Franklin
Pimentel Torres, 2-11-2018
Escribo
desde Nazaret, el pueblo que vio crecer y desarrollarse al Maestro Jesús, hijo
de una familia pobre cuyo trabajo de subsistencia podría estar ligado a la
carpintería y a la agricultura en el extenso valle de Israel que está en la
región de la baja Galilea. Esta mañana con un grupo familiar hemos visitado las
ruinas de piedra de la que, según la tradición, sería la casa de María, José,
Jesús y sus familiares. Es aquí donde Jesús declara las tareas prioritarias de
su misión profética: “El Espíritu divino está sobre mí, porque me consagró para
llevar buenas noticias a los pobres, liberar los cautivos, abrir los ojos a los
ciegos y anunciar el año de liberación” (Lc 4,18-19), que era el año de la
recuperación familiar de las tierras perdidas, de la condonación de las deudas
y la liberación de los esclavos. Por otro lado, es aquí, en la tierra de
Galilea, en donde nace y se desarrolla lo que algunos estudiosos, teólogos e investigadores
llamamos “El Movimiento de Jesús”.
En la que
antiguamente se llamó la tierra de Canaán conviven actualmente, de una manera
conflictiva, dos pueblos, cuyos orígenes son parecidos: el pueblo judío y el
pueblo palestino, cuyos antepasados tuvieron que conquistar estas tierras y han
sufrido a través de una historia de cerca de 4000 años de continuas agresiones
de los imperios de turno: egipcio, asirio, babilónico, persa, griego, romano,
turco, inglés, norteamericano… Ambos pueblos tienen, como parte importante de
su cultura, de sus creencias y de su organización social y política, dos libros
que contienen leyes y normas de convivencia social: La Biblia y el Corán. Y a
través de la historia ambos textos han sido asumidos por otros grupos humanos,
como instrumento útil para la orientación moral, ética y política para la convivencia
cotidiana, en diversas culturas a lo largo del planeta.
La pregunta
que siempre me hice es si se puede leer la Biblia adecuadamente y aplicar sus
normas, leyes y principios de convivencia a otros pueblos con cultura,
creencias e historias propias. Mis inicios en la lectura comprometida de la
Biblia en las Comunidades de Base de Guachupita y la Ciénaga, en Santo Domingo en
los años 70 del siglo pasado y en los años de estudios teológicos y bíblicos,
de formación académica en Madrid (1980-1984) y en Jerusalén (1991-1994) y de
docencia en diversos centros de formación en el país me enseñaron que la
lectura de la Biblia es una tarea compleja, siempre y cuando se quiera hacer
con principios éticos, con honestidad intelectual, con una interpretación encarnada
en la vida y en las luchas del pueblo empobrecido y consciente y no se caiga en
una lectura fundamentalista y manipuladora del texto bíblico, al servicio de
intereses particulares y corporativos de las élites económicas, partidarias y
religiosas.
En la lectura
consciente, popular y comprometida de la Biblia que hacemos en el país, así
como en diversos pueblos de América Latina y el Caribe, hay varios aspectos que
tenemos en cuenta: la realidad vital desde donde se hace la lectura, la
situación vital (social, económica, política, cultural) que refleja el texto,
las características de la comunidad que escribe, sus principios, sus valores,
su postura ante el poder económico y político, y sobre todo, su grado de
compromiso con los derechos de los más débiles y su capacidad para convertirse
en un agente de cambio social. Todo esto orientado a un proyecto de Vida Digna,
sustentado en una propuesta ética y política orientada a mejorar las
condiciones de la vida comunitaria, familiar y social.
J. Pixley,
teólogo biblista, en su libro, “Historia de Israel desde los pobres”, dice que
para entender, y analizar muchos textos bíblicos, hay que conocer el modelo
social, económico y político en el que surgieron, que para él es una copia del
sistema tributario egipcio, que hizo posible el surgimiento y desarrollo del
famoso imperio egipcio desde año 3000 a.e.c. Según Pixley la sociedad egipcia tenía
como líder principal el faraón. Para mantenerse en el poder necesitaba del
sostén de tres principales grupos de súbditos y servidores cercanos:
funcionarios civiles, funcionarios militares y funcionarios religiosos. Los
funcionarios civiles eran encargados de la burocracia y sobre todo del cobro de
los impuestos a las comunidades y aldeas dedicadas a la agricultura y a la
crianza de ovejas; los militares estaban para reprimir y asegurar que los
frutos agrícolas con los que se pagaban los impuestos llegaran a los almacenes del
rey y los sacerdotes o líderes religiosos promovían una ideología y un tipo de
conciencia popular, mágica e ingenua, como diría P. Freire, que no cuestionaba
los excesos del poder, la violencia contra el pueblo y que fortalecía la
convicción de que el faraón era un ser divino; como hijo exclusivo del dios Ra,
el dios sol.
La mayor parte
de los textos bíblicos del Primer y Segundo Testamentos responden a dos
escuelas cuyas ideologías y proyectos sociales y políticos son contrapuestos:
1. La escuela monárquico-sacerdotal que tuvo su origen durante la monarquía de
Salomón (Siglo X, a.ec.) y escribe desde la cercanía y la complicidad con el
poder económico y político; y, 2. La escuela profética, identificada con la
defensa de los derechos de los débiles, empobrecidos y oprimidos por las
diferentes élites monárquicas.
La ley
44-00, sobre la lectura de la Biblia en las escuelas, que existe en el país
desde hace varios años, sin que haya sido posible su aplicación y sin que
existan condiciones en la actualidad para su adecuada inserción en la educación
pública y privada; responde, por lo general, a la ideología de la escuela
monárquico-sacerdotal, que sirve de soporte ideológico al poder, a los abusos y
a la corrupción de las élites económicas, partidarias, judiciales, legislativas
y educativas, que intentan utilizar el tema religioso –identificados con una
religión farisaica, de apariencias, desligada de toda ética-, para imponer a
toda la población su ideología y sus reglas de juego.
Mientras algunos
líderes religiosos dominicanos han intentado imponer los mandatos de la ley… no
les ha preocupado mucho que desde el Primer Plan Decenal de Educación (1995),
hasta la reciente revisión y actualización curricular, se hayan dejado invisibilizados,
tanto en la educación primaria, secundaria, así como en la educación de
Personas Jóvenes y Adultas, muchos de los contenidos relacionados con la
educación moral, ética y ciudadana. De hecho la mayor parte de las y los técnicos
y expertos curriculares que trabajaron en el proceso de revisión y
actualización curricular responden a las orientaciones y directrices de la escuela
de la educación neoliberal, promovida por los organismos internacionales y
particularmente por el Banco Mundial y por las principales universidades
privadas del país (la Pucamaima, Intec, Unibe, entre otras…) que propusieron e
impusieron un “currículo por competencias”, en donde se presentó todo lo
relacionado con la educación ética y ciudadana como un simple “eje transversal”
y últimamente como una supuesta competencia fundamental, aunque la misma fue catalogada
como una “competencia blanda”. El resultado es que el tema de la educación
ética, ciudadana y política no es un
asunto prioritario en los procesos de aprendizaje y enseñanza en las
aulas y Espacios de Aprendizaje del país.
La escuela,
pública o privada, no es el contexto apropiado para hacer una lectura ingenua,
manipulada y fundamentalista de los escritos bíblicos. El uso de los mismos
tiene que ser hecho por docentes que conozcan el texto bíblico; que tengan nociones
de exégesis y hermenéutica bíblicas, que conozcan el contexto social en donde
surgieron los escritos, la escuela ideológica que está detrás, que tengan capacidad
de discernir si el texto leído está haciendo una propuesta ética a favor de la vida digna o si por el contrario
está promoviendo la violencia, la sumisión, la esclavitud o la discriminación
de género, entre otros aspectos negativos. Por esto, la práctica docente me ha
confirmado que sí pueden ser utilizados algunos textos bíblicos en espacios de
reflexión educativa para que sirvan de motivación e inspiración, generadora de
una ideología identificada con los valores éticos, los principios y prácticas sociales
comprometidos, orientados a la transformación de la vida comunitaria, familiar
y social.
Tenía razón
Faride Raful cuando en el Congreso Nacional declaraba que aun cuando personalmente
se identificaba con la tradición cristiano-católica, no apoyaba la imposición de
la lectura bíblica en las escuelas del país, por motivos de respeto a la
libertad de credo consagrada en la Constitución de la República.
El debate sobre
la oportunidad de la lectura bíblica en las escuelas del país seguirá abierto;
no obstante es importante que quienes crean en el valor del respeto a la
diversidad sigan resistiendo y que los religiosos y religiosas, de las
diferentes tradiciones cristianas, comencemos a entender, de una vez por todas,
que vivimos en una sociedad plural en donde las imposiciones suelen lograr propósitos
contrarios a lo que se pretende imponer. Por otro lado, quienes pertenecemos al
movimiento de Jesús de Nazaret, tenemos el desafío de seguir denunciando y enfrentando
una religión y unas prácticas farisaicas
que desligan las creencias de la lucha por la justicia y la creación de un
sociedad fundamentada en los valores fundamentales del respeto a las distintas formas
de pensar, a la lucha contra la corrupción y el cese de la impunidad, así como al
compromiso permanente con la repartición equitativa de las riquezas y los
bienes públicos, en una sociedad estructuralmente inequitativa e injusta.
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