¿Qué
país queremos: justo o solo rico?
Leonardo
Boff, 8-4-2016
La
exaltación de los ánimos en los partidos y en la sociedad nos
dificulta discernir lo que está efectivamente en juego: ¿qué
Brasil queremos? ¿Un país justo o un país rico? Lógicamente
lo ideal sería tener un país justo y simultáneamente rico. Pero
los caminos que escogemos para este propósito son diferentes. Unos
lo impiden, otros lo hacen posible.
Si
queremos que sea justo debemos
optar por el camino de la democracia
republicana,
es decir, poner el bien general de todos por encima del bien
particular. La consecuencia es que habrá más políticas sociales
que atiendan a los más vulnerables, disminuyendo así nuestra
perversa desigualdad social. En otras palabras, habrá más justicia
social, más participación en los bienes disponibles y con eso una
disminución de la violencia. Fue lo que hizo el gobierno Lula-Dilma
sacando del hambre y de la miseria a cerca de 36 millones de
personas, junto con otros programas sociales.
Si
queremos un país rico optamos por la democracia
liberal (que
guarda rasgos de su origen burgués) dentro del modo de producción
capitalista o neoliberal. El neoliberalismo pone el bien privado por
encima del bien común. En función de eso, prefiere inversiones en
grandes proyectos y dar facilidades a las industrias para que sean
eficientes y consigan conquistar consumidores para sus productos. Los
pobres no están del todo olvidados, pero solo reciben políticas
pobres.
Thomas
Piketty en su libro El
capitalismo en el siglo XXI mostró
que el mejor medio jamás pensado para alcanzar la riqueza es el
capitalismo. Pero reconoce que allí donde él se instala, se
introducen pronto desigualdades, pues está montado para la
acumulación privada y no para la distribución de la renta. Lo
muestra mejor en su otro libro La
economía de las desigualdades (Siglo
XXI, 2015). En otras palabras, las desigualdades son injusticias
sociales, pues la riqueza se hace generando pobreza: impone recortes
salariales, ajustes económicos que perjudican las políticas
sociales y laborales y dificulta la ascensión de las clases del piso
de abajo. Predomina la competencia y no la solidaridad. El mercado
dirige la política, se practica la privatización de bienes públicos
y el Estado mínimo no debe intervenir, correspondiéndole la
seguridad y la garantía de los servicios básicos.
Y
aún más: la búsqueda desenfrenada de riqueza de algunos implica la
explotación de los bienes y servicios naturales hoy casi agotados
hasta el punto de que hemos tocado los límites físicos de la
Tierra. Un planeta limitado no soporta un crecimiento ilimitado de
riqueza. Necesitamos casi una Tierra y media para atender las
demandas humanas, lo que la convierte en insostenible, haciendo
inviable la propia reproducción del sistema del capital.
La
macroeconomía capitalista es impuesta por los países centrales,
especialmente por Estados Unidos, como forma de control y de
alineamiento forzado de todos a las estrategias imperiales. Pero como
observó el macroeconomista de la Universidad de Oregón, defensor
del capitalismo, Mark Thoma, ahora el capitalismo ya no funciona,
pues la crisis sistémica actual parece insolvente. El orden
capitalista está conociendo su límite.
¿Cuál
es la manzana de la discordia en la política actual en Brasil? La
oposición optó por la macroeconomía
neoliberal.
Líderes de la oposición proclaman que los salarios son demasiado
altos, que Petrobrás así como el Banco de Brasil, la Caixa y los
Correos deberían ser privatizados. Ya conocemos esta fórmula. Es
cruel para los pobres y perjudicial para los trabajadores, pues
favorece la acumulación y así las desigualdades sociales. El
capitalismo es bueno para los capitalistas, pero malo para la mayoría
de la población. La riqueza no puede hacerse a costa de la pobreza y
de la injusticia social.
Hay
que añadir además un elemento geopolítico que no cabe aquí
detallar. Los Estados Unidos no toleran una potencia emergente como
Brasil, asociada a los BRICS y a China, que penetra cada vez más en
América Latina. Hay que desestabilizar los gobiernos progresistas y
populares con la difamación de su política y de sus líderes.
El
PT y los partidos y grupos progresistas quieren el camino de
la democracia
republicana y participativa.
Buscan garantizar las conquistas sociales y ampliarlas. No es nada
seguro que la victoria del neoliberalismo vaya a mantenerlas, pues
obedece a otra lógica, la del capital, que es la maximización de
los beneficios.
El
gobierno actual busca un camino propio en la economía y en la
política internacional, con la conciencia de que, dentro de poco, la
economía mundial será principalmente de base ecológica. Ahí
emergeremos como una potencia, capaz de ser la mesa puesta para el
hambre y la sed de todo el mundo. Ese dato no puede ser despreciado.
Pero la centralidad será superar la vergonzosa desigualdad social,
la pobreza y la miseria mediante políticas sociales con acento en la
salud y en la educación.
La
oposición férrea al gobierno Lula-Dilma tiene como motor propulsor
la liquidación de este proyecto republicano pues le cuesta aceptar
la ascensión de los pobres y su participación en la vida social.
Pero
este es el proyecto que responde a la angustia que devoraba a Celso
Furtado durante toda su vida: «¿por
qué Brasil siendo tan rico, es pobre, y con tantas virtualidades,
continúa atrasado?» .
La respuesta dada por Lula-Dilma mitiga la queja de Celso Furtado y
es buena no sólo para los pobres sino para todos.
Comprender
esta cuestión es entender el foco central de la crisis política
brasilera que subyace a las demás crisis.
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