Desafíos de la construcción de una sociedad democrática (2)
@pimentelfs . 5 de septiembre de 2015 -
Mientras escribo estas líneas la
prensa trae la noticia de la renuncia del presidente de Guatemala Otto
Pérez Molina, después de que unos días antes había renunciado también la
vicepresidenta Roxana Baldetti. Ambos acusados de apoyar o ser
cómplices de actos de corrupción en un fraude en las aduanas
guatemaltecas. Ambas renuncias ocurren después de todo un proceso
indignación y de lucha popular contra la corrupción que había exigido la
renuncia del presidente de la República.
La cosa no se queda ahí, sino que el
presidente guatemalteco fue despojado de su inmunidad por el congreso
nacional, y fue sometido a la acción de la justicia y puesto bajo
arresto. Por eso Guatemala
se presenta hoy como modelo de una democracia que ha dado signos de
buena salud y en donde el congreso y el sistema judicial se articulan
para ser verdaderos representantes del pueblo y, por lo tanto, castigar la corrupción y e impedir la impunidad.
La pregunta obvia que puede hacerse,
desde nuestro contexto dominicano, es, ¿por qué aquí no son obligados a
renunciar presidentes como Hipólito Mejía y Leonel Fernández o altos
funcionarios de las áreas de la construcción, como Félix Bautista y
Víctor Díaz Rúa, o alcaldes como Félix Martínez, de San Francisco,
envueltos en hechos tan bochornosos como la complicidad en la quiebra de
los bancos, el caso de la Sun Land, las sobrevaluaciones de obras como
el Darío Contreras, el doloso contrato para la carretera de Santo
Domingo a Samaná o el uso de los fondos del ayuntamiento para asuntos
personales y partidarios? ¿Por qué el congreso nacional se hace cómplice
ante esta situación? ¿Por qué tenemos una justicia tan dependiente del
poder económico- partidario? ¿Por qué el pueblo permite que la justicia
esté tan maniatada que ni siquiera se dispone a interpelar a los
funcionarios corruptos, utilizando el artificio jurídico de archivar los
expedientes o impedir que ni siquiera vayan a juicio de fondo?
En un artículo publicado por J.B. Díaz
(Hoy, 23-8-15) y refiriéndose a los resultados de la última encuesta
sobre cultura política del Barómetro de las Américas (2014) se describe
una población dominicana derechista y clientelista, que soporta
estoicamente graves niveles de inseguridad, de corrupción impune y de
poca confianza en la policía, en la justicia y en los partidos políticos
y en otras instituciones sociales. Los dominicanos y dominicanas (60
%) son los que más se definen como cercanos a las posiciones
ideológicas y políticas de derecha, entre 28 países incluidos en la
encuesta del Barómetro de las Américas. Y no es la primera vez que esto
sucede en el país, pues en el Barómetro del 2006 era el 69%, aunque se
redujo en el del 2012, a un 55%.
El otro aspecto de la encuesta de cultura
política, en el que los dominicanos y dominicanas somos líderes entre
28 países, es el clientelismo, tanto en ofertas como en recepción de
ayuda y transferencias económicas gubernamentales. El 29% de los
dominicanos y dominicanas dijo haber recibido ayudas y el 38 por ciento
transferencias económicas. Además de esto, el Barómetro de Las Américas
sigue confirmando una ideología presidencialista en la población, lo
cual se viene confirmando desde la serie de encuestas Demos, sobre
cultura política, realizadas entre 1994 y 2004. Eso explicaría el por
qué el actual mandatario D. Medina sigue teniendo altas tasas de
aprobación entre la misma gente que sufre las consecuencias de un
errático manejo económico, de un endeudamiento externo e interno sin
control, de un aumento de la inseguridad ciudadana, de altos niveles de
pobreza y miseria, de mala calidad de los servicios públicos, entre los
que se n el servicio de agua, electricidad o de salud.
Las y los educadores, trabajadores sociales, sociólogos, comunicadores sociales, psicólogos y
especialistas en analizar la conducta social de este pueblo, debemos
hacernos la pregunta, ¿qué hacer para estimular la conciencia dormida de
la mayor parte de una población caracterizada por ser derechista,
clientelista y presidencialista? Una de las líneas de acción podría ser
trabajar la memoria histórica, analizando los hechos y acontecimientos
históricos que han sido generadores de conciencia y de lucha popular por
construir una verdadera sociedad democrática, donde haya igualdad de
oportunidades y las funciones y servicios públicos se manejen con unos niveles mínimos de conducta ética y de acciones políticas comprometidas con el bienestar colectivo.
En la semana pasada la Fundación Juan
Bosch nos invitó a reflexionar sobre las lecciones históricas de lo que
se ha llamado la revolución restauradora (1863-1865), con la
participación de los historiadores Emilio
Cordero Michel, Raymundo González y Santiago Castro Ventura, se realizó
un excelente diálogo en donde se destacó la importancia de esa gesta
histórica que fue definida por Juan Bosch como la lucha popular más
significativa que ha tenido el pueblo dominicano, generadora de su
identidad y de un proyecto de nación emancipador.
El pasado jueves, 3 de septiembre, celebramos los 50 años de la renuncia a la presidencia de la República del presidente y líder de la revolución constitucionalista de 1965, Francis Caamaño Deñó. En
esa ocasión Francis pronunció un discurso histórico en donde destaca la
valentía de un pueblo que con pocos medios y entrenamiento militar supo
enfrentar en primer lugar al poderío de los militares de San Isidro y
luego a un batallón de más de 40 mil soldados de la mal llamada “fuerza
interamericana de paz”.
Al renunciar a la presidencia, motivado
por una coyuntura histórica donde era necesaria dicha acción, Francis
Caamaño señaló que volvía a entregar al pueblo el poder delegado que
había recibido; además de destacar la fuerza de la unidad entre pueblo y
militares constitucionalistas, afirmó, con lucidez, que “despertó el
pueblo porque despertó su conciencia”. Y terminó su discurso afirmando
su confianza y esperanza de que ese mismo pueblo sabría retomar el
espíritu del proyecto de la revolución democrática (1963-1965) y
construir un futuro de esperanza para todos y todas.
Ante la actual coyuntura histórica,
quizás no hay responsabilidad ética y política más urgente que ayudar a
despertar la conciencia dormida de este pueblo nuestro. Se hace
necesario trabajar por la unidad de los sectores más conscientes
enraizados en la cultura y en la cotidianidad popular y seguir
apostando hacia un proyecto de nación impulsado por una ciudadanía
consciente, y sustentado por una articulación de liderazgos sociales,
comunitarios, populares, institucionales, económicos y partidarios,
capaces de aportar a la generación de otra sociedad posible.
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