Franklin Pimentel Torres - 16 de febrero de 2019 –
Escribo
desde La Plaza de la Revolución en La Habana, Cuba. Y lo hago desde aquí, porque
hace tiempo aprendí, que “la cabeza piensa según por donde anden los pies”. Hago
memoria de algunas de las figuras insignes del pensamiento indignado y de las
luchas y prácticas sociales emancipadoras y liberadoras del pueblo cubano y de
los pueblos antillanos, por conseguir mejores condiciones de vida y liberarse
del yugo colonial: Jean Jacques Desssalines, Toussaint Louverture, Ramón
Emeterio Betances, José de la Luz y Caballero, Juan Pablo Duarte, Gregorio
Luperón, Máximo Gómez, José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, José Antonio
Maceo, Eugenio
María de Hostos, Félix Varela, Enrique José Varona, Ernesto Guevara (El Che), Fidel
Castro, entre los más significativos. Recuerdo, además, a Juan Bosch, a Francis
Caamaño Deñó, a los expedicionarios del 14 de junio, pues desde aquí se
entrenaron y se prepararon para promover proyectos de independencia en la
tierra de Duarte, Luperón, María Trinidad Sánchez, Minerva Mirabal, entre otras
y otros personajes significativos.
Dicen
que el insigne maestro Eugenio María de Hostos murió de impotencia y de asfixia
moral, sin la posibilidad de desarrollar y promover en las sociedades
antillanas, entre ellas su natal Borinquen y en República Dominicana, sus
proyectos y sueños socio-educativos y políticos. Había
nacido en Puerto Rico, y como tenía una mentalidad antillanista, se vino a
nuestra isla y fundó en 1880 la primera escuela de formación de maestros. Una
escuela crítica, cuyo surgimiento fue posible en el contexto del gobierno azul,
de raíces liberales y democráticas, liderado en Fernando Arturo de Meriño. Pero
luego otro líder azul, Ulises Heureaux (Lilís) cambió sus principios, sus
valores y sus prácticas políticas y obligó al cierre de la Escuela Normal y
Hostos tuvo que exilarse en Chile. De hecho, los tiranos no suelen admitir la
libertad de mentes y de conciencias liberadas y des-colonizadas. El maestro
Hostos volvió a la tierra que hizo suya, pero ya el partido azul y
el partido rojo (los descendientes de Buenaventura Báez) habían terminado
siendo la misma cosa. Eso condujo, entre otros males, a la invasión, ocupación
y dominación norteamericanas de 1916-1924 y al surgimiento de la cruel tiranía
de R.L. Trujillo. ¿Algún parecido con lo que ha sucedido en las últimas décadas
en la realidad dominicana? Nada nuevo bajo el sol…
No
pretendo compararme con el maestro Hostos, sería un acto de soberbia de mi
parte; pero como él vivo hastiado por muchas cosas que suceden en nuestra isla,
y en la mayor parte de los países de nuestra América Latina, el Caribe y el Sur
del mundo. El imperio del neoliberalismo, con sus transnacionales depredadoras
de la Casa Común, con sus grandes medios de comunicación, sus aliados y
cómplices locales, han convertido a nuestros países en sociedades dependientes,
neo-colonizadas, subyugadas, material y espiritualmente de los intereses de
quienes se sienten dueños del mundo.
Por
esto las personas de pensamiento crítico tenemos que blindarnos cada día ante
una prensa irreflexiva y dependiente, al servicio de los intereses del gran
capital, que apoya la invasión militar del imperio del norte al aguerrido
pueblo venezolano, como en otras ocasiones históricas apoyó las invasiones del
Imperio del Norte a la propia tierra. A esto se añade el descaro de los
senadores y diputados de aprobar una ley de partidos y electoral, a la carrera,
a partir de sus intereses personales y partidarios; pues representan
fundamentalmente a los grupos económicos y económico-partidarios de los que son
dependientes y asalariados; por eso tenemos, además, que contemplar el teatro
del mal gusto del juicio de los involucrados en las obras hechas por Odebrecht,
en donde faltan la mayor parte de los sobornados, así como de quienes
sobravaluaron las obras y quienes llegaron al poder con dinero sostenedor de
campañas compradoras de conciencias débiles. Esto es también causa de la
violencia cotidiana: la callejera y la gran violencia provocada por el robo
descarado de la cosa pública, de la corrupción impune, que cuenta con la
complicidad de una justicia maniatada. Todo esto se manifiesta y repercute en
la falta de condiciones materiales mínimas para vivir de las mayorías y de
razones éticas, existenciales y políticas para sobrevivir de tanta gente joven.
Para
sobrevivir y no asfixiarme antes de tiempo tengo mis estrategias, asumidas a
partir de mis conocimientos, experiencias y las oportunidades que me ha dado la
vida.
1.
Creación, formación,
apoyo y
mantenimiento de espacios de encuentro, articulación, de redes de solidaridad,
como la Red Ecuménica Bíblica Dominicana, el apoyo a la
Coalición Demócratica, al movimiento ciudadano Bien Común, o la Red de
Educación Ética y ciudadana, o la Red por una Cultura de Paz, a nivel
continental.
2.
Creación de un lugar en
contacto con la naturaleza. Otra estrategia ha sido, siguiendo los pasos de mi
abuelo, el líder de la independencia nacional contra el imperio
español (mal llamada por los historiadores como la “restauración”), construir
mi casa en el monte, en las montañas frescas y floridas de Constanza, alejado
del mundanal ruido. Para tener un lugar de encuentro conmigo mismo y, con
familiares, amigos, amigas y compañeros y compañeras que comparten sueños
indignados, proyectos y prácticas solidarias. Allí también colaboro con el
cuidado del bosque, de las aguas, del derecho de las aves a volar en libertad.
3.
Volver, cuando tengo
oportunidad, a las fuentes nutricias de mis conocimientos, de la ética, la
espiritualidad y la práctica social comprometida. Por eso en el pasado mes de
octubre estuve en el pueblo de Nazaret, para refrescar la memoria inspiradora
del Maestro Jesús. Y
estuve en mi “alma mater” (universidad bíblica franciscana) en Jerusalén, en
donde el Maestro de Nazaret fue sentenciado y condenado a muerte por los
poderes religiosos y políticos de su tiempo, por su decisión de ponerse del
lado de los débiles y denunciar las maniobras de los poderosos. En donde
profundicé en el mensaje, la práctica y el sueño de una sociedad nueva de Jesús
de Nazaret y de las primera comunidades jesuánico-cristianas. Por eso también
he estado en este mes de Febrero en el Congreso Internacional de Pedagogía que
se desarrolló en La Habana, del 3-8, del presente mes. Allí retomé el diálogo
con mis maestras y maestros, así como con mis compañeros y compañeras de mi
“alma máter” cubana (La Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José
Varona).
Allí
en el Congreso de Pedagogía, en La Habana, escuché al presidente Miguel
Díaz-Canel decir que “Seguimos apostando a un mundo mejor posible y la base de
ese anhelo es la educación”. Le escuché decir, además, que a apesar de las
precariedades económicas de la sociedad cubana, siguen invirtiendo el 10% del
PIB, más del doble de lo que invierten los países de la región, como República
Dominicana, incluyendo los enriquecidos del Norte, como EE.UU. Y Canadá. Escuché
además, al intelectual, teólogo y humanista brasileño, Frei Betto quien se
refirió a las ideas principales de su último libro: “Por una educación crítica
y participativa”. Él
partió de un interrogante fundamental: “¿Qué significado tiene nuestra educación?
Y planteó que la pregunta tiene dos respuestas: una educación orientada casi
exclusivamente para formar mano de obra calificada para el mercado laboral o
para formar personas felices, con protagonismo político y social. Y señaló
Betto: “Son dos cosas distintas. La primera es formar a personas para continuar
profundizando la desigualdad social, con una mano de obra barata al servicio
del capital; la otra es ética, altruista, con ideales solidarios”.
Para
no dejar que el alma se enfríe, la ilusión se haga pequeña y el hastío mate la
esperanza y las energías para seguir caminando, seguiré utilizando las
estrategias antes mencionadas. Y me propongo
seguirlas compartiendo con familiares, amigos/as y compañeros/as de lucha y de
camino cotidiano. Por eso, concluyo citando al líder religioso negro
estadounidense, M. L. King, quien afirmó: “Aunque supiera que mañana el mundo
se va a acabar, seguiría hoy sembrando un árbol”; el árbol que tiene que dar
frutos de amor, servicio, y vida digna, cultivado por un liderazgo éti co,
social y político comprometido, indispensable para la construcción de la nueva
sociedad, en particular, para quienes están más excluidos y discriminados por
razones económicas, étnicas, por opción sexual o de género o simplemente por
clase o procedencia social.
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