguí ascender un poco en la vida, ganando
un salario sudado, comprando mi casita, educando a mis hijos, cantando mi
samba, apoyando a mi equipo preferido y pudiendo tomar el fin de semana una
cervecita con los amigos, tú dices que soy un negro de alma blanca,
disminuyendo así el valor de nuestra alma de negros dignos y trabajadores. Y en
los concursos, en igualdad de condiciones, casi siempre me postergas en favor
de un blanco.
Y
cuando se pensaron políticas que reparasen la perversidad histórica,
permitiéndome lo que siempre me negaste, estudiar y formarme en las
universidades y en las escuelas técnicas y así mejorar mi vida y la de mi
familia, la mayoría de los tuyos grita: es contra la constitución, es una
discriminación, es una injusticia social.
“Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío: ¿qué te he hecho, en
qué te he ofendido?, ¡respóndeme! ”
Mis
hermanos y hermanas negros, en este día 20 de noviembre, día de Zumbí y de la
conciencia negra, quiero homenajearles a todos ustedes que consiguieron
sobrevivir durante todo este largo tiempo, porque la alegría, la música, la
danza y lo sagrado están dentro de ustedes, a pesar de todo el viacrucis de
sufrimientos que injustamente les son impuestos.
Con
mucho axé y amorosidad,
LEONARDO BOFF, blanco y negro, por opción.
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