domingo, 22 de noviembre de 2015

La impunidad que desafía a la sociedad crítica

La impunidad que desafía a la sociedad crítica

Por Franklin Pimentel Torres. 21 de noviembre de 2015 -


La prensa se ha hecho eco de un nuevo escándalo en la justicia: un conjunto de jueces han sido acusados de traficar con sentencias benévolas para beneficiar a narcotraficantes y a delincuentes metidos a líderes partidarios.

El tema de los jueces acusados de corrupción se da a conocer a la prensa precisamente en los días en que vencía el plazo para que la procuraduría apelara en casación el caso de Félix Bautista y compartes; uno de los mayores casos de corrupción e impunidad de la historia de la República. Pero como ya estaba decidido por las cúpulas económico-partidarias, que este caso iba a quedar, una vez más, en la impunidad, entonces dieron a conocer este otro caso, como para distraer a las mentes y a las conciencias ingenuas, así como a la prensa sobornada y maniatada por el oficialismo.

Las declaraciones del procurador de la República de que no recurriría el caso F. Bautista ante el pleno de la Suprema Corte de Justicia, porque no cree en los jueces de esa instancia judicial no resisten ningún análisis mínimamente crítico.  

No importaron las voces de la sociedad que pidieron y hasta exigieron que se continuara con el proceso judicial. Probablemente la decisión de solo presentar el teatro hasta la segunda escena, fue tomada en las altas altas instancias del comité político del PLD, de quien parecen depender la mayor parte de los jueces de las mal llamadas “altas cortes”, que, evidentemente, han decidido que cualquiera de los altos dirigentes de la Corporación dominante, ya sea Félix Bautista, Leonel Fernández, Víctor Díaz Rúa, Félix Martínez o cualquier otro, que incurran en casos de corrupción, tienen licencia para delinquir y para apropiarse de los bienes públicos, y, además, impúnemente.

El periódico Listín Diario, en un artículo firmado por Ramón Cruz (20-11-15),  trae unas declaraciones de Domínguez Brito que solo pueden convencer a las mentes más ingenuas. Intentando justificar ante el país su decisión de no representar los intereses de la sociedad, sino a los de la corporación económico-partidaria de la que él forma parte, hizo un llamado al presidente Medina para que convoque de urgencia al Consejo Nacional de la Magistratura con el fin de discutir la situación en que se encuentra el sistema de justicia en República Dominicana. Y añadió: “no recurrir es una forma de luchar y de obligarnos a una nueva ola de reformas, de revisarnos y de producir cambios. Tenemos que revisarnos. Esto no puede seguir así”.

Desde el inicio de la República Dominicana ha habido un sistema de justicia, cuyos jueces han dependido, para su nombramiento, del Poder Legislativo, sobre todo del Senado; que a su vez, en la mayor parte de los periodos históricos, ha sido dependiente del Poder Ejecutivo. Y evidentemente siempre se ha elegido, por lo general y con algunas honrosas excepciones, a  personas que defienden los intereses de los grupos  económico-partidarios que están en el poder y que los han elegido y seleccionado para esos cargos, para asegurar impunidades. De hecho nunca ha habido la posibilidad de elegir jueces ni fiscales por votación popular o por consenso público de las comunidades o de las instituciones sociales de un determinado territorio.

La dependencia del Poder Ejecutivo es todavía mayor en el caso de los fiscales, del mal llamado Ministerio Publico y del Procurador General de la República, que depende directamente de la decisión del Poder Ejecutivo; aunque la Constitución del 2010 estableció el denominado “Consejo Superior del Ministerio Público”, que tiene ciertos niveles de decisión en el ámbito judicial.

El art. 58 de la Primera Constitución de la República (1844) señala como facultad del “Tribunado” (equivalente a lo que hoy es la Cámara de Diputados) presentar ante el “Consejo Conservador” (equivalente a lo que hoy es la Cámara de Senadores) los candidatos para jueces de la Suprema Corte de Justicia, escogidos de las listas formadas por los Consejos Electorales de las provincias. Y el artículo 67 señala como función del “Consejo Conservador”, “Elegir a los jueces de la Suprema Corte de Justicia y demás tribunales inferiores, entre los candidatos propuestos por el Tribunado”.

La Constitución del 2010 ratificó la escogencia de los jueces de la Suprema Corte de Justicia por el Consejo Nacional de la Magistratura, formado por el Presidente de la República, los presidentes de las Cámaras , dos miembros de los partidos políticos representados en las Cámaras, y el Procurador General de la República.

No se puede hablar con propiedad de verdaderas reformas de la justicia, ni de ética del poder judicial, mientras los jueces de la Suprema Corte de Justicia sigan dependiendo directamente del Poder Ejecutivo, del Poder Legislativo y de los grupos económico-partidarios que éstos representan. Por eso la Reforma de la que habla Domínguez Brito no surtiría ningún efecto si se mantiene la actual estructura electiva de los jueces y fiscales; sin que la población organizada, como sociedad civil, tenga ningún mecanismo de selección, de control, de sanción y de exigir buen desempeño a los jueces de las llamadas “altas cortes”, que por lo general tienen salarios de lujo, a costa de apropiarse “legalmente”, aunque de forma ilegítima, de una cantidad de recursos que contrasta con la pobreza y miseria de muchos y muchas.

El art. 151 de la Constitución del 2010 dice que “Las y los jueces integrantes del Poder Judicial son independientes, imparciales, responsables e inamovibles y están sometidos a la Constitución y a las leyes”. Según el art. 154, 4 le corresponde a la Suprema Corte de Justicia designar a los jueces de las cortes de apelación, de los juzgados de primera instancia o sus equivales, los jueces de la instrucción, los jueces de paz y sus suplentes, los jueces de cualesquier otros tribunales del Poder Judicial creados por la Constitución y las leyes”. Y si la mayor parte de los jueces de la actual Suprema Corte de Justicia, con honrosas excepciones como en el caso de la magistrada Miriam Germán, responden a los intereses partidarios, ¿qué tipo de jueces elegirán para las cortes de apelación y las de primera instancia?

¿Qué hacer ante esta situación de tanta corrupción, impunidad y perversión de la justicia? ¿Cruzarnos de brazos? Ya que no nos sirve la receta de Domínguez Brito, es necesario buscar nuevos caminos. Porque el actual derrotero de la sociedad dominicana solo la conduce a la autodestrucción, a la aniquilación social y a reforzar la percepción de seguir construyendo una sociedad fallida, fracasada, porque donde hay corrupción impune, cómplice, a costa de la pobreza y la exclusión de las mayorías, no se puede hablar de un Estado de Derechos, ni de una sociedad que promueva la Vida Digna de sus integrantes.

Poder Ciudadano nos está llamando a hacer cadena humana contra la corrupción. Pero, ¿basta con proclamar consignas y agarrarse de manos delante de la casa de gobierno o delante de las oficinas públicas en diferentes lugares del país? ¿No será el momento para articular una verdadera lucha contra la corrupción, la impunidad y el adecentamiento ante los desmanes de una corporación dominante que ya ha roto todos los records de corrupción y de impunidad?


Evidentemente que no basta con solicitar el cierre de la OISOE, porque la misma corrupción se trasladaría a Obras Públicas, al Ministerio de Educación, de Salud o a otras instancias del gobierno. Es necesario pensar en la construcción de una sociedad más humana, más equitativa, más incluyente, más democrática. En donde la justicia esté al servicio de los mejores intereses de la sociedad. ¿Utopía? Puede ser. Pero es la mejor manera de mantener la posibilidad real de cambiar el rumbo de una sociedad que necesita retomar el camino de la cordura, de la sensatez y de la Vida Digna.

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